Adiós a Harold Pinter, el autor airado
REUTERS Harold Pinter, magullado por una caída el día en que ganó el Nobel de Literatura, en 2005

Adiós a Harold Pinter, el autor airado

El teatro perdió ayer a una de sus voces más significativas y combativas de neustros días. Harold Pinter, Nobel de Literatura en 2005, murió el día de Nochebuena en Londres, a los 78 años, víctima de un cáncer contra el que peleaba desde hacía tiempo

JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN | MADRID
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«No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa». Harold Pinter, que ha perdido en Londres y en el día de Nochebuena la batalla que mantenía desde antiguo contra un cáncer, escribió esto en 1958 y lo recordó en 2005, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, para aludir a la tarea del escritor como explorador de la realidad a través del arte. Porque, como explicó, «la verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda (...) Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia».

Como en su obra, hay que leer bajo este texto el hondo latido insatisfecho de quien intuye que lo que se dice, lo que se expresa, lo que se llega a atisbar es sólo una parte de un iceberg arrastrado por el inmenso turbión de las palabras. En su teatro, la realidad cotidiana se percibe como un tenso caos en aparente equilibrio y las situaciones anodinas esconden un erizado trasfondo de pulsiones insatisfechas, de ominosas relaciones de poder no siempre expresadas con claridad, de viejos rencores y heridas larvadas, de silencios cargados de inquietantes significados que el lenguaje elusivo apenas deja traslucir. Las enseñanazas del gran Chéjov palpitan en la forma de tender las redes de subtextos que son el destilado ácido de unas palabras que, paradójicamente, se derraman como elementos de incomunicación. Un teatro perturbador, desasosegante, virulento a veces, al que se ha vinculado con algunos ecos del teatro del absurdo porque participa de esa forma de expresar el estupor ante los abismos que apenas percibimos, las fuerzas sociales que ahogan las aspiraciones individuales y las contradicciones de la naturaleza humana que lo hermanan con Ionesco y Beckett, del que fue buen amigo, y también con la mirada burlona e incandescente de Kafka.

Harold Pinter, que era hijo de un sastre de origen judío, había nacido el 10 de octubre de 1930 en Hackney, un barrio obrero del East End londinense. Desde muy joven tuvo clara su vocación de estar a la contra, pues a los 13 años rechazó la religión y a los 18 se negó a cumplir el servicio militar como objetor de conciencia. Ya había visitado por entonces durante un breve periodo la Royal Academic of Dramatic Art y había comenzado a escribir sus primeros poemas además de actuar con varias compañías modestas bajo el seudónimo de David Baron. «The Room» (La habitación, 1957), representada por una compañía estudiantil de la Universidad de Bristol, fue su primera obra teatral de las veintinueve que escribió, número que a él, según confesó hace años en una entrevista, le parecían más que suficientes; a su actividad teatral hay que añadir sus trabajos para televisión, radio, cine y alguna incursión novelística y poética.

La crítica se ensañó con «La fiesta de cumpleaños» (1958), pero un año después se rindió ante «El portero», que abrió su fecunda etapa de los años 60, en la que se cimentó su prestigio como gran figura del teatro británico con piezas como «Una noche de juerga» (1959), «Escuela nocturna» (1960), «El amante» (1963), «Retorno al hogar» (1964), «Paisaje» (1967) y «Silencio» (1968). Después vendrían «Viejos tiempos» (1971), «Tierra de nadie» (1975), «Betrayal» (1979), «Luz de luna» (1994), «Cenizas sobre cenizas» (1996) y «Celebración» (1999), entre otras.

Entregado a la dirección teatral en los años 70, Pinter se convirtió en 1973 en director asociadode The National Theatre. En esa época fue también cuando empezó a manifestar más dedicidamente sus posiciones políticas de izquierda, especialmente en lo referido a las violaciones de los derechos humanos, una actitud que le llevó a condenar el golpe de estado de Pinochet en 1973, a protestar en 1985 en Turquía contra la represión a los kurdos, a criticar en 1989 los bombardeos a Kosovo que autorizó la OTAN, y a oponerse a las invasiones de Afganistán e Irak. Definió a Estados Unidos como un país regido por «una pandilla de delincuentes» y su discurso de agradecimiento del Nobel contenía un duro alegato contra la administración Bush. El cáncer implacable que acabó con él le impidió viajar a Estocolmo a recoger el Nobel, pero no fue suficiente para impedir que este viejo hombre de teatro se subiera en 2006 al escenario de un abarrotado Royal Court Theatre para interpretar, en silla de ruedas, «La última cinta», de Beckett.

«Eso me pregunto yo»

Al convertirlo en el tercer dramaturgo galardonado en los últimos 36 años, la Academia Sueca argumentó que le concedió el galardón porque «en sus obras se descubre el precipicio bajo la irrelevancia cotidiana y las fuerzas que entran en confrontación en las habitaciones cerradas». Cuando a Pinter se le preguntó que por qué creía haber obtenido el Nobel, dijo simplemente: «Eso me pregunto yo». Entre otras distinciones, el dramatugo inglés fue galardonado con los premios Shakespeare, Europeo de Literatura, Pirandello, el de Literatura británica David Cohen, el Laurence Olivier, y el Molière de honor a toda su carrera.

Harold Pinter se aproximó al cine con frecuencia, sobre todo como guionista —«El sirviente» (1963), «Accidente» (1967) y «El mensajero» (1971), de Joseph Losey; «El último magnate» (1976), de Elia Kazan; «La mujer del teniente francés» (1981), de Karel Reisz, y «La huella» (2007), de Kenneth Branagh— , pero también como actor en varias películas.

Aunque sus obras no son demasiado habituales en nuestros escenarios, en Madrid, este mismo año la Sala Guindalera ha presentado un estupendo montaje de «Traición» dirigido por Juan Pastor; el Español ofreció el año pasado dos de sus desasosegantes piezas cortas, «Un ligero malestar» y «La última copa», con dirección de Alfono Ungría; y en el teatro de la Abadía se pudo ver en 2006 «El portero», dirigida por Carles Alfaro. Todas muestras de la escritura turbadora de Pinter.

La capilla ardiente del escritor ha sido abierta al público, aunque, según el representante del escritor, el funeral se celebrará en privado. Antonia Fraser, que fue su esposa durante los últimos treinta y tres años, ha declarado que Pinter «era genial» y que vivir con él fue un «privilegio». El teatro pierde con él a unos de los autores imprescindibles del siglo XX.