Iria Flavia y Palma de Mallorca rinden homenaje hoy al premio NobelABC

Camilo José Cela, un año de recuerdos y traiciones

Año I después de Cela, el escritor que fallecía el 17 de enero de 2002. «El odio derrama tantos espumarajos que ni siquiera se recata ante un cadáver», dice Juan Manuel de Prada. La de Cela es la historia de un icono cultural de la derecha y a su muerte muchos quisieron hacer leña del árbol caído. Tampoco ha surgido otra figura que concite el mismo nivel de crítica desde la izquierda

ANTONIO ASTORGA
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MADRID. (-¿Tiene usted enemigos literarios don Camilo?

-Haberlos, haylos, supongo, pero no me paro a contarlos. Hay que dejarlos en paz. Yo no puedo perder el tiempo en ocuparme de eso).

Cela era un gozoso solitario (y literario): el precio que había que pagar por la independencia. Tenía un lema que figura en el «ex-libris» que le dedicó Picasso: un libro y toda la soledad. Sobre su tumba en Iria Flavia, flores, y el espíritu de un escudo: «El que resiste, gana». Sabía muy bien Cela que se estaba muriendo. La literatura española de la segunda mitad del siglo XX quedó huérfana la madrugada del 17 de enero de 2002.

Y murió escribiendo. Para ABC. Fiel hasta la muerte. Como recuerda el poeta y subdirector de ABC Santiago Castelo en la hora del adiós, «Camilo ha «asustado» mucho, ha sido tronitonante, áspero, duro, inflexible, radical. Y a numerosas personas ésta puede ser la imagen que les quede. Pero yo he conocido, a lo largo de treinta años, a un hombre sensible, tierno, cariñoso, lleno de humor y de socarronería, y con una ternura emocionante».

Las criadas y los mozos

Ternura emocionante incluso cuando relataba, memoria de una época, cómo perdió «la pureza» de mano de las criadas en el Madrid de principios del XX. Era lo que se estilaba. Ternura emocionante en el magistral derroche y empleo del idioma. «No ha nacido ningún otro escritor que pueda sustitituirle, por lo menos en el tratamiento del castellano», dice Jaime Campmany. «Hay muy buenos novelistas -ahí está Miguel Delibes, gozosamente vivo, y Mario Vargas Llosa escribiendo muy bien-, pero indudablemente el tratamiento del castellano que hace Cela no lo han hecho más que dos o tres personas en el siglo XX».

Tuvo que morir Cela, el indiscutible renovador de la novela española, para que le que mataran los que le querían matar, los que se la tenían jurada, y para que los caníbales engulleran al «animal literario» (las tribus antropófagas creían que, al comer la carne de sus enemigos, adquirían su valor y su fuerza). Y se blandieron carnívoros cuchillos intentando deshuesar el cadáver exquisito. Varios libros han querido rentabilizar cuanto de negativo se le quiso echar encima al escritor. Pasa mucho en este país, que es muy desagradecido e ingrato: los escritores no ya buenos, sino magníficos desaparecen y la gente, muy fácilmente, los olvida. «Y hay personas que tienen el alma llena de cobardía, de vileza -sostiene Campmany-, que están esperando a que alguien se muera para echarse sobre su cadáver con improperios, denuestos, denuncias». Con todo ese producto inferior que fabrica la envidia.

Cuando se metían con Cela en vida, él les arreaba unas «coces» y santas pascuas: el gentío se atrevía menos. Pero una vez que Camilo se ha muerto, que ha caído como el gran y frondoso árbol literario, los que se arrimaban a su sombra han querido abrirse paso a hachazos entre su leña: «Le han acusado de todo y han salido libros llenos de vileza. Le han acusado de plagio, que es una de las mayores tonterías que he visto -añade Campmany-. Delante de mí tengo sus obras completas: Dígame usted ¿de dónde las ha sacado? ¿Plagio? ¿de qué? Como esa señora gallega que ha dicho que le ha plagiado el argumento. Mire usted, los argumentos en las novelas son lo de menos, como cuando un señor te dice: «Tengo una vida que es como una novela»». (La juez exculpó esta semana a Cela del presunto plagio de «La cruz de San Andrés» y archivó la querella contra él).

Lo importante de un libro no es el argumento: en la vida no hay más que dos argumentos (el amor y la muerte); lo fundamental es la manera de contarlos. Cualquier trozo de vida es un argumento: «Este país es ingrato. ¿Qué hubiera hecho Francia con Cela si hubiera sido francés? Recuerde los fastos a Alejandro Dumas».

Año I d. C.

Un año después de Cela (Año I d. C.), ¿la vida literaria permanece «huérfana»? Juan Manuel de Prada, uno de los noveles discípulos del Nobel, dice que Cela sigue proyectando su obra y su impronta aunque se le haya seguido atacando. Es una de las leyes más rudimentarias de la antropofagia literaria. Cree Prada que Cela seguirá siendo, en los próximos años, un escritor bastante execrado por sus copiadores, que son los escritores de las generaciones inmediatamente posteriores. Y luego serán los nietos, es decir, los escritores más jóvenes, quienes lo rescaten, lo recuperen y se sientan atraídos por su magisterio.

