ÓSCAR GARCÍA  Imagen de la torre desde la montaña de Collserola, vista a través de la Sagrada Familia de Gaudí

Barcelona abraza el «edificio obús» de Nouvel como nuevo icono de la ciudad

Tras la Torre Agbar, Gas Natural también estrenará sede en unos meses; en el otro extremo de la Diagonal, las torres negras de la Caixa vigilan la ciudad

ÀLEX GUBERN/
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En los años previos a 1992, nadie en Barcelona sabía de ese concepto que se ha venido a conocer como «skyline». Tuvo que venir Norman Foster a plantar su torre de comunicaciones en lo alto de Collserola para que a partir de entonces todo el mundo se llenara la boca hablando del «perfil de la ciudad». Fue un cambio fundamental, el momento a partir del cual Barcelona abrazó de forma decidida su vocación de ciudad referente en la arquitectura.

Quince años después de esa inflexión, Barcelona contempla asombrada cómo le siguen creciendo por doquier edificios de autor, y cómo las revistas especializadas siguen señalando la ciudad como abonada tierra de promisión arquitectónica. En este contexto, y cuando sólo la nómina de edificios singulares parece sostener el orgullo en una ciudad algo baja de tono, Sus Majestades los Reyes presidirán mañana el estreno de la nueva sede corporativa de Aguas de Barcelona. Sin exagerar, la torre Agbar, diseñada por Jean Nouvel en colaboración con el estudio barcelonés b720, se ha convertido ya antes de su apertura en icono de la ciudad. No marcado por la polémica -a diferencia de la mayoría de nuevos edificios en Barcelona éste se ha valorado de manera más bien unánime-, el «obús» de Nouvel ha levantado tanta expectación como en su momento lo hizo el Palau Sant Jordi de Isozaki, más recientemente el Edificio Fórum de Herzog y De Meuron y, probablemente en un futuro, la «novia de titanio» de Gehry en la Sagrera. La sorprendente perspectiva de la Sagrada Familia agazapada bajo el imponente tronco de la Torre Agbar ha impactado.

«Cuando un edificio se piensa para el emplazamiento, para la compañía y para la ciudad que lo acoge, se acaba por notar, y este es el caso», señala Fermín Vázquez, al frente del estudio b720, cuando intenta explicar la rapidísima manera con la que el edificio se ha integrado en el paisaje barcelonés. «Se detecta en general, y más en Barcelona, una demanda de experimentación, una búsqueda de lo nunca visto, y esto es algo que facilita mucho la digestión de este tipo de edificios singulares», prosigue Vázquez. No obstante, y precisamente por esta tendencia hacia lo singular, la innovación se convierte a menudo en dogma, «y eso hace que algunos nuevos proyectos se vean impostados». Es, señala Vázquez, uno de los peligros que atenazan a la arquitectura y al diseño barcelonés, «una excesiva autoconciencia de sí mismo que puede acabar por restar frescura a los proyectos». Es un amaneramiento que, en todo caso, Vázquez define como mal menor en un panorama estimulante.

Karselé ilumina la torre

Con 145 metros, la Torre Agbar no es el edificio más alto de Barcelona, pero en estos momentos sí es el más contemplado, tanto de día, cuando el recorrido del sol a lo largo de la Diagonal hace que adquiera cambiantes tonalidades, como de noche, cuando desde sus más de 4.400 ventanas se proyectan miles de colores convirtiéndola en lámpara mágica. «La iluminación es una expresión artística en sí misma», comenta Vázquez al valorar el trabajo del francés Yann Karselé, especializado en iluminar edificios y que, tras deslumbrar en la Biblioteca Nacional de Francia, fue requerido por Nouvel para la Torre Agbar.

Además de la estética, la inauguración de un edificio como éste tiene otras lecturas, también empresariales. Símbolo del poderío del grupo Agbar, la torre de Nouvel precederá en unos meses a la apertura de la nueva sede de Gas Natural, otro edificio singular, en este caso de Miralles y Tagliabue. En el otro extremo de la Diagonal, las clásicas torres negras de la Caixa, que controla ambas empresas, lo vigilan todo.