La apoteosis de José Mercé

MANUEL RÍOS RUIZ
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Nuevamente José Mercé ha triunfado rotundamente ante la afición que más cercanamente le ha visto forjarse como figura sobresaliente del cante. El jerezano, el descendiente del mítico Paco La Luz, es el poseedor de una herencia cantaora inconfundible, lo ha puesto de relieve de una manera admirable. Es un artista cuyo destino se vislumbraba desde sus inicios, con trece años, en los tablaos madrileños y en la compañía de Antonio Gades. Y ha cuajado en un intérprete con amplio y profundo conocimiento de su arte, por una parte; y por otro lado, es un cantaor inspirado que reúne una serie de cualidades básicas, entre ellas, su don para llegar al público a través de su gran voz y de su entrega permanente.

Aunque el motivo de su concierto partía de la presentación de su nuevo trabajo discográfico, «Ruido», Mercé comenzó cantando estilos y coplas tradicionales. Primero por tonás, recordando la clásica que dice: «Pobrecito el que come / el pan de mano ajena,/ siempre mirando a la cara / si lo ponen mala o buena». A reglón seguido bordó el cante por malagueñas, meciendo los tercios con una maestría ideal. Después, soleares, una tanda conmovida de verdad, con variados matices. Levantó los oles y se le tributaron ovaciones clamorosas. Y las siguiriyas, estremecedoras por estremecidas, quejadas con dolor y gozo.

Entonces, Mercé puso en órbita flamenca su nuevo repertorio, giros festeros acancionados, desde las alegrías a los tangos, pasando por las bulerías. Y su fin de fiesta personalismo, las bulerías de su tierra, asomándose al proscenio y bailándoselas con su peculiar salero. El auditorio, puesto de pie, le solicitaba continuación en escena. Y José Mercé, generoso con su cautivado público, repetía su fiesta entre aclamaciones. O sea, la apoteosis.