Carlos Fuentes pronunció un brillante discurso en el acto inaugural del III Foro IberoaméricaJOSÉ LUIS ORTEGA

Carlos Fuentes habló ante el Rey en el III Foro Iberoamérica de Toledo: «No hay globalidad que valga si no hay localidad que sirva»

En su intervención, el escritor mexicano realizó un canto al patrimonio de la lengua y la mentalidad comunes que siempre nos llevaron del hecho al derecho

Actualizado:

Majestad: Sea, Señor, bienvenido a este tercer encuentro del Foro Iberoamérica, cuya primera sesión tuvo lugar en la Ciudad de México en noviembre del año 2000 y la segunda en noviembre del año pasado, en Buenos Aires.

Quiero pensar que fueron dos los motivos que impulsaron la creación de este Foro. El primero, que caídos numerosos muros -no sólo el de Berlín- al terminar el largo período de la Guerra Fría, se requería, en palabras del Presidente Julio María Sanguinetti, un andamiaje intelectual nuevo para ajustarnos a la novedad misma. El mundo se hacía y nos hacía nuevas preguntas a fin de fortalecer la comunidad iberoamericana, consolidar sus instituciones políticas, promover el desarrollo económico e incrementar el bienestar social.

El segundo, que semejante desafío requería el concurso activo de tres sectores fundamentales: «Estado, empresa y cultura». El Foro Iberoamérica, acaso por vez primera, ha reunido a representantes de la vida política, económica y cultural del área luso e hispanoparlante a fin de dialogar sobre la mejor manera de conjugar educación, información, producción y gobernanza en cada uno de nuestros países, en el área que nos es común -el «nosotros» iberoamericano- y en un mundo cada vez más intercomunicado, pero no siempre, por desgracia, lo suficientemente responsabilizado.

Cinco son los temas que estructuran el Foro de Toledo:

Gobernabilidad: partidos políticos e instituciones.

El futuro de Medios de comunicación: creación y mercado de contenidos.

América Latina y la seguridad internacional.

La empresa y la promoción de los mercados interno e internacional de Iberoámerica.

Y el horizonte cultural, destacando la asombrosa continuidad de la cultura hispanoamericana, precediendo a las naciones y conformándose en profundidad.

Con vuestra venia, Señor, voy a referirme a dos temas que a mi entender subyacen todos los demás:

Palabra y Derecho. Quinientos cincuenta millones de seres humanos hablamos español y portugués en el mundo. Somos la segunda área lingüística occidental y podemos llegar a ser la primera. Nos incumben, como comunidad de lenguas y de culturas, derechos de presencia y proyección, pero también responsabilidades de atención, reflexión y memoria. Nos unen las lenguas ibéricas. Pero también la voluntad de darle contenido a las palabras.

Desde su génesis hace cinco siglos, el Nuevo Mundo iberoamericano se definió a sí mismo como un hecho generador de derecho. A partir del sermón navideño del padre Antonio de Montesinos en Santo Domingo el año de 1511 sobre el destino de los indios («¿Éstos no son hombres?») pasando por la denuncia de la «destrucción de las Indias» en voz de Fray Bartolomé de las Casas, el hecho ha culminado necesariamente en el derecho, en este caso la Legislación de Indias promulgada en 1542, otorgando a las comunidades indígenas derechos que, aun en 1910, reclamaron los movimientos agrarios.

Pero las leyes de España para el Nuevo Mundo rebasaron muy pronto nuestro espacio propio para convertirse en normas universales. España fue el caso único en el mundo colonizador europeo de una potencia capaz de criticarse a sí misma, debatir el hecho de la Conquista y ofrecer el techo del derecho a las comunidades del Nuevo Mundo.

Desde su cátedra en Salamanca, Francisco de Vitoria y en seguida su discípulo Francisco Suárez, extienden el derecho de gentes a las poblaciones indígenas del Nuevo Mundo, pero al hacerlo, «universalizan» el concepto mismo de los derechos humanos y sientan las bases de la normatividad internacional moderna que, en palabras de Suárez -lo cito- es «el derecho que todos los pueblos y las diversas naciones deben observar en sus relaciones recíprocas». Vitoria y Suárez vivieron en un universo parecido al nuestro: entonces, como ahora, se abría ante los seres humanos un vasto mundo pluralista y multiforme.

