Gustavo Bueno en una entrevista a ABC en su casa de Niembro en agosto del año pasado
Gustavo Bueno en una entrevista a ABC en su casa de Niembro en agosto del año pasado - Jorge Peteiro

Se apaga la apasionada razón de Gustavo Bueno

El popular filósofo falleció ayer a los 91 años en Niembro (Asturias), dos días después de la muerte de su esposa, Carmen Sánchez Revilla. La capilla ardiente se abre hoy a las 13 horas en el Ayuntamiento de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja), su ciudad natal, donde será enterrado

MadridActualizado:

Ayer, a la edad de 91 años, falleció en Niembro (Asturias) el filósofo Gustavo Bueno, dos días después de que lo hiciera su esposa, Carmen Sánchez Revilla, con la que llevaba más de sesenta años casado.

Bueno nació en Santo Domingo de la Calzada, hijo de médico. Su padre lo llevaba a las autopsias, le enseñaba cerebros, órganos, pero el ejercicio práctico de la disciplina no interesaba al niño, que se sentía, sin embargo, profundamente interrogado por el abismo lógico en la frase de un profesor: la excepción confirma la regla.

Estudió en Zaragoza y Madrid. Reconoció en Eugenio Frutos Cortés a su maestro. En el grupo de Zaragoza, con compañeros como Lázaro Carreter, tuvo acceso a muchas disciplinas científicas –una constante curiosidad en su vida– y leyó a Husserl, Heidegger o Sartre. Luego estudió en Madrid, y se interesó de un modo absorbente por el Círculo de Viena.

Estudios en Salamanca

Estaba, por tanto, al corriente de lo que ocurría en Europa dentro de una universidad católica, organizada en pleno franquismo. En Salamanca aprovechó para estudiar escolástica durante once años. «Era como tocar polifonía para un instrumentista romántico». Idea de virtuosismo absoluto. Esa Salamanca era, por momentos, como vivir en el siglo XVI. Paseaba sus calles y se metía en una iglesia donde descubría, por ejemplo, el estilo retórico florido y arcaico del jesuita Martín Vigil.

Fue profesor de instituto durante unos años que recordó siempre con agrado. Los sábados reunía a los alumnos y les hacía escuchar a Beethoven durante horas. Su mayor preocupación era una instrucción básica: el lenguaje, las bondades neuronales de la música. Saturado de ambiente académico, Bueno se fue a Oviedo, ganada la cátedra de Filosofía. Lo hizo por Feijoo, ídolo e hito del pensamiento español, y encontró una sociedad distinta, con cinturón industrial y un contacto real, directo, con problemas no académicos.

Comienza la labor de seminario, de docencia, la creación de un grupo, incluso las clases en la mina. Bueno manifestó muchas veces una clara aversión hacia las formas universitarias ensimismadas y burocráticas.

Bueno era marxista, no sesentayochista. A sus clases acudía la policía, que anotaba las veces que citaba a Marx, pero tuvo problemas diversos. Fue una constante la incomprensión de los elementos fanatizados autóctonos. Bueno fue racionalista, contrario al escepticismo nihilista, a las simplicidades posmodernas y a las posturas mágicas e irracionales. Sufrió un atentado de la ultraderecha, que lanzó un explosivo a su vehículo, pero también una paliza de unos maoístas en plena universidad. También fue polémica su jubilación en 1998: dejó de dar clases para pasar a la condición de emérito con un trasfondo de recelos declarados. Bueno llegó a ver cómo se le solicitaba el destierro –el alejamiento efectivo de Asturias– cuando polemizó con los defensores de la normalización del bable. Últimamente, y para completar el espectro, fue acusado de islamófobo.

Tras los años de seminarios, llegaron los libros y su popularización: «El mito de la cultura», «El mito de la izquierda», «Telebasura y democracia», «España no es un mito», «Zapatero y el pensamiento Alicia», «El fundamentalismo democrático» o «España frente a Europa».

En todos estos libros insiste en una de sus misiones intelectuales: la destrucción de supersticiones. Desde la democracia como fundamentalismo, o la confusa idea de Europa como destino; la izquierda, atomizada en fuerzas meramente divagantes, o la Transición española, que veía como una prolongación, una transformación del Franquismo. Bueno defendió la unidad nacional, cierta pena de muerte, o la telebasura –precisamente por democrática–. En «El mito de la cultura» la emprende con el último gran mito, el equivalente actual de la Gracia, la Cultura como estado de elevación personal, pero también como justificación de los nacionalismos. Su postura al respecto era clara. En estos años, Bueno se convierte en un titán de la incorrección política.

Ateo cátolico

Se quiso caricaturizar en ocasiones: el Bueno marxista se convertía en derechista. En realidad, era más complejo. Era un materialista que trataba de explicar, por ejemplo, el hecho religioso. En «El animal divino» señala al animal como numen, origen religioso. España había cambiado, y el ateísmo de Bueno era rico, comprensivo y miraba con simpatía el catolicismo. Era un ateísmo superior al que conocemos, al publicitado y ambiental, de tipo meramente negativo. El suyo era un ateísmo radical, profundo, pero amigado con el catolicismo. Ateo católico, dijo una vez. Reconocía a la Iglesia como el vehículo de la modernidad al incorporar el derecho romano y la filosofía griega, y también su dimensión racional. Contra el lugar común defendía la importancia científica del catolicismo.

Otros libros anteriores son los importantes «Ensayos materialistas», «La metafísica presocrática» o «Etnología y utopía», incluso un manual de texto, «Symploké». El materialismo filosófico, complejo, de Bueno lo intentaba hacer inteligible precisamente con la teoría platónica de la symploké: si nada estuviera relacionado con nada no podríamos conocer, pero tampoco si todo estuviera relacionado con todo. La realidad es unitaria, plural, pero compuesta de discontinuidades.

Esto lo lleva a las ciencias, con el concepto matemático del cierre: las ciencias como esferas, ámbitos o disciplinas autónomas. Su «Teoría del cierre categorial» ha sido la obra de décadas y lo sitúa en la misteriosa e incomprensible categoría de «filósofo con sistema».

Bueno está en muchos sitios. Está en sus libros más divulgados, en sus fugaces apariciones en los medios, pero también en sus discípulos –en sectores ideológicos amplios del país–, en sus seminarios, en innumerables artículos, en su Grupo de Oviedo, y después en su Fundación. Bueno es el primer filósofo activo en la Red, incluso el primer gran filósofo youtuber. La edición de sus obras completas –una obligación desde ahora mismo– debería recogerlo en toda su amplitud.

El efecto docente de Bueno, su energía inspiradora era absoluta, inolvidable, catalítica. Su memoria saltaba de un concepto a otro mientras sus manos gesticulaban de un modo inequívoco, con un inconfundible temblor que era como una palpitación. Bueno no fue nunca madrileñizado, pervertido por cierta oficialidad, y perdió el tiempo justo en sí mismo. Tenía un humor activo, y una humildad paisana, entera, conmovedora.

En la última entrevista concedida a ABC, justo hace un año, su preocupación era el estado general de estupidez española. «El cerebro hecho polvo». El deterioro de los conceptos. La imposibilidad real de poder hablar. Al escucharle se tenía una idea muy clara de la ignorancia propia, latifundista. Sin él, ya nadie sabrá medirla. Medir el alcance de nuestra estupidez. Eso es, al fin y al cabo, lo que hace un sabio.