Canarias, la primera gran cita internacional del año

Por Leopoldo HONTAÑÓN
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No ha comenzado con mal pie ciertamente la decimoséptima edición del Festival canario. Lo he podido comprobar en el segundo de los conciertos inaugurales de la prueba —el primero había tenido lugar la tarde anterior en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife con el mismo programa—.

Nueva aportación a nuestra música de hoy: la ambiciosa página para gran orquesta «El mar de las calmas», muy cercana a la media hora de duración, con la que el gran compositor turolense Antón García Abril ha cumplimentado el encargo que le había hecho el Festival canario, es fácil de centrar en una primera y generalizadora aproximación. Es, ni más ni menos, que el producto musical acabado y perfecto de quien siendo un primer espada de la técnica compositiva, lo es asimismo de la más recta ordenación y del más sutil aprovechamiento de la compleja voz sinfónica.Otra cosa es que nos enfrentemos con los resultados formales y expresivos y nos metamos a analizar los propósitos paradescriptivos de climas y de idiosincrasias, y aun los pensamientos teleológicos invocados en las siempre subjetivas explicaciones del autor.

Hay en «El mar de las calmas» un personal y explícito homenaje sonoro a las Islas Afortunadas. Homenaje presente desde la incorporación en la gran masa instrumental de las típicas chácaras canarias, hasta las alusiones finamente tratadas a la etnia y al folclore de aquellas, principalmente las relacionadas con las islas del Hierro y de La Gomera. Clima contenido, sugerente más que afirmativo en la gran mayoría de su curso, en su lícito deseo de traslucir identidades arquetípicas, puede llegar a caer en cierto monotonismo, roto sólo por dos o tres plenitudes dinámicas inesperadas, por más que la conclusiva alcance hermosuras armónicas y sonoras de especialísima belleza.

En cuanto a los tres aspectos destacables —repertorio universal consagrado, intérpretes foráneos de lujo y demostración de calidad en los propios—, es posible, y aun obligado, acomodarlos en resumen conjunto. Decididamente positivo, pese a las muy personales reservas que luego apunto respecto al «allegro» inicial del «Doble concierto» brahmasiano. Porque no hay nada que objetar, sino todo lo contrario, a la programación en sí de esta obra. Ni tampoco a la versión que nos ofrecieron el chelista Mischa Maisky, el violinista Christian Tetzlaff, que camina firme hacia semejante calificativo, la cada vez más entonada y sólida Sinfónica de Tenerife, y la sabia e inteligente capacidad de adaptación rectora de Víctor Pablo. Que Maisky —imitado por Tetzlaff—, tan hábil para proporcionar atractivos virtuosismos sonoros como para transgredir lenguajes y estilos, se diera en el «allegro» citado a diseños juguetones algo alejados del clima natural de ese tiempo, no impide la anterior alabanza de la versión. Alabanza que ha de hacerse extensiva a los ejemplares profesores tinerfeños y multiplicarla por muchos enteros para ellos y para su titular en la que ofrecieron del nuevo título de García Abril.