Sonia Brownell era su nombre de soltera

La apasionada viuda de George Orwell

Hillary Spurling ha recreado en «Sonia Orwell» (Circe) la biografía de la bellísima editora de la revista «Horizon» que desposó al gran escritor y que tuvo una vida apasionante

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TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO

Amaban la vida, pero no le encontraban sentido. Esta tensión, en apariencia contradictoria, que tan bien reflejan los textos de Michel Leiris, el escritor inglés que fue gran amigo de Sonia Orwell, era vivida por el grupo de intelectuales del que ella formó parte y que contaba con artistas, especialmente ingleses y franceses, que comenzaron a relacionarse tras la Segunda Guerra Mundial. Su historia ha sido recogida en «Sonia Orwell» (Circe), de Hilary Spurling. Aquellos hombres y mujeres se debatían en una angustiosa incertidumbre y alguno de ellos se suicidó, entre ellos, el citado Leiris. No obstante, no llevaban en absoluto una vida marcada por el pesimismo. Y aunque sufrieron por el tiempo que les tocó vivir y por circunstancias íntimas diversas, cambiaron el modo de entender la creación y eligieron una bohemia entre el disfrute y el desánimo. Les apasionaron el arte y el amor.

Editora de «Horizon»

Sonia Orwell, editora que trabajó en la célebre revista «Horizon» -referente cultural europeo- que fue para Inglaterra lo que «Les Temps Modernes», de Sartre, para Francia, era una muchacha rubia y hermosa con múltiples cualidades que la ayudaron para bien y para mal. Para empezar, no era guapa sino deslumbrante y de una generosidad que tan sólo hallaba igual en su vitalidad. Personas hubo que en vez de reconocer sus múltiples idas y venidas entre Londres, su lugar de residencia, y París, visitas eventuales, como una forma de relacionarse con personajes como Marguerite Duras, que la convirtió en la Diana de «Los caballitos de Tarquinia»; Simone de Beauvoir, W. H. Auden, T. S. Eliot, Boris Vian y un etcétera de magnates de la inteligencia. Ella llegó a decir: «Para mí, la inteligencia es una forma como otra cualquiera de obsesión».

La joven que así hablaba y que enamoraría a George Orwell, nació en 1918, se llamaba en realidad Sonia Brownell y nació en Ranchi, ciudad hindú de Bihar, cuando la estación de las lluvias llegaba a su fin. Ella recordaba las ansias con que tras los meses de sequía llegaba el monzón con sus cataratas de agua y todo parecía volver a la vida.

La familia residía en las colinas, donde el calor era más soportable que en la llanura bengalí. El padre era agente de mercancía de la gran zona comercial de la Calcuta británica. La niña vivió allí hasta los 6 años y sólo regresó en 1959, en viaje de luna de miel, con su segundo marido. La verdad es que no resulta extraño porque su vida dio allí un giro de 180 grados. Charles Brownell que, junto con su esposa, Beatrice Binning, había viajado a la India imperial para hacer fortuna protagoniza, cuando Sonia sólo tenía cuatro meses, un gran desastre: se suicidó a los 38 años. Pero la sociedad de entonces sabía guardar silencio sobre ciertos asuntos. Pasados pocos años y temiendo la ruina económica, Beatrice, junto con sus dos hijas, regresó al norte de Inglaterra a casa de unos familiares de su esposo. La solución a lo que para ella era una malsana falta de dinero fue casarse en segundas nupcias.

La nueva familia, a la que llegaría un nuevo hijo, Michael, regresó a Calcuta. A los seis años, junto con su hermana mayor, Bay, y Vivien Hartley, que llegaría a ser famosa como Vivien Leigh, fueron enviadas internas al Convento del Sagrado Corazón de Roehampton, Inglaterra. De este lugar quedarían rencores y otros sentimientos negativos en el corazón de Sonia. De aquel colegio hablaría muchísimo más que de la India. En 1927, su madre y su padrastro se trasladan a Liverpool. La madre pide el divorcio de un marido alcohólico.