Un desprestigio tal vez «grotesco», porque Cela es un escritor de obra tallada y muy amplia, pero lo que es indiscutible es que algunos de sus libros son fundamentales en la literatura española: «Cuando los ofendidos se han sentido poderosos han ido creando un clima de desprestigio de Cela, que ha alcanzado su apoteosis en los últimos años de vida de Camilo, en donde cualquier disparate que calumniase a Cela fructificaba. Pero no es tanto el fruto de hechos aislados como de un clima generado y dirigido estratégicamente para el desprestigio de Cela».

Se han querido comer a Cela, pero Cela es demasiado grande como para que cupiera en cuerpos extraños. Lo malo es el escritor que se repite y acaba convirtiéndose en su propia caricatura. O lo que es peor, en su propia mascarilla mortuoria.

Censor censurado. «La censura era estúpida», confesaba Cela. Le tacharon gran parte de «Mrs. Caldwell habla con su hijo». Y también el texto completo de «La colmena» y dos veces. El libro posteriormente lo autorizó, todavía en vida de Franco, Manuel Fraga cuando llegó al Ministerio de Información y Turismo. La jerarquía eclesiástica quiso dilapidar el «Pascual Duarte». Casi le excomulgan. Para Cela todo eso fue una derrota y al final ganó.

También le prohibieron «La colmena», sí publicada en Buenos Aires. ¿No se entendió la lectura, el mensaje atroz en una España de posguerra cercada por el miedo, el hambre, el egoísmo, la sinrazón? «Bueno, qué le vamos a hacer. Es probable que no. La política intelectual estaba en manos de gente de muy segunda fila, como estas actitudes absolutamente herméticas», explicaba.

El testamento y el cromosoma

Amarrado a su escritura, Cela, látigo de espíritus pacatos, murió con las botas puestas. Su legado literario es impagable, pero vendrían aún más tempestades y el morbo del testamento (el literario es impagable), otorgado el 17 de julio de 1991 en Iria Flavia. A su viuda, Marina Castaño, la nombró heredera de sus bienes y a su único hijo, Camilo Cela Conde, le concedió la legítima (un tercio del total que le corresponde como vástago) indicando que debe sentirse pagado con un cuadro de Miró que él y Rosario Conde le donaron. Luego el hijo reeditaba el libro sobre el padre, dos meses después de la muerte del progenitor. Añadía dos apartados que hacen referencia al Nobel y a la muerte, redactados «sin rencor», aseguró. ¿Qué ha heredado de su padre?, se le pregunta. Tajante, respondió el día que reeditó «Cela, mi padre»: «El cromosoma y como escritor, nada». Comenta ahora a ABC que su padre «cada vez es más una figura literaria y cada vez menos una persona; inevitablemente». En Palma de Mallorca se celebrará una misa en memoria de Cela al tiempo que una exposición recuerda su estancia en la isla. Un ciclo de conferencias ha evocado asimismo su figura. Un año después de Cela, los libros por él escritos se han reproducido y multiplicado en ventas. ««Oficio de tinieblas», «San Camilo 1936», «La colmena», «La familia de Pascual Duarte» son cuatros peldaños esenciales para escalar el «límite cero», para llegar a lo más alto de la literatura española del siglo XX. En ellos, el escritor modificaba el registro para no repetirse. Y el lector se sorprendía ante cada nueva obra. Siempre hay algo que deslumbraba. Cela tenía la preocupación y la obsesión de ensayar nuevos caminos. Experimentaba con el lenguaje, lo estrujaba, pero no de una manera consciente, sino subconsciente. Sin soledad no pudo hacer su gran obra duradera. Una vez pintó un libro para su gran amigo Pablo Picasso, que fue poeta en esa ocasión. Se tituló «Trozo de piel» y es una joya de bibliófilo. ¿Estaba inspirado Camilo? Si le venía le cogía trabajando, porque como decía Picasso, la inspiración era el subterfugio de los zánganos. Entendía la literatura como una guerra a muerte contra «los fantasmas del hombre y sus bravos y mansos sueños». Soñó con la pintura y pintó al aguafuerte doce mujeres con flores en la cabeza y esculpió doce esculturas en bronce. Es su «Cuaderno de El Espinar», el libro que él nunca vio publicado y que ahora se muestra en el CARS. Con el corazón clavado en la memoria labró sus «Memorias, entendimiento y voluntades». Ahí revela Cela los últimos suspiros de Valle-Inclán, que murió escribiendo en la cama, como él. Valle era para el Nobel «flor de la literatura y espejo de caballeros galantes, a quien el hambre empujó hasta la genial venganza del esperpento: el último, su disparatado entierro, con el crucifijo del ataúd volando por los aires, el féretro cayéndose a la fosa y desvencijándose, y los esparcidos restos de don Ramón iniciando tan poco descansadamente su eterno descanso». Palabra de Cela. Año I d. C.