Alberto Cortez: «Fraga me empujó a cambiar el «sucu-sucu» por los grandes poetas»

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-«Alberto Cortez, la vida». Un diez a su biógrafa por la altura literaria del libro. ¿Era el momento del balance?

-¡El balance lo hizo Laura! Lo que es fantástico es que ella se encargó de llamar a personas que me conocían en el mundo entero, desde altos cargos políticos a artistas, y de recoger también conversaciones conmigo y con mi esposa Renata... A ese trabajo, que le ha llevado cuatro años, le ha dado cohesión, está casi novelado. Lo fácil hubiera sido escribir un libro mediático, pero ha hecho otra cosa de más calado... [En ese momento, Cortez repara en el mp4 usado para grabar la entrevista e inquiere sobre sus características].

-¿Le van las nuevas tecnologías?

-Desde luego. Soy «maquero» (adepto a MacIntosh), y tengo iPhone. Y me acabo de comprar este bolígrafo que graba voz e imágenes [saca el gadget del bolsillo interior de la chaqueta]. Aún ni tuve tiempo de ver cómo funciona.

-Usted no siempre fue un cantautor profundo.

-Efectivamente. Yo era un artista frívolo que cantaba cositas de maracas...

-¡El «sucu-sucu»!

-... Sí. Y un día Manuel Fraga, que era ministro de Información y Turismo, hizo unas declaraciones en las que dijo que era una vergüenza que los cantantes y compositores en España escribieran unas cosas tan banales. ¡Eso me tocó muy hondo! Yo había vivido en París para aprender el francés porque quería entender a Jacques Brel y lo de Fraga fue como un pincho en el culo.

-Así que cambió de órbita.

-Decidí pasar al otro lado y poner música a poetas del Siglo de Oro, a Góngora, a Lope... hasta converger en Antonio Machado, que es el último de los clásicos y el primero de los modernos.

-Y musicó «Retrato», «Las moscas», «Guitarra del mesón»... ¡Perdone mi ignorancia, atribuía esas melodías a Serrat!

-[Interviente Laura Etcheverry, la biógrafa, que le acompaña] Precisamente una de las finalidades del libro es dar a conocer eso al gran público.

-Lleva más de cuarenta años aquí y conserva intacta la impronta pampeana.

-Hay cosas que no se pierden si uno no quiere, porque hay gente que sí. Recuerdo a esa señora que se casó con Perón y que fue un tiempo presidenta de Argentina. Para alardear de que vivía en España decía a los periodistas, con derroche de zetas: «¡No me atozigueiz!».

-Es profeta en su tierra, y muy especialmente en su pueblo, Rancul.

-Allí voy yo a recargar las baterías con los olores, el viento, el recuerdo de mi infancia... Todo ese tipo de cosas. Decía el bandoneonista Aníbal Troilo que «yo nunca me fui de mi barrio, siempre estoy volviendo a él». Yo digo que mi pueblo es mi patria y la Argentina es el arrabal de mi pueblo.

-¿Y España, después de tanto tiempo?

-¡Nos soportamos mutuamente!

-Lo del Real Madrid se lo trajo ya puesto.

-Cuando yo estudiaba abogacía en Buenos Aires vino mi padre a verme y coincidió con un partido del River con el Real Madrid de Di Stefano. ¡Fuimos al campo y no podía creer cómo jugaban! Así que me dije «si algún día voy a España, éste tendrá que ser mi equipo».

-Su amigo Serrat le restregará la actual pujanza del Barça.

-Lo último que le he dicho es que los catalanes no saben jugar al fútbol y tienen que recurrir a argentinos como Messi.

-Nadie le ha podido capitalizar políticamente.

-Y eso que me buscaron. He tratado de ser una persona equilibrada, y el equilibrio en política es difícil. ¡Por ejemplo, este señor que vende zapatos se mete en cada charco!

-En Argentina también tienen lo suyo. ¿Cómo vio la visita de la Kirchner a España?

-Ni me enteré de que vino. Debió venir a lucir algún vestidito. Jamás he simpatizado con el peronismo, culpable de que Argentina no haya despegado.