«Calisto», un lujo teatral

Por Pedro Manuel VÍLLORA
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Entre los mejores recuerdos teatrales del año pasado, se encuentra la adaptación que la compañía Teatro Meridional ofreció de «Las cosmicómicas», de Italo Calvino. Aquel espectáculo, titulado «Qfwfq», escrito por Julio Salvatierra y dirigido por Álvaro Lavín, presentaba a una familia campesina que había sido testigo del nacimiento del universo y de su evolución hasta el día presente. Había un elemento que permanecía —la familia— y otro que cambiaba.Cuatro años antes, Lavín y Miguel Seabra habían interpretado «Ñaque, o sobre piojos y actores», de Sanchis Sinisterra, que contaba las aventuras de dos actores del siglo XVI vistas desde el XX. «Calisto. Historia de un personaje» es un espectáculo creado entre los dos citados, y que participa de características de ambos. Por un lado es una revisión del teatro renacentista; por otro, un cuestionamiento acerca de las relaciones entre el actor y su personaje; finalmente, un contraste entre aspectos que permanecen invariables y aspectos que mudan de estado y significación. Así, muestra al coprotagonista de «La Celestina» que, quinientos años después de su creación, dialoga con el actor que lo interpreta. En su relato, que tiene algo de entrañables batallitas de abuelete, Calisto se centra en el siglo XVI y cuenta cómo va pasando de actor en actor, pero también de personaje en personaje, reapareciendo unas veces como tal Calisto, otras como el Bertoldo de la commedia dell´ arte, y terminando como el Romeo de Shakespeare. Todo ello mientras pasa rigores de censura, actúa en el Vaticano ante el libertino Papa Alejandro o conoce las dichas y desdichas del encuentro carnal con las actrices.

Muchos, más de veinte, son los personajes que aparecen en las aventuras de Calisto, y todos son caracterizados de manera diferente por Álvaro Lavín. Para todos ellos tiene un gesto, una postura, una inflexión, un timbre, un manera de ser y de mostrarse. Pasa de uno a otro de inmediato, sin transición, con un ritmo ágil y siempre sorprendente. Es más admirable cuanto que la propuesta escénica exige del actor que esté sentado durante toda la obra.

A pesar de lo interesante del texto, un actor de pocos recursos podría haberlo echado a perder. Por fortuna, este no es el caso de Álvaro Lavín, uno de los grandes actores teatrales surgidos en los últimos años, aparte de un director delicado y cuidadoso. Por eso este «Calisto. Historia de un personaje» es un lujo teatral que la cartelera madrileña no puede permitirse desaprovechar.