Casa de Francisca Alba en Valderrubio (Granada)
Casa de Francisca Alba en Valderrubio (Granada) - González Molero

La auténtica casa de Bernarda Alba: un nuevo museo para Lorca

Es el mismo inmueble que inspiró al dramaturgo para escribir su última obra, donde plasma las rencillas familiares que pudieron influir en su asesinato

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«Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? Silencio, silencio he dicho, ¡silencio!». Y «telón», escribió. Era viernes, 16 de junio de 1936, y Federico García Lorca terminaba la que sería su última obra y quizás un factor clave en su asesinato, «La casa de Bernarda Alba». La misma casa, la de la verdadera Frasquita Alba, emparentada con los García Lorca, abrirá como museo en otoño.

El inmueble que inspiró a Lorca para escribir esta obra teatral póstuma se encuentra en Valderrubio, el municipio de la Vega granadina donde vivió sus primeros años. A falta de remozar el viejo edifico de las puertas y ventanas cerradas, se convertirá en un museo dedicado a la mujer y a su papel en tiempos del poeta. El Ayuntamiento ha rehabilitado la auténtica casa de los Alba, que ya luce su aspecto original, desprovisto de elementos añadidos con posterioridad.

Listo el continente, resta el contenido de este inmueble con más de un siglo y medio de antigüedad, que como museo lorquiano se sumará a los otros centros de interpretación del artista en Granada: el Museo-casa natal de Fuentevaqueros, la Huerta de San Vicente y el Centro Federico García Lorca de la capital, donde ya se encuentra el valioso legado del dramaturgo.

Miedo, olvido y fantasía

«La casa de Bernarda Alba» no solo es la última obra completa escrita por Lorca, sino la que tal vez determinó su asesinato. Si bien no se representó hasta 1945, el granadino trabajó en ella durante meses y es plausible hiciera alguna lectura pública que llegara a oídos de quienes ordenaron su ejecución, sobre la que orbitan el «Miedo, olvido y fantasía» que reflejó en su libro la escritora Marta Osorio, albacea de la maleta perdida de Agustín Penón, uno de los primeros investigadores que recalaron en Granada tras las pocas pistas de Federico.

Mucho se ha escrito, y mucho incierto, sobre la figura que simboliza la Generación del 27 y su disolución forzada con la Guerra Civil. Durante décadas, Federico fue utilizada, en ocasiones con fines meramente partidistas, para apuntalar versiones a medida de intereses concretos. Ya desde el primer momento, cuando la prensa afín al golpe achacó el asesinato de Federico a incontrolados del mismo bando comunista que durante el exilio se apropió de su martirio, por rojo y por maricón, como si de un camarada se tratase.

Lo cierto es que García Lorca no se caracterizó por una militancia activa y fue el único poeta ejecutado en Granada. El misterio que envuelve su muerte ha obligado a reconstruir con el tiempo la historia tras un sinfín de investigaciones, entre las que destaca la del hispanista Ian Gibson, pero que en los últimos años ha dado un vuelco con el trabajo de Miguel Caballero, heredero de la línea del periodista falangista Eduardo Molina Fajardo. Las dos grandes tesis difieren en el momento, el lugar y las causas del asesinato. La de Gibson, en la que se fundamenta la versión oficial, atribuye su fusilamiento a su condición de homosexual y de persona liberal próxima a la República.

Rencillas familiares

En cambio, las investigaciones de Molina Fajardo, y posteriormente las de Caballero, han abierto la puerta a considerar la posibilidad de que en este caso, como en otros aquellos días, las rencillas familiares y políticas influyeran en lo que ocurrió una indeterminada noche de agosto de 1936. Los problemas que desde finales del siglo XIX habían tenido los García Lorca con los cabecillas de la detención y ejecución de Federico, entre ellos sus primos Roldán, próximos a la CEDA y a su vez emparentados con los Alba, inspiraron al dramaturgo para escribir su feroz último libro, fruto de las relaciones de amor y odio que existían entre estas familias con negocios en común en la endogámica Vega granadina.

De nada le sirvió refugiarse en la casa del su amigo Luis Rosales, una de las familias al mando de la Falange en Granada. Sin orden de detención, solo con una denuncia particular, una escuadra de incontrolados organizados se presentó en la residencia de los Rosales y se llevó al poeta al Gobierno Civil, a apenas 200 metros. Ahí se le pierde la pista. Según el certificado de defunción –que no de desaparición– que un juez firmó en 1940, Federico «falleció en el mes de agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra, siendo encontrado su cadáver el día veinte del mismo mes en la carretera de Víznar a Alfacar».

El franquismo reconoció el crimen en 1965. Un difuso informe de la Policía le acusa de socialista, masón y homosexual, si bien no precisa la causa de su arresto ni en qué consiste su confesión antes de ser «pasado por armas» ni acierta con el número de personas que fueron ejecutadas junto al poeta, así como tampoco concreta en qué lugar de los señalados hasta ahora podría estar el cuerpo de Federico García Lorca, cuyos restos serán buscados después del verano en virtud de una tesis más próxima a la oficial que a la oficiosa.