Estatua en honor de Eusebio Kino, uno de los protegidos de la duquesa de Aveiro
Estatua en honor de Eusebio Kino, uno de los protegidos de la duquesa de Aveiro - ABC

La aristócrata que dedicó sus riquezas a la cultura y la religión

La duquesa de Aveiro, que fue célebre por haber reunido una de las grandes bibliotecas del Barroco, fue una generosa promotora de las misiones jesuitas en Asia y el Nuevo Mundo

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En las memorias del filósofo francés Henri de Saint-Simon, uno de los padres de la sociología, encontramos una breve y apasionada descripción de una casa madrileña donde se reunía la alta sociedad del siglo XVII. Se refería al domicilio de los duques de Arcos en la calle Arenal, donde residió María Guadalupe de Lencastre, la duquesa de Aveiro, y que había convertido en un selecto club.

Perteneciente a una de las grandes familias portuguesas, los Lencastre, que eran descendientes del rey João II (1455-1495), amasó una fortuna que nunca quiso perder. Cuando contrajo matrimonio con Manuel Ponce de León, VI duque de Arcos, no dudó en firmar una separación de bienes para mantener bajo su propiedad, y la de su familia, las casas y estados portugueses.

Pero la duquesa no quería amasar fortuna, sino invertirla en distintos proyectos. A lo largo de su vida reunió una biblioteca envidiable, formada por un total de 4.374 libros, todo un tesoro en la época. Aunque se ha perdido, nos queda el catálogo de aquella biblioteca: un grueso cuaderno de 120 páginas con capas de pergaminos, donde las obras están ordenadas por materias, que se conserva en el Archivo de la Nobleza de Toledo.

Ahí aparecen todos los diccionarios con los que la duquesa aprendió todas las lenguas vivas de europa, además del hebreo y el latín. Están, también, los tratados de las más variadas ramas del saber, que saciaban la curiosidad de una mujer que tenía conocimientos de «Filosofía, Teología Moral y Escolástica, Historia, Cosmografía, Esfera y Mapa», como reflejaba uno de los elogios fúnebres que recibió en 1715.

María Guadalupe era, además, una gran conocedora de la pintura, que practicaba por afición y estudiaba por pasión. En su casa de la calle Arenal había obras de Brueghel el Joven, Correggio, Luca Giordano, Mola, Seghers, Snyders, Van Dyck y Paul de Vos, además de copias de maestros como El Greco, Murillo, Ribera y Velázquez. Casi nada.

Más allá de los tesoros culturales, dedicó su fortuna a financiar las grandes misiones de los jesuítas en Oriente (Filipinas, China y Japón) y en el Nuevo Mundo. Eso le reportó una fama internacional que se cifró, por poner dos ejemplos, en la admiración de la poeta Sor Juana Inés de la Cruz y en una extensa relación epistolar con el Padre Kino, afamado jesuita que se convirtió en uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos.

Después de una vida dedicada a la cultura y a la religión, fue enterrada en el Monasterio de Guadalupe, en Cáceres, un lugar que protegió y financió durante toda su vida, siguiendo la tradición de los anteriores duques de Aveiro. Sus restos todavía descansan allí, apoyados por un retrato suyo de 1682.