Las cartas de Lord Chesterfield a su hijo, o el breviario del «gentleman»

En edición de Marc Fumaroli y traducción de José Ramón Monreal, las cartas de Lord Chesterfield a su hijo (Acantilado) trazan el perfil del hombre de mundo

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SERGI DORIA

BARCELONA. Philip Dormer Stamhope (1694-1773), que pasó a la posteridad como lord Chesterfield, tenía los rasgos del «gentleman». Educado en francés y en inglés, estudió en Cambridge y viajó por Europa. Su oratoria le llevó a la Cámara de los Comunes y sus costumbres libertinas, conjugadas con su fama de temible «whig» admiraron a Swift. En 1728, el cuarto conde de Chesterfield es embajador en La Haya, donde conoce a Elizabeth Du Bouchet. De aquella relación nace un hijo, Philip, a quien lord Chesterfield destinará a partir de 1737 centenares de cartas que revelan, como destaca Marc Fumaroli, «el amor paterno y la vocación perseverante del preceptor».

Antagonista del «Emilio» de Rousseau y su vindicación de la espontaneidad salvaje, lord Chesterfield postula en sus cartas una forma elaborada y enriquecida de la sabiduría clásica, desde la oratoria de Cicerón y Quintiliano, al «savoir faire» del gentilhombre urbano.

Tener mundo

El padre educa a su hijo en el negocio... y en el ocio. Le aconseja que se levante temprano, para despachar los asuntos del día y ganar la tarde para los placeres personales. Lord Chestefield admira a los franceses por «la precisión y la elegancia del estilo, tanto en la conversación como en la correspondencia». Como subraya Fumaroli: «Tener mundo es una ciencia, una ciencia estudiada en el espejo de los caracteres y de las obras humanas, y es también esta ciencia la que da a quien la posee la seguridad del artista, su efecto infalible sobre el prójimo». En ese «tener mundo», las mujeres juegan un papel decisivo en la educación social y sentimental de un joven que aspira a ser «gentleman». Las mujeres, escribe el lord a su hijo en 1751, «son las verdaderas refinadoras del oro masculino: es cierto que no le añaden peso, pero le dan brillo y esplendor». La estrategia de la seducción no se detiene en la belleza corporal, ni en el estado social y lord Chesterfield no es un puritano. Recomienda a Philip el cortejo de una «madame»: «Pese a no ser de rasgos regulares, es bella como el sol, y que no obstante ha permanecido hasta ahora escrupulosamente fiel a su marido, aunque lleva ya un año casada. Es evidente que ni se le pasa por la cabeza: necesita que la pulan; pulíos, pues, los dos el uno al otro».