Decepción con la familia

Todo lo acontecido hasta entonces provoca en Sonia que la familia y sus valores representaran cuánto la había perjudicado hasta entonces. Se siente tan desgraciada que llega a decir: «¡Ojalá mi madre hubiera usado algún método anticonceptivo para que yo no naciera!». Si la familia la había decepcionado, los internados religiosos le mostraron un doble rasero que despreció, y al que dio rienda suelta en «Horizon». Decidió, entonces, que el trabajo era un buen sustituto para la fe. Leyó con voracidad y pasó una temporada en Neuchatel, lo que provocó que el francés se transformara para ella en el idioma de la libertad. Pero Sonia cambió y se volvió escéptica e inflexible. Iba a ser una mujer a la que unos verían como el hada Morgana, mientras otros observaban cómo caminaba hacia la desesperación. Trabajó como mecanógrafa y trabó amistad con muchachas que no habían conocido las restricciones de su educación.

Pintadas de rojo carmín y con altos tacones, entre ellas estaba Caitlin Macnamara, novia de Dylan Thomas, chicas y chicos viajaron al este europeo, cuando los Balcanes estaban a punto de entrar en guerra. Por cierto que Eugène Vinaver le confió que mecanografiara el manuscrito Winchester de «La muerte de Arturo», de Thomas Malory. Ella tenía 19 años. Ni que decir tiene que Eugéne fue víctima de sus encantos como también lo serían los jóvenes pintores de Euston Road, que ansiaban pintarla y la nombraron la Venus de aquella zona. Estos jóvenes contaban con el apoyo de la pintora Vanessa Bell, hermana de Virginia Wolf, y Roger Fry, del supercélebre grupo Bloomsbury. En el terreno personal tuvo amoríos varios, pero era mujer que, -¿otra contradicción?-, amedrentaba y envalentonaba a los hombres.

Gran escritor enfermo de tisis

En enero de 1940 nace «Horizon» y eso sí que será el gran cambio en la vida de la que se llamaría Sonia Orwell, cuyos papeles se conservan en el George Orwell Archive del University College de Londres. Aunque lo quiso más de lo que ella en un principio creyó, no hay que olvidar que se casó con un gran escritor -«1984», entre otros títulos- que era, también, un enfermo de tuberculosis. Pero en muchas ocasiones surgía una Sonia especial, tan apasionada y protectora que no tenía igual. Por su parte, Orwell la veía como un ser tan mágico que creyó que su boda podía sanarlo. El autor de «Rebelión en la granja» deseaba que su esposa dejara el trabajo en «Horizon» -amenazada de cierre- y se trasladaran juntos a un hospital de los Alpes suizos. Lucien Freud, otro gran amigo, lo tenía preparado todo, pero cuatro días antes de viajar, Orwell tuvo una hemorragia pulmonar que lo condujo hasta la muerte el 21 de enero de 1950. Este hecho sumió a la esposa en un mar de lágrimas sinceras y en una catástrofe. Orwell quería un entierro religioso, pero la mujer vital que era Sonia, se sentía, por una vez, sin fuerzas. (Intentó suicidarse dos veces). Algunos amigos se ocuparon de todo y leyeron palabras del Eclesiastés.

En el testamento, redactado tres días antes de fallecer, el escritor nombraba a su esposa heredera y albacea literaria de su obra. Pero esto no era igual a algo tan dulce como la miel. Orwell hizo recaer sobre ella la responsabilidad de que nadie escribiera una biografía suya, un deseo que causó serios problemas. El autor de «Homenaje a Cataluña» lamentó el tiempo perdido en algo tan efímero como el periodismo y no murió satisfecho de su obra. Años antes de su muerte, en 1947, quiso regularizar sus asuntos económicos a través de una compañía: la George Orwell Productions Ltd. Quizá lo hizo pensando en su mujer, porque cuando contrajeron matrimonio ella le oyó comentar que no entendía nada de dinero ni de asuntos fiscales. Sólo el éxito de «Rebelión en la granja» le permitió conocer que había que pagar impuestos.