«El artículo es un género mucho más amenazado que los linces de Doñana»

«Antonio Burgos lo mismo cita a Rilke que a "El Beni" de Cádiz; le gustan Shakespeare y Curro Romero -que acudió al acto junto con destacadas personalidades de la cultura y el periodismo-, y tiene

J. G. C. / S. G.. MADRID.
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«Antonio Burgos lo mismo cita a Rilke que a "El Beni" de Cádiz; le gustan Shakespeare y Curro Romero -que acudió al acto junto con destacadas personalidades de la cultura y el periodismo-, y tiene voz, oído y sentimiento. Sabe que el primer mandamiento de un columnista es no aburrir ni a Dios sobre todas las cosas, y no es ni un predicador ni un propagandista político». Con estas palabras presentó ayer Manuel Alcántara al escritor y columnista sevillano en el acto de entrega del premio González-Ruano de Periodismo, concedido por el Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre por su Tercera de ABC «Qué no daría yo, Rocío...», publicado el 2 de junio de 2006.

Alcántara, que conoce a Burgos «desde chico», se refirió al amor que éste siente por «Sevilla y una España entera y verdadera; y también por los gatos, silenciosos como espejos y "furtivos a la hora del alba aventurera"». Elogió el gran artículo que le ha valido a Burgos este galardón, y que se suma a una lista, en la que se encuentran el Mariano de Cavia, el Pemán y el Romero Murube. «¡Hay su Rocío, nuestra Rocío! Si se dice de él que es un escritor popular, le están piropeando. El concepto de lo popular se une con el de localidades baratas, pero no hay mayor honor para cualquier periodista que llegar al pueblo. El pueblo somos todos», dijo Alcantára.

«Qué no daría yo»

Por su parte, Antonio Burgos, tras agradecer estas palabras, volvió a recordar que el premio González-Ruano de Periodismo se lo han concedido por «uno de esos textos que nunca quisiera haber escrito. Glosando el título del artículo premiado y el verso de su canción, "qué no daría yo" porque nunca José Antonio Zarzalejos me hubiera llamado para que escribiera la Tercera del ABC del día siguiente, el que iba a traer en su portada la noticia de la muerte de Rocío Jurado, porque era señal de que mi querida amiga y paisana gaditana aún estaba entre nosotros».

Un artículo que, a pesar de la pérdida que lloraba, le ha permitido sumarse a una «nómina de premiados» en la que se encuentran el propio poeta Alcántara, Luis Calvo, «Cándido» o Jaime Campmany, «para mí siempre el hermano mayor de la Cofradía de la Columna».

Pero la mayor satisfacción de Burgos al alcanzar este premio, «que fue siempre un sueño», viene al ver su nombre ligado al del maestro Ruano, a quien conoció y entrevistó «cuando andaba desterrado de su velador del Café Teide y disponía sobre una mesa del Hotel Fénix su oficio de escribir: su estilográfica y sus folios, su taza de café, su cenicero y su cajetilla de cigarrillos Especiales al Cuadrado...» El tiempo y el periodismo les hizo volver a coincidir en la redacción de ABC de Sevilla. Y ahora, muchos años después, «recibo este alto honor de que mi nombre quede unido al recuerdo y la memoria del maestro de articulistas, en quien descubrí algo que algunas veces practicar suelo, como pasar en matute de prosa periodística un contrabando lírico de alejandrinos o endecasílabos».

Burgos glosó el difícil oficio de la escritura diaria, «en el que afortunadamente hay cabeceras como ABC, donde puedes seguir haciendo literatura de periódico, veta que ha nutrido buena parte de la literatura española del siglo XX»; pero también alertó y elevó una denuncia al asegurar que «el artículo es un género literario mucho más amenazado que los linces de Doñana, casi en trance de extinción, desprotegido, devorado por la depredadora columna política». Y añadió: «En el actual periodismo español hay más columnas que en la mezquita de Córdoba, pero muy pocos artículos literarios».

Una faena de muleta

Burgos comparó el artículo con «una faena de muleta, que se puede empezar por alto, con estatuarios, o por bajo, doblando por ayudados, en la que hay que dar unos derechazos para embarcar al toro, para luego, cuando ya se tiene en el canasto, poder echarse la muleta a la izquierda en tres o cuatro series, no más, y adornarse cuando convenga con un molinete, una trincherilla o, nunca mejor dicho, un pase de la firma». Aún así, el escritor advirtió que la faena del artículo «nunca será de dos orejas si no está rematado por una buena estocada, digo, por un final rotundo».