arte, manaba, impulso, sentimiento
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El arte que manaba del impulso y el sentimiento

ARNAU PUIG | BARCELONA
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Albert Ràfols Casamada nace en Barcelona el 2 de febrero de 1923. Su trayectoria en el ámbito de las artes, al que siempre perteneció y que siempre se sintió impulsado a desarrollar desde la faceta de creador plástico, de profesor para el impulso del diseño, y como poeta, ha sido ejemplar hasta su muerte. Este alfa y omega no le impidió viajar por el mundo y estar al corriente de lo que en otros lugares sucedía, lo que le permitía incorporar a sus obras y a su docencia otras maneras de traducir su sensibilidad pero nunca bajo su simple imitación formal. Siempre sintió el arte desde la serenidad y buscaba la realidad a través, al principio, del lenguaje figurativo, pero hacia los años sesenta se inclinó por la abstracción informal.

En 1946 crea, junto con otros compañeros, el llamado grupo «de los ocho» y, para acompañar el acontecimiento, en la exposición se representa el «Retablillo de don Cristóbal» de García Lorca, prueba, ello mismo, de inquietud y de espíritu de renovación formal en aquellas circunstancias de estancamiento creativo y de academicismo conformista. A este acto seguirá su intervención en el establecimiento del Salón de Octubre (1948), primera convocatoria libre para artistas sin protección de ningún tipo. En 1950 será becado por el Gobierno Francés para residir durante un tiempo en París. Se traslada allí junto con María Girona, que se convertirá en la mujer, ella también pintora, que le acompañará durante toda su vida. Desde el regreso su actividad como pintor profesional es constante y sus exposiciones individuales y colectivas seguirán al albur de las aceptaciones o rechazos de la circunstancia cultural, a pesar de que, hasta los sesenta, practicará un arte figurativo al margen de los formalismos académicos.

Pero, a partir de los años sesenta, Ràfols Casamada toma la opción expresiva del informalismo; ello le permite continuar siendo sincero en cuanto a sensibilidad, pero desde aquel momento inserta su obra en las topografías ejecutivas de la modernidad. El artista descubre su autenticidad; se da cuenta de que la auténtica expresión mana del impulso y que los colores son los del afecto y de la impresión, sin otro referente que los sentimientos de quien crea. Ese va a ser el rasgo de toda su obra hasta la actualidad: un arte directo, sereno, limpio, como querían los autores del novecentismo, pero ejecutado ese arte no según cánones clásicos ya arrugados sino según el frescor de unos tiempos que se orientan hacia el porvenir.

Una trayectoria de éxitos

La obra de Ràfols, al contrario de lo que sucedió a muchos innovadores contemporáneos, nunca asustó a la sociedad establecida, a la que, por añadidura, enriquecía con los efluvios de inéditas formas expresivas. Por ello su trayectoria fue abierta, de éxito, bastante llena de premios y galardones más o menos oficiales, y apreciada por todos aquellos que estaban atentos a lo que había surgido en la expresión artística desde los inicios del siglo XX. Desde los años 70 a los 90 siguió con atención las inquietudes del expresionismo abstracto con inclusión del collage fotográfico o matérico, y se preocupó por una cierta o posible semiótica de la plástica, lo que sucesivamente suavizó porque lo suyo era la inmediatez de la sensación y del sentimiento, sin más sobrecargas. No en balde, su figura personal siempre había sido comedida, elegante, afable y equidistante, sin extremismos. Colaboró en escenografías teatrales, hizo pinturas murales y fue reconocido por las instituciones, que le llenaron de distinciones, respetos y galardones. Su obra es conocida prácticamente en todo el mundo.