Con qué clarividencia dijo Fray Bartolomé, para su tiempo y el nuestro: «Todas las naciones del mundo son hombres». Sin excepciones. Sin pretextos: toda nación es humana. Es decir: toda comunidad es portadora de valores. Con qué amplitud lo entendió nuestro primer gran escritor mestizo, el Inca Garcilaso de la Vega, peruano ya, hijo de madre indígena y padre español, cuando exclamó, en pleno siglo XVI, «Mundo, sólo hay uno».

Estas son voces hispano-americanas de la primera globalización y su enorme mérito es que no conciben el hecho mismo de la globalidad sin el indispensable requisito de la legalidad. Se dirá que la realidad, con demasiada frecuencia, «avasalló» a la legalidad y que el hecho se impuso al derecho, como la tormenta vence al día de sol.

Hubo injusticias.

Hubo violencias. «La Ley se obedece, pero no se cumple».

Pero precisamente, porque navegamos en mares agitados, el faro del derecho es imprescindible. Su luz no disipa la borrasca -pero nos permite guiarnos, sobrevivir y, acaso, llegar a puerto seguro.

La luz de la legalidad invocada por Las Casas, Vitoria y Suárez sirvió de apoyo para los renovados esfuerzos de darle base de derecho a nuestras comunidades en los albores del siglo XIX, tanto en el Congreso Constituyente de Cádiz, como en las convenciones fundacionales de Buenos Aires y Santiago de Chile, de Apatzingán y Angostura. Y, entonces como ahora, la vocación jurídica de las nuevas naciones de Iberoamérica pronto rebasó el marco local para convertirse en tradición internacionalista, honrada con cinco Premios Nobel de la Paz a mujeres y hombres de Latinoamérica. Y son, asimismo, referentes de nuestra obligación actual que vuelve a ser, como en épocas anteriores, la de crear una nueva legalidad para una nueva realidad.

No olvidemos, sin embargo, que los problemas y las oportunidades de este tiempo no se limitan a nuestra área, sino que son universales porque universal es el gran cambio de paradigmas que acompaña a las revoluciones -acaso las más veloces de toda la historia- en los campos del trabajo, las comunicaciones, el comercio y las finanzas, aunque locales sean los problemas que aquejan a la ciudad, a la familia, a la gobernanza, a las personas.

Defensa del medio ambiente.

Respeto a las minorías raciales, religiosas, sexuales, políticas y afirmación de los derechos de las mujeres que son -por fortuna- mayoría de la población del planeta.

Combate al flagelo del narcotráfico y medidas de seguridad contra el crimen y la violencia, pero también contra las disparidades sociales y la falta de respeto interciudadano.

Atención al vasto tema de la migración del trabajo junto con el movimiento de las cosas -libertad de comercio- y rechazo de la intolerancia xenófoba.

Advertencia sobre el potencial cultural y económico que nos ofrecen los nuevos medios de comunicación, destacando desde luego el derecho a la información. ¿Cómo pueden empresas, Estado y cultura iberoamericanos proporcionar contenidos propios a los medios modernos de comunicación?

En primer término, dándole interés preferente a la educación que es base del conocimiento que es base de la producción que es base de la riqueza.

Pues como dice un eminente miembro de este Foro, Don Carlos Slim, la pobreza no crea mercado.

La ignorancia tampoco.

Incorporar a la población marginada de Latinoamérica a los procesos de producción requiere creación de oportunidades, co-operación e inclusión, es decir, requiere la acción co-ordinada de los sectores representados en este Foro: la cultura, la empresa y el Estado, así como un factor novedoso: la sociedad civil, el tercer sector, la activación de iniciativas ciudadanas, la multiplicación de organizaciones comunitarias, tal y como lo ha venido haciendo en México otro destacado miembro del Foro Iberoamérica, don Manuel Arango, o, en Brasil, el alcalde de Curitiba, don Jaime Lerner.

¿Tendremos la voluntad de atender esta agenda reforzando los marcos jurídicos y promoviendo una cultura de la legalid