La Caja de las Letras del Instituto Cervantes
La Caja de las Letras del Instituto Cervantes - JOSÉ RAMÓN LADRA

La Caja de las Letras, la cámara del tesoro de la cultura hispanoamericana

El Instituto Cervantes lleva una década enriqueciéndose con los legados de los principales nombres de nuestra cultura

MadridActualizado:

Esta caja fuerte siempre posa abierta, orgullosa de sí misma, en la planta más baja de su monumental residencia. No guarda oro, aunque está llena de placas doradas. Tampoco encontraremos dentro rubíes ni zafiros, pero sí joyas, joyas extrañas, únicas, algunas de latón, otras de pergamino. Hay relojes, pulseras, estatuillas de mármol, partituras, cartas, manuscritos, libros y, sobre todo, secretos. Tiene algo de la paz de los desiertos quevedianos. Sin duda, Borges la definiría como una suerte de paraíso. Su valor no se mide al peso. Sin embargo, lleva engordando sus arcas desde 2007. Fue el año en el que el Instituto Cervantes se mudó a la calle Alcalá 49, en plena columna vertebral de Madrid, a ese edificio que alojó al Banco Central y que muchos identifican por las cariátides que custodian sus puertas y vigilan el tráfico. Fue el mismo año en que se creó la Caja de las Letras.

A César Antonio Molina, director de la institución en ese momento, la idea se le ocurrió nada más ver aquella cámara acorazada. «Esas cajas no habían guardado el mayor activo de nuestro país, que es la lengua común de 500 millones de hablantes», recuerda ahora. «Pensé que por qué no custodiábamos ese valor inmaterial y espiritual en torno al idioma y a la creación literaria y artística. Entonces decidí que todos los premios Cervantes, todas las grandes personalidades de nuestra cultura, fueran ocupando cada una de esas cajas, con la idea de que no se abrieran cada una de ellas hasta décadas después, y que fuera un legado de cara al futuro».

La historia empezó con el escritor Francisco Ayala, que ocupó el primero de los 1.800 casilleros el 15 de febrero de 2007. Allí dejó una carta manuscrita y un legado personal, cuyo contenido no desveló y que no se hará público hasta el año 2057. Le siguieron en el mismo año los poetas Antonio Gamoneda y Carlos Edmundo de Ory y el artista Antoni Tàpies. Ya entonces quedaba claro que en la Caja de las Letras cabía toda la cultura, en su sentido más amplio, máxime cuando en 2008 aterrizó en sus arcas el primer cuaderno de investigación que utilizó la científica Margarita Salas mientras trabajaba con Severo Ochoa en Nueva York. Ella fue la primera en romper el misterio de los legados, marcando una senda que seguirían muchos.

Por ahí transitó la mexicana Elena Poniatowska, que dejó una vieja pulsera de latón que su padre usó mientras combatía en la Segunda Guerra Mundial, junto con una primera edición de su crónica «La noche de Tlatelolco» y tres manuscritos de sus primeros años de periodista. No fue la única en depositar recuerdos personales. Nicanor Parra metió una de sus primeras máquinas de escribir en su cápsula del tiempo y Fernando del Paso guardó una camisa del fallecido poeta José Carlos Becerra. El bailarín y coreógrafo Víctor Ullate confinó en su caja el chaleco con el que interpretó «El Madrid de Chueca» con el Ballet Nacional en 1982, así como un reloj de su abuelo y un anillo de su padre. Por cierto, nadie que lea estas líneas podrá ver cómo se abre el legado de Ullate, que ordenó su confinamiento hasta el 7 de junio de 2161.

Un reloj, esta vez uno suizo comprado en 1946, fue el regalo de John Elliott, que entró hace unos días en este particular baluarte con el honor de ser el primer no hispanoamericano en hacerlo. Dejó su recuerdo en la casilla 1492, vecina de la de Gabriel García Márquez, que nunca llegó a pisar la Caja de las Letras, pero que está allí representado por una arqueta llena de tierra de su casa natal en Aracataca, además de una placa con el primer párrafo de «Cien años de soledad».

El suyo no es el único legado «in memoriam». Lo mismo ocurrió con el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, a quien su viuda, Victoria Rodríguez, recordó el año pasado con una variopinta selección de objetos: una carta manuscrita, su libro de cabecera de Aristóteles, un bolígrafo y una pipa. Y el próximo legado también será una conmemoración: la del 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, a quien homenajeará el alcalde de su ciudad natal, Orihuela. A Juan Goytisolo sí le dio tiempo a visitar la cámara, donde resguardó dos manuscritos inéditos («un poemario devocionario con dos citas de san Juan de la Cruz y un manuscrito completo que mezcla memoria, autoficción y una especie de inventario») que no saldrán de allí hasta el 5 de enero de 2031.

Misterios con gracia

Algunos han querido teñir la solemnidad del secreto con algo de gracia. El mordaz Luis García Berlanga, que entregó su legado en 2008 en una de sus últimas apariciones públicas, ya en silla de ruedas y con una salud muy mermada, guardó el enigma, que su hijo Jorge Berlanga alimentó diciendo que su depósito podría tratarse de «un guion, unas memorias o un mensaje demoledor a la Humanidad». Todo encajaría con el genio del cineasta. En la misma línea estuvo Juan Marsé, que se negó a desvelar qué escondía su paquete. «Contiene el secreto de la escalibada», bromeó. «También tiene otras cosas, pero no son tan importantes como esta». Y cómo no, Eduardo Mendoza tampoco pudo resistirse al guiño cuando anunció que había guardado allí «el misterio de la cripta embrujada».

Carmen Balcells quiso hacer de su legado una reivindicación, un grito de letraherida, como no podía ser de otra forma tratándose de una agente literaria de raza, quizás la más importante de su tiempo. En 2010 depositó en las arcas del Cervantes fotos y documentos de un auténtico desconocido, Aliocha Coll, que ella consideró el «gran escritor maldito». Su caja solo permaneció cerrada un año (fue su deseo) y hasta la fecha es la única que se ha abierto.

Cuando hace una década el Cervantes se posó sobre el antiguo Banco Central, algo heredó más allá de los elementos físicos que lo componían: el deseo de crear tesoros, de atrapar riqueza en cajas, pero más allá de lo material. A veces, ese valor cultural (espiritual) se transmuta en objetos, que entonces quedan elevados a la categoría de símbolos. Son esos los que ahora guarece esa caja fuerte que albergaba montones de oro en la época del patrón. «Las arcas del estado no están en el Banco de España, sino en el Thyssen, en el Prado, en el Reina Sofía, en fin, en nuestros museos, archivos y bibliotecas, en nuestro patrimonio arquitectónico. Realmente eso son nuestros bancos. Ahí es donde guardamos lo que somos y lo que hemos sido», concluye César Antonio Molina.