Un grupo de hippies durante una concentración
Un grupo de hippies durante una concentración - ABC
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Análisis de la revolución sexual de mayo del 68: Sexo es drama… del bueno

Fabrice Hadjadj y Jean Sèvilla analizan la revolución sexual en un congreso internacional sobre mayo del 68 celebrado en la Universidad Francisco de Vitoria

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«Nos guste o no, todos somos hijos del 68. Y como todos los hijos, tenemos el derecho, incluso el deber, de cuestionar el legado recibido, de elegir lo que queremos hacer con él, de decidir con qué nos quedamos y qué rechazamos». Con esta cita del filósofo francés André Glucksmann explicaba María Lacalle el objetivo del congreso internacional 50 años de Mayo del 68. Una época de cambios, un cambio de época, que la Universidad Francisco de Vitoria celebró del 8 al 10 de noviembre en Madrid.

«Es cierto que las barricadas duraron unas semanas, que lo imposible no se hizo realidad y que la imaginación no llegó al poder, pero también es cierto que el mundo ya no fue igual después de aquello», añadió la máxima responsable de la organización de un evento que reunió a diversos expertos internacionales, que se focalizaron en la llamada «revolución sexual» y en sus aspectos más controvertidos.

«Tenemos que hablar de muchas cosas sobre las que hoy parece que se ha impuesto un silencio en cierta manera totalitaria», prosiguió Lacalle. «La sociedad actual seguramente es mejor que la de los años 60», admitió, «pero junto a muchas luces hay algunas sombras en el legado recibido».

Más allá del mayo francés

En realidad, resaltó en la inauguración el periodista e intelectual francés Jean Sèvilla, Mayo del 68 supuso la eclosión de profundos cambios que venían produciéndose desde hacía ya tiempo, con distintas especificidades en cada país de Europa occidental y América del Norte. De una sociedad rural se pasó a otra urbana, pacífica y próspera, con supermercados llenos de productos hasta hace poco inimaginables. Irrumpieron en los hogares el teléfono y la televisión, y la incorporación al trabajo de las mujeres, unido a la llegada de los anticonceptivos, provocó grandes cambios en la vida de las parejas. Por aquellos años –destacó Sèvilla–, salvo personas «en situación marginal» o «intelectuales bohemios», era muy raro el nacimiento de niños fuera del matrimonio, mientras que ahora esa es la situación más generalizada en Francia.

Clave, a su juicio, fue el cuestionamiento de la autoridad en todos los ámbitos, desde la el sacerdote a la del líder político, pasando por el jefe de la propia empresa. «El individuo se convierte en la norma suprema», subrayó. La reivindicación de los derechos individuales se antepone a la búsqueda del interés colectivo. «El hombre se convierte en un ser autónomo capaz de definir por sí mismo cuáles son las normas que quiere o no aceptar». Es la génesis del relativismo.

Uno de los resultados de esas transformaciones ha sido una deconstrucción de la sociedad, una «crisis cultural» que, para llenar el vacío generado, ha propiciado el auge de una nueva derecha populista, autoritaria e hipernacionalista. Ante la pérdida de las raíces culturales y espirituales en Europa, necesarias para afrontar los retos y problemas de cada tiempo, existe el peligro de que «la gente va a buscar respuestas [en esa nueva derecha] si no las ofrecen los católicos», dijo, pidiendo un mayor esfuerzo por involucrar a la juventud católica en la política, al modo de anteriores generaciones de políticos cristianos que «se alimentaban de la oración» y concebían el servicio público como «una noble actividad», al tiempo que, conscientes del «pecado original», rechazaban una concepción mesiánica del poder.

Sèvilla tiene la esperanza de que se produzca una reacción de este tipo. «Lo hemos visto en la contestación en Francia al matrimonio homosexual: se despertaron fuerzas que estaban dormidas», dijo. «Tenemos importantes recursos para la reconstrucción en las familias, en las Iglesias… Las fuerzas están ahí».

