Berlín en el espejo del III Reich

RAMIRO VILLAPADIERNACORRESPONSALBERLIN. En 1927, Fritz Lang concibió en Berlín «Metropolis», una ciudad como una máquina, cuyos habitantes se dividirían en los que piensan pero no saben hacer nada, y

RAMIRO VILLAPADIERNA. CORRESPONSAL. BERLÍN.
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En 1927, Fritz Lang concibió en Berlín «Metropolis», una ciudad como una máquina, cuyos habitantes se dividirían en los que piensan pero no saben hacer nada, y los que hacen pero no piensan nada. «Manos y cerebro no pueden entenderse sin que medie un corazón», fue el lema de lanzamiento de la obra maestra. Hitler llegó, cinco años después, y puso en marcha su propia gigantomaquia urbana.

Ahora, y hasta el 31 de diciembre, puede verse por primera vez, en pequeño, «Mythos Germania (El mito de Germania)» lo que habría sido de Berlín de prosperar el proyecto de Hitler y su mano derecha, el arquitecto Albert Speer. «Germania, Capital del Mundo» era el discreto nombre del Berlín futuro, equiparando el III Reich con el orbe; sería recorrido por una avenida de 120 metros de ancho y 10 kilómetros de largo, que dejaría en callejón a los Campos Elíseos, festoneada de palacios de gobierno, teatros y grandes almacenes. La sola comparación habría de ser «el antiguo Egipto, Babilonia», a lo sumo Roma, dejó claro Adolf Hitler, «¿Qué serán a su lado Londres o París?»

La avenida cruzada por otro eje Este-Oeste entre el Palacio Real y la Plaza de Hitler (hoy Theodor Heuss) transcurriría entre dos enormes estaciones y atravesaría un arco, el doble que el Arco del Triunfo de París. La Königsplatz sería capaz de acoger la devoción de un millón de personas y, bajo la portentosa cúpula de la Grosse Halle, de 320 metros de altura (ocho veces más alta que San Pedro de Roma), lo harían los 180.000 más allegados.

El 12 de noviembre de 1938 había convocado el Mariscal del Reich, Göring, una reunión en el solemne ministerio de la Wilhelmstr. 97 para dictar la expropiación y deportación de todos los judíos del Reich. La expulsión se inició, en primer lugar, para poder disponer de sus viviendas y derribar otras, haciendo espacio al megalómano plan.

«Esta edificación no debe ser vista como un logro histórico, sino como expresión de un sistema totalitario», dijo el ministro de Finanzas, Peer Steinbrück, de la sede en la que ahora trabaja: uno de los pocos ejemplos de monumentalismo que sobrevivió a la guerra resulta irremarcable en la maqueta de la futura capital. De hecho, la Puerta de Brandenburgo se antoja una parada de autobús y el Reichstag resulta la caseta de seguridad junto a la Grosse Halle.

Una visión capital

Sombras y huellas de una ciudad imperial es el subtítulo de la exposición, y en ella se aprende a reconocer restos en el Berlín actual, como algunas lámparas de gas en la hoy Avenida del 17 de Junio, o un enorme resto de hormigón empleado para probar el aguante de los cimientos para el futuro arco de triunfo. Pero, aunque se demolió y se abrieron grandes espacios, poco había avanzado el proyecto cuando se inició la derrota: no había ni mano de obra ni canteras suficientes en todo el territorio del Reich y había que derribar y sustituir demasiadas viviendas, explica en «Die Welt» el historiador Sven Felix Kellerhof; y la experta Susanne Willems añade: «las tres carencias se harían a costa de los judíos».

Speer, durante mucho tiempo confundido con un compañero de viaje involuntario, fue condenado en Nürenberg y escribió en su diario que «Germania se convirtió no en la ciudad de Hitler, sino en un sarcófago». En la exposición, el arquitecto se revela como un monstruo exigiendo trabajadores esclavos y canterías en todos los campos de concentración.

Speer ya había levantado la cancillería de Hitler, una mole de 420 metros de largo, con un despacho de 390 metros cuadrados, pero fue considerada indigna. En la enorme maqueta puede contemplarse ahora el que habría de ser Palacio del Führer, donde una galería de 500 metros anticiparía un despacho para Hitler de 900 metros cuadrados, mayor que un campo de fútbol. Se levantaría en el terreno en que hoy se alza la cancillería de Angela Merkel, quien se arregla con una oficina siete veces menor.

«Mythos Germania», junto al monumento al exterminio judío, recuerda según el ministro «que fue proyectada a expensas de los judíos», de su expulsión primero, de su sudor después, y de su sangre al final.