VÍCTOR LERENA

«Mi madre rescató las cartas de Besteiro en prisión y las publicó»

John de Zulueta Greenebaum preside USP Hospitales

VIRGINIA RÓDENAS
Actualizado:

- El libro póstumo de su madre, Carmen de Zulueta, «Mi vida en España 1916-1936» (Plataforma), le vuelve la mirada a su historia.

-Murió el año pasado en Nueva York tras una caída en la que se golpeó la cabeza. Tenía 93 años. Unos días antes me había llamado para que le ayudara a publicar el libro. Cuando mi mujer y yo volvimos de su entierro a España, estaban en el correo el CD y un «pendrive» con sus memorias.

-¿Quién fue Carmen de Zulueta?

-Una hispanista con el krausismo grabado a fuego que huyó del materialismo porque la vida intelectual era lo importante. Escritora y profesora, primera doctora de Colombia, inculcó el amor por la literatura española primero a los judíos del City College, y luego a negros e hispanos del Lehman College, del Bronx.

-También fue la hija de Luis de Zulueta, diputado, ministro de Estado de la República y embajador.

-Pasé mi infancia en Nueva York compartiendo cuarto con mi abuelo. Dos camas y una mesa donde él escribía sus artículos para el «Tiempo» de Bogotá. Él hablaba francés y alemán, y yo inglés y portugués, porque viví en Brasil hasta el 57, donde mi padre, un visionario, atisbó una economía emergente. Mi abuelo, exilado en Colombia hasta el 59, me enseñó español.

-Tuvo que salir de la embajada en Roma camino del exilio, pero antes fue embajador en Alemania.

-Tengo sus fotos con Hindenburg y otros alemanes brazo en alto, menos él, en torno a una mesa. Es la imagen terrorífica de lo que iba a venir con Hitler.

-Conmovedor el abrazo de Marquina y su abuelo en Bogotá. Era 1946. Uno representaba a Franco; otro, el exilio. Su madre lo rememora.

-¡Tenían una amistad tremenda! Luego, cuando Marquina muere en Nueva York, diría: «Eduardo ha venido a despedirse de mí». Mi abuelo tenía nostalgia de España, pero mandaba a otros a verla y nos financió un viaje a mi hermana, a mi madre y a mí en 1961. Él siempre habló mal de la República en el exilio. Decía: «Tuvimos nuestra oportunidad y pasó».

-Carmen también fue la editora de las cartas de Julián Besteiro, su «tío Bugán», desde la cárcel.

-En Madrid quedaron tía Dolores, la viuda de Besteiro, y tía Mercedes, que la cuidó siempre. Dolores sufrió un ictus cerebral, pero vivió así hasta los 90 años. Un día Mercedes sacó de un cajón todas las cartas de Besteiro y mi madre dijo: «Aquí hay un libro». Luego, en Nueva York, hizo lo mismo con las cartas entre Unamuno, consejero de mi abuelo, y Luis de Zulueta.

-A su tía Dolores la entierran junto a Besteiro en el cementerio civil con un crucifijo. Lo contó Jordi Maragall en un artículo, y su madre lo escribe ahora.

-Sí, sí... Mi abuelo al final también pidió un cura y la extremaunción, y mi madre en sus últimos años iba a misa. Supongo que es normal que la gente cuando se acerca a la muerte vuelva a lo espiritual de su vida.

-Besteiro acabó abandonado por los suyos.

-Pero aún se le recuerda en Madrid. Hace años Álvarez del Manzano me enseñó su busto en la Casa de la Villa. Con los socialistas tuvo sus más y sus menos. Todo degeneró desde el inicio de la II República hasta el final. Besteiro fue dos veces a prisión: con Primo de Rivera por una huelga —mi madre de pequeña aprendió a decir ¡viva la huelga!—, y luego a la cárcel de Carmona, con Franco, donde sufrió un maltrato demencial en una celda donde no cabía ni de pie.

-Dice usted que todo degeneró, pero el recuerdo de su madre es gozoso y feliz hasta el 36.

-La alegría de los primeros días de la República. Mi madre tiene una idea enfocada en la educación, la Institución Libre de Enseñanza, las Misiones Pedagógicas y sus veranos en San Vicente de la Barquera.

-Forjada en la adversidad, ¿cómo vivió que una garrapata le dejara a usted parapléjico hace 10 años?

-Mi madre negaba muchas cosas, y la enfermedad y la vejez eran algo a evitar. Quiso creer que me curaría.

-A usted que está en el ajo, no me voy sin preguntarle si al fin nos recortarán en Sanidad.

-La salud es un bien irrenunciable y su financiación pública en Europa no tiene marcha atrás, pero habrá recortes y copago. Es imposible dar tanto.