De la liberación sexual al #MeToo

Otro intelectual francés, el filósofo Fabrice Hadjadj, clausuró el congreso con una conferencia sobre La restauración de la carne. El autor de La fe de los demonios o Últimas noticias del hombre se presentó como «hijo de padres del 68». «Es mi cultura de origen, pero al mismo tiempo escapé de ella», dijo en alusión a su fulgurante conversión. Coincidió sin embargo con Sèvilla en que Mayo del 68 fue más un síntoma que una causa. «La cultura de la muerte existía antes, también en las buenas familias católicas y burguesas». Igual que las ideologías de género. «Si pensáis que unas pocas lesbianas americanas han logrado cambiar la faz del mundo deberíais venerarlas», bromeó. Esa idea de «una sociedad con un solo genero ya existía en la antropología liberal».

Una de las mayores paradojas de mayo del 68 para Hadjadj es que la liberación sexual ha derivado en el hashtag #MeToo, en la denuncia de la violación. «Todas las revoluciones empiezan con el regocijo y terminan con el terror. En todas las revoluciones se empieza con un sentimiento de fusión y derivan hacia el litigio permanente».

Como ejemplo de ese nuevo puritanismo aludió a la redefinición propuesta por el Gobierno de Pedro Sánchez de la violación como cualquier relación sexual sin consentimiento explícito. O a la app LegalFling, que permite concertar citas en las que previamente cada persona accede a según qué prácticas. «Ningún gesto queda imprevisto». «Hemos pasado de la liberación sexual a tener relaciones en presencia del abogado», a «una hipervigilancia con una desconfianza generalizada».

Carne contra cuerpo

Individualismo fue una palabra no pronunciada por el filósofo pero que sobrevoló la mayor parte de su intervención. En 1967 se legalizaba en Francia la píldora anticonceptiva, que permitió «controlar de manera química la sexualidad». Para Hadjadj, aun admitiendo cierta lógica en la reacción frente a Mayo del 68 significó «un esfuerzo por liberarse de la sexualidad, por deshacerse de la naturaleza y hacer de ella un objeto de consumo. Por entrar en una artificialidad total», cuya meta es el «seg-sex, el sexo seguro», algo así como «la cuadratura del círculo, puesto que el sexo es drama. Porque «hay momentos en que perdemos el control». Y ese sexo «nos lleva a entrar en una historia que nos supera». A tener problemas. «A vivir con una mujer, con hijos…», en una familia que nunca será idílica. «Y lo más loco es que la Biblia no deja de hablar de la familia como espacio donde nos podemos gritar unos a otros como nunca vamos a gritar a nadie; nos muestra que hay una violencia intrafamiliar que no existe en la calle». Pero también «se nos revela que la familia es el lugar del perdón». De modo que «se trata, sí, de un drama, pero es un buen drama, el drama de la vida, no un falso drama artificial».

Pretender abolir ese drama es un planteamiento propio de «una lógica de la tecnología: se piensa en que hay un problema y se aplican las soluciones». Algo coherente desde una óptica liberal que concibe el cuerpo como una especie de posesión con la que el individuo puede hacer con él lo que quiera.

Frente al cuerpo entendido en clave individualista, Fabrice Hadjadj reivindicó la carne como «el lugar de encuentro conmigo mismo y con la otra persona». El lugar del placer pero también donde experimentamos «la debilidad, el envejecimiento y la muerte». «En la carne vemos la miseria y el pecado, y por ello podríamos querer ya no ser carne sino cuerpo, incluso un cuerpo cíborg», para liberarnos de nuestras vulnerabilidades. «Podría querer sustraerme de todo ello. ¿Qué me impide hacerlo?», se preguntó. «Es algo que yo calificaría como la confianza en la carne», posible «a partir del misterio de la encarnación y de la resurrección de la carne». Porque si antes se decía que Dios se hizo hombre para que el hombre pueda ser Dios –concluyó–, cada vez vamos a ver más que fue así para que el hombre pueda seguir siendo humano». Para mostrar que «la carne es el lugar de la miseria, del sufrimiento, de la herida…, sí, pero también el lugar de la misericordia, de la donación y del perdón».