El proyecto ha arrancado con la conversión de 650.000 minutos de grabaciones - ISABEL PERMUY / Vídeo: La Biblioteca Nacional de España, a vista de dron

De baldas enteras de porno a casetes de Los Chichos: los tesoros bizarros de la Biblioteca Nacional

Más allá de los libros, la institución custodia soportes que guardan toda la cultura española y que un reciente proyecto de digitalización trata de proteger

MadridActualizado:

No es broma: en la Biblioteca Nacional hay baldas enteras de porno. También de películas como «Pepito piscinas», «El insólito caso del embarazo de los Martínez» o «El cabezota», títulos que no pasarán a la historia, pero que son parte inevitable de nuestro pasado. Hay joyas, como la única versión censurada de «El Verdugo», que dice tanto por lo que muestra como por lo que oculta, o un VHS de «La guerra de las galaxias» en el que Luke Skywalker es Lucas Trotacielos. Están en la última planta, donde la institución custodia gran parte de sus fondos audiovisuales, que con su archivo sonoro, guardado en su sede de Alcalá de Henares, conforman el testimonio de una España que fue, y que corre el peligro de caer en el olvido por desgaste. Un testimonio total, que no entiende de géneros ni cánones.

Todo esto tiene que ver con una ley de 1958, en concreto la que regulaba el Depósito Legal, que especificaba que debía entrar en la Biblioteca, junto con cada uno de los libros editados en España, toda la producción musical, sonora y de imágenes (en movimiento o no), que se hiciera a lo largo y ancho del territorio, independientemente del formato. Hoy, aquella exigencia imposible, mastodóntica, se traduce en más de 33 millones de documentos. Entre ellos, 130.000 casetes, unos 3.000 cartuchos y miles y miles de grabaciones en VHS, Betacam o Vídeo 2.000, por hablar solo de los soportes magnéticos, que son, precisamente, los que peor soportan el paso del tiempo. Todo ese material, ya casi objetos de arqueología contemporánea, pasará a digitalizarse para asegurar su futuro.

De momento, el proyecto, que cuenta con la colaboración de Red.es, ha arrancado con la conversión de 650.000 minutos de grabaciones audiovisuales y sonoras. Según comentan los responsables, apenas supone el 5% de lo que se conserva, pero es un comienzo. El criterio de selección de obras se ha centrado en la creación patria en su totalidad, pornografía aparte: desde temas de Los Chichos hasta recitales de Unamuno, pasando por ese particular «Verdugo» o por un «Popeye» de los años treinta, que fue la primera cinta que entró en el edificio.

El objetivo es salvar el pasado; la intrahistoria, que diría el noventayochista. Por eso tiene tanta importancia todo lo que se comercializó en los cartuchos, un formato de ocho pistas que no tuvo mucha extensión en el tiempo, pero que atestigua el fenómeno de la «música de gasolinera». «No trascendió tanto como el casete, pero tenía más calidad y almacenaba hasta 16 canciones (...) Estos objetos son los que lograron que la música llegase al grueso de la población», explica María Jesús López Lorenzo, jefa del servicio de registro sonoro de la Biblioteca. Ahí está guardada la rumba flamenca, la samba o los boleros que ponían banda sonora a las carreteras en los años sesenta y setenta. O los chistes de Pepe da Rosa, todo un «clásico» por aquel entonces.

El abanico documental abruma por su extensión, que hace imposible el relato único, que se escapa de los cánones y matiza aquí y allá, ayer y anteayer. Hay reportajes de La Movida que hablan de cómo era la nueva mujer española y de los nuevos peinados que estaban modernizando el rostro de España, y películas que competirían con las sesiones de multicine de los sábados por la tarde. «Y no para de llegar más material, todo lo que se comercializa acaba aquí, como los zombies de “The Walkind Dead”», apunta Alicia García Medina, jefa del servicio audiovisual. De hecho, insiste, los contenidos audiovisuales son lo que más se consultan.

Conservación

Los 650.000 minutos elegidos se están transformando en la planta que conecta el edificio con el mundo real: una boca por la que cada año entran cerca de 400.000 títulos que una legión de trabajadores distribuyen, catalogan y ordenan. Allí hay una sala donde los móviles solo pueden entrar en modo avión y en la que hace frío desde agosto. La temperatura no supera los veinte grados y los cinco operarios especializados tienen que llevar forro polar durante sus quehaceres. «Es por motivos de conservación», aclaran.

Su tarea es laboriosa y difícil de aligerar, porque la señal analógica se transmuta en digital a tiempo real. Esto significa que para convertir los 650.000 minutos hay que reproducir, de hecho, los 650.000 minutos. Son más de diez mil horas. Aunque se reproducen simultáneamente varias pistas, tendríamos que contar también las que dedican a controles de calidad (que revisan que la imagen y el sonido resultantes no tengan taras) y las que emplean en reparar los soportes dañados. Y no hemos contado lo que invierten en rebobinar (verbo añejo este): una operación indispensable antes de empezar el procedimiento.

Fragilidad

En lo que llevan digitalizado, han notado que el audio está dando más problemas que el vídeo. ¿El motivo? La fragilidad de los casetes, que tienen unas pequeñas espumillas que, al desprenderse o romperse, impiden la reproducción: no fue el mejor soporte, pero sí el más popular. Y otro hallazgo: el formato BETA mantiene mucho mejor el sonido que las celebérrimas (y difuntas) cintas de VHS.

Después de la conversión, los archivos se alojarán en dos servidores, uno en la propia sede de la institución y otro en el exterior. Pero las famosas nubes no son la panacea, pues los ficheros pueden corromperse. Ahí es donde entra en escena el sistema de preservación digital, que revisa periódicamente los contenidos para ver que se pueden reproducir con normalidad. También adapta los formatos al paso de los tiempos. En realidad, todo este trabajo tiene que ver con el paso del tiempo, la degradación y ese empeño por materializar la inmortalidad de la cultura. Este es el principio, la punta del iceberg. Algún día, cuando se disponga de más dinero, le tocará el turno a los CD y los Blu-Ray, entre otros productos caducos. Antes solo había libros, que no tenían más misterio que el de la palabra escrita. Ahora hay muchos más problemas.