Boceto de Tramullas para el juramento de CarlosIII como canónigo honorario de Barcelona
Boceto de Tramullas para el juramento de CarlosIII como canónigo honorario de Barcelona

Carlos III, esplendor mediterráneo

Una exposición evoca los viajes del monarca entre 1731 y 1759 y ahonda en su relación con Barcelona, ciudad en la que el soberanoquiso inciar su reinado

BARCELONAActualizado:

17 de octubre de 1759. Casi un mes después de zarpar desde Nápoles en el navío real Fénix, Carlos de Borbón desembarca en Barcelona para entrar en España como Carlos III. Años antes, en 1731, ya había pasado por la misma ciudad para sellar una primera reconciliación entre la Dinastía borbónica y el Principado, pero fue en 1759 cuando decidió añadir a su regreso a España un plus de simbolismo. «De aquí diré a V. M., que estoy muy satisfecho de todo este pueblo, que hace locuras», escribió al poco de tocar tierra en un carta dirigida a su madre, Isabel Farnesio.

La satisfacción, en este caso, era doble ya que, a pesar de que la mayoría de sus consejeros recomendaban un viaje vía Cartagena para acelerar la llegada a Madrid y ocupar el trono cuanto antes, fue el propio Carlos III quien decidió que su puerta de entrada a España sería Barcelona. «Es el primer borbón español que comprende, a causa de su experiencia internacional, cómo las guerra han supuesto heridas y que él tiene que ser el bálsamo para esas guerras», señala Daniel Aznar, comisario de «Carlos de Borbón, de Barcelona a Nápoles», exposición que repasa en el Archivo de la Corona de Aragón la travesía del monarca por el Mediterráneo entre 1731 y 1759.

Un viaje de ida y vuelta coronado en ambos casos por sendas visitas a Barcelona que son ahora principio y final de una exposición que, subraya Aznar, buscar profundizar en la cara menos conocida y «más heroica y barroca» de Carlos III en el tricentenario de su nacimiento. «La mayoría de exposiciones que se han hecho se ocupan de la época española, pero nosotros hemos preferido acercarnos a esa época previa», añade el comisario sobre la única muestra que se ha podido ver en la ciudad coincidiendo con la onomástica. Una circunstancia que, añade, contrasta con lo que ocurrió en 1988 durante la celebración del bicentenario de su muerte, cuando Barcelona acogió una gran exposición y un congreso. «Ahora que se busca oscurecer la historia, nosotros queremos arrojar luz y decir que en 1714 no se acaba la historia de Cataluña y empieza una época de sometimiento sin ningún matiz», subraya Aznar.

Orden Constantiniana

Con todo, la muestra organizada por la Orden Constantiniana de San Jorge no se limita a la relación barcelonesa del cuarto hijo varón de Felipe V y reconstruye su juventud y primera madurez a partir de un centenar de pinturas, grabados, insignias y piezas del Museo del Prado, Patrimonio Nacional, la Biblioteca Nacional y la Generalitat, así como de colecciones privadas como la de Don Pedro de Borbón-Dos Sicilias, Duque de Calabria y Gran Maestre de la Orden Constantiniana. Obras muchas de ellas nunca antes expuestas que reconstruyen la etapa mediterránea de un monarca «que se salía de la normal de los reyes borbones como Felipe V», según Aznar. Especialmente valiosas son, por ejemplo, la serie de Giovanni Luigi Rocco dedicada a la Guerra de las Dos Sicilias;el primer retrato del Infante Carlos como Duque de Parma realizado en 1732 por Molinaretto; y la colección de joyas e insignias relacionados con la Orden Constantiniana de San Jorge. De su paso por Barcelona en 1731, la exposición recupera una reproducción de la fachada de la Ciudadela que hizo llegar a su padre, Felipe V, mientras que de 1735 llega uno de los objetos más curiosos de la muestra: un grabado de la Virgen realizado por el propio Carlos de Borbón y depositado en el Archivo General de Simancas.

Las dos joyas de la exposición, sin embargo, son el mosaico de «San Pedro Llorando», un regalo del Papa Benedicto XIV a Carlos III y María Amalia de Sajonia tras el nacimiento del Infante de Borbón; y una excepcional porcelana de Filipo Tagliolini que nunca antes había salido del Museo Arqueológico Nacional, un «regalo envenenado» con el que Fernando IV de las Dos Sicilias quiso demostrar a su padre, Carlos III, que había descubierto el secreto de la porcelana de pasta dura, algo que a él se le había resistido.

De vuelta a Barcelona para, ya en 1759, entrar en España convertido en rey, cobran especial relevancia piezas como el códice de la Catedral de Barcelona con el juramento del rey como canónigo honorario, el retrato que Manuel Tramullas pintó de Carlos III como conde de Barcelona o un boceto, también de Tramullas, del juramento del monarca como canónigo honorario. Una serie de piezas que dan fe de un momento en el que, explica Aznar, «se inaugura una nueva etapa de relaciones con la corona». «Hay una serie de restricciones de la época de Felipe V que él levanta, como la prohibición a la nobleza de llevar armas; y exonera el pago de los impuestos que se debían hasta 1759. Todo lo hace durante su visita a Barcelona», añade.