La Alhambra, según Rodríguez-Acosta

Jorge Luis Borges visitó la Alhambra siendo adolescente y regresó, ya viejo y ciego, en 1976, para enseñársela a María Kodama. Le dedicó entonces un poema, que termina así: «Grato sentir o presentir

NATIVIDAD PULIDO. MADRID
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Jorge Luis Borges visitó la Alhambra siendo adolescente y regresó, ya viejo y ciego, en 1976, para enseñársela a María Kodama. Le dedicó entonces un poema, que termina así: «Grato sentir o presentir, rey doliente, / que tus dulzuras son adioses, / que te será negada la llave, / que la cruz del infiel borrará la luna, / que la tarde que miras es la última». Lo cuenta Antonio Muñoz Molina en un hermoso texto que acompaña a un exquisito cuaderno de dibujos sobre la Alhambra, realizado por Miguel Rodríguez-Acosta Carsltröm, y editado conjuntamente por el Patronato de la Alhambra y la Fundación Rodríguez-Acosta. Tan ilusionado estaba Borges por volver y mostrarle esas maravillas a su mujer, cuenta Muñoz Molina, «que hasta se le olvidó que estaba ciego».

Académico de Bellas Artes y granadino por los cuatro costados, Rodríguez-Acosta (1927) ve todos los días la silueta de la Alhambra desde su casa en lo alto del Albaicín, otra de las joyas de la ciudad, con el valle del Darro de por medio. Siendo niño, recuerda haber visitado el universal monumento nazarí con su madre. «Entonces era frecuente que las familias de Granada se acercasen a la Alhambra para pasear. Hoy es impensable, pues está plagada de turistas. Antes eran viajeros, hoy son turistas -dice Rodríguez-Acosta-. Entonces se podía acceder a la Fuente de los Leones. Los niños se subían a sus lomos». También Muñoz Molina se lamenta del «alhambrismo de saldo y la quincalla turística».

«...seguía mirando Granada»

Los pintores y sus cuadernos. Picasso y París, Barceló y Malí... El germen de este cuaderno de dibujos de Rodríguez-Acosta fue otro sobre Venecia, editado por Biblioteca Nueva, con textos de Andrés Amorós, Antonio Sánchez Trigueros y Joaquín Vaquero Turcios. Según Muñoz Molina, Rodríguez-Acosta, «al mirar Venecia, seguía mirando Granada». Entre los incontables recuerdos que guarda de sus visitas a la Alhambra, evoca algunos muy especiales. Como cuando Manuel Ángeles Ortiz organizó un improvisado concierto privado del guitarrista Manuel Cano en los baños de la Alhambra. Era el mes de agosto. Sólo asistieron cuatro amigos. «Fue mágico, una experiencia vital». También recuerda en junio pasado, una noche, a la salida de un concierto que dirigió Barenboim en el Palacio de Carlos V, cómo al alejarse lucía como nunca la fachada de edificio. A las diez de la mañana del día siguiente estaba inmortalizando aquel recuerdo.

Y es que decir que la Alhambra embruja a quien la visita es algo más que un tópico. Lo hizo con Gautier, Brenan, Juan Ramón o Washington Irving, quien, recuerda Muñoz Molina, buscó fantasmas por sus patios, salones y corredores. Este «edificio de palabras y de imágenes» también atrapó a Salman Rushdie, a quien Muñoz Molina acompañó en una visita. Éste advierte en el cuaderno de Rodríguez-Acosta que una clave de la Alhambra puede estar «en los jeroglíficos de Klee o en las nieblas caligráficas de Cy Twombly». Además, cree que Rodríguez-Acosta «se ha impuesto la disciplina de mirar la Alhambra como si acabara de llegar a Granada».

Pero no acaba de llegar a Granada. Lleva muchos años en ella, dibujando la Alhambra. Más bien dibujando las impresiones y sensaciones de sus inolvidables visitas.