Armando camorra

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Apesar de algunos cuñados, no todas las familias están deseando armar camorra, que las hay bien majas, aunque tuvieran o tuviesen demasiado fáciles y sueltos la lágrima y el kleenex, como los Ingalls, con esa casa de la pradera en la que lloraban como magdalenas hasta las comadrejas. Más o menos por allí, rancho arriba, rancho abajo, en La Ponderosa, vivían los Cartwright: el padre Ben, y sus hijos, el listo Adam, el gordo Hoss (parece que la comida basura también hacía furor en el Salvaje y Lejanísimo Oeste) y el joven Joe, con Michael Landon que sufría menos y ligaba más que compartiendo mesa y mantel, y pastel de manzana, con Caroline Ingalls. Sin embargo, muchas familias de película suelen tener el gatillo fácil y la lengua afilada («Has venido a mi propia casa a insultarme...») como los Corleone. Otros, como los Prizzi, no habrían perdido parte de su honor familiar si a Anjelica Huston no le da por tirarle los tejos a Jack Nicholson, y los Munster no habrían tenido que vivir de chupar la sangre si hubieran sido una familia como Dios manda, unos nuevos ricos como los Picapiedra y los Mármol, pioneros de la vivienda unifamiliar. También hay clanes modélicos, gente a la que en vez de mentarle la bicha familiar al prójimo le da por cantar(le) las cuarenta a los nazis, entre sonrisas y lágrimas, eso sí, como los Trapp, y esa Julie Andrews triscando por las montañas austrohúngaras. Estos Trapp no tenían la cabeza tan descolocada como los Tenembaum, una familia más desquiciada que la defensa del Madrid schusteriano. Los Channing, con doña Angelines a la cabeza, eran malos de pura cepa, más malos que la quina, aunque lo suyo fuese el morapio californiano. Otras veces, los guionistas han tenido que echar mano de los dibujos animados para hacernos creíble a la familia más desestructurada de los últimos tiempos: los Simpson. Qué lejos quedan los naipes de las Familias del Mundo, del papá esquimal y la mamá esquimala. Qué lejos, y sin embargo parece que fue ayer cuando salimos a la calle a gritar todos a una: ¡Chenchooooooooo! ¿La familia? Bien, gracias. Siempre que no le dé por armar camorra, claro.