El adiós de un tenor

Por José Luis GARCÍA DEL BUSTO
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El pasado domingo asistí a la penúltima representación en el Real de «Don Carlo», que era la última del primer reparto. El tenor argentino Luis Lima, protagonista por el mundo de mil y un doncarlos anteriores —entre ellos aquella célebre producción del Covent Garden en los años ochenta, con dirección musical de Haitink y escénica de Visconti—, luchó bravamente desde el principio con problemas vocales tan claros que el público, educadamente, obvió cualquier signo externo de desaprobación.

Cierta tensión se creó al final de la representación cuando, en ese implacable y casi obsceno reparto de premios y castigos que el justiciero público de la ópera oficia en la comparecencia final —y uno a uno, para que no haya dudas— de los artistas, salió a saludar el último, precisamente Luis Lima. Su propia actitud, antítesis del divismo, y el unánime y afectuoso aplauso que todos los solistas en el escenario le tributaron fueron evidencias de que no estaba la noche para juicios, sino para el abrazo cordial.

Enseguida supe que los oyentes de Radio Clásica que siguieron la transmisión directa de aquella función habían sabido más que yo, antes que yo, y sin tener que intuir nada. En efecto, en declaraciones hechas a mi colega y amigo José Iges en el intermedio de la representación, Luis Lima, con la mayor naturalidad y elegancia, había dicho cosas muy gruesas: «éste es mi último Don Carlo»...«estoy de acuerdo con la crítica y con el público: ya no puedo cantar este rol» (...) «salgo llorando al escenario»...«es un momento muy emocional y muy difícil para mí» (...) «se está achicando mi perspectiva lírica» (...) «mi intención es dejar el canto»...

Habló finalmente con verdadero cariño hacia Madrid —donde vivió y estudió años atrás— y, tras recordar que el anterior Teatro Real (cuando fue sala de conciertos) había sido el primer escenario europeo donde cantó, Lima dijo estar agradecido al público madrileño que en su día le había dado ánimo y seguridad y ahora le susurraba la conveniencia de evitar a Don Carlo y, acaso, de plantearse si seguir afrontando la tremenda tensión de la carrera operística.

La grandiosidad escénica del «Don Carlo» que acaba de servirnos el Teatro Real palidece, en mi recuerdo, ante la grandeza de la sinceridad de aquellas humanísimas confidencias hechas ante miles de oyentes por un señor artista: Luis Lima, tenor.