Foto de grupo en el templo de Pestum. Marías aparece a la derecha con salacot
LIBROS

El viaje de estudios de Julián Marías

Con 18 años, Julián Marías y sus compañeros de promoción universitaria embarcan en un crucero por el Mediterráneo del que nacen unos diarios y cartas que, más de tres cuartos de siglo después, ven la luz de nuevo

ANNA CABALLÉ
BARCELONA Actualizado:

El 15 de junio de 1933, un nutrido grupo de universitarios se hallaba en el muelle del puerto de Barcelona, dispuesto a emprender un crucero por el Mediterráneo, organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, y más concretamente por su decano, el animoso Manuel García Morente. Túnez, Malta, Egipto, Israel, Creta, Turquía, Grecia, Italia. Con esta singular actividad, con la que se aspiraba a poner en contacto a unos estudiantes con paisajes exóticos y monumentos sublimes que encarnaban una forma de plenitud cultural, se quería festejar el traslado de la Facultad al nuevo edificio, moderno y racionalista, en la Ciudad Universitaria. Atrás quedaba el «mal cuidado y sucio» caserón de la calle de San Bernardo; por el contrario, las nuevas instalaciones, llenas de luz, significaban algo más que un mero cambio de edificio: eran el referente de la reforma educativa promovida por la Segunda República. En la conferencia inaugural, Morente se dirigió a los estudiantes recordándoles que la pobreza es el destino que los humanistas deben aceptar con serenidad porque forma parte de una vocación antimaterialista.

Para Marías, Jerusalén es «una ciudad pobre, triste y vieja que llora dos muertes»

A la conferencia asistió un joven despierto y capaz de 18 años, Julián Marías, quien había decidido ya centrar sus estudios en la Filosofía, aún habiéndose matriculado un tiempo atrás también en la Facultad de Ciencias, dudando de dónde podía estar su porvenir. Le había bastado acudir, en octubre de 1932, a las clases de un joven filósofo recién llegado de Alemania, Xavier Zubiri, vistiendo todavía una sotana pulcrísima, para quedar deslumbrado. Casi nadie podía seguir a Zubiri en sus rápidas y dicen que luminosas explicaciones. En sus magníficas memorias (Una vida presente), Julián Marías comenta con sentido del humor: «No había más que dos posibilidades: ahogarse o salir nadando». Y muy pronto se ganaría la confianza de Zubiri, pasando de facto a ser su ayudante. Al poco tiempo, Marías, aconsejado por Zubiri, asistió a un curso de Ortega y Gasset sobre Galileo, donde aquel exponía su concepción de la Historia. La vocación de Marías se afianzó totalmente.

Intenso y feliz ajetreo

Y lo cierto es que fueron precisamente aquellos meses del curso En torno a Galileo cuando se dio luz verde a la idea del crucero. Meses de intenso y feliz ajetreo porque las gestiones encontraban una extraordinaria acogida institucional y las dificultades se disolvían como azucarillos en el café. Y es que al Gobierno republicano no le dolían prendas a la hora de dotar el traslado de la Facultad a la Ciudad Universitaria de la mayor relevancia posible, financiando buena parte del viaje mediante un generoso programa de becas. Quien pudo se pagó el viaje e incluso algunos profesores hicieron aportaciones económicas a fondo perdido para afrontar su elevado coste. El número total de pasajeros reunidos en el buque Ciudad de Cádiz era de 192, procedentes en su mayoría de la facultad organizadora, pero también de otros centros, como la Facultad de Filosofía y Letras y la Escuela de Arquitectura de Barcelona: Jaume Vicens Vives, Salvador Espriu, Guillermo Díaz-Plaja, Gregorio Marañón Moya, Gonzalo Menéndez Pidal, Isabel García Lorca y un largo etcétera de apellidos que han pasado a la Historia cultural. Lo más sorprendente fue la petición dirigida a los cruceristas de que elaboraran un diario del viaje. Y digo sorprendente porque sólo en el contexto formativo de la Institución Libre de Enseñanza puede explicarse tan estimulante iniciativa. De modo que se convocó un concurso en la facultad a fin de premiar los mejores diarios, con una dotación económica y su publicación. El de Julián Marías quedó segundo y fue parcialmente publicado al año siguiente, junto al del ganador, Carlos A. del Real (un texto tan brillante como poco complaciente), y el de Manuel Granell, en un volumen: Juventud en el Mundo Antiguo (Crucero Universitario por el Mediterráneo).

Lectura imprescindible

El libro que nos ocupa, Notas de un viaje a Oriente, recoge íntegro el diario, junto a las cartas familiares escritas o recibidas por él durante el viaje y un sólido aparato de notas cuya lectura es imprescindible. En conjunto, complementa un volumen anterior, igualmente excelente, publicado en 1996 (El sueño de una generación, escrito por F. Gracia y J. M. Fullola, que ya recogía los diarios de J. Vicens Vives, G. Marañón Moya y E. Gijón). Los editores del diario de Marías (Daniel Marías y Fco. Javier Jiménez) aportan una cuidadosa documentación focalizándola, como es lógico, en el que fuera el más destacado discípulo de Ortega. Nunca un viaje estuvo tan bien documentado y desde tantas perspectivas.

Se premiaron los mejores diarios. El del futuro filósofo quedó en segundo lugar

El interés del texto es indiscutible como egodocumento vinculado a una experiencia académica insólita y como pieza clave de un aprendizaje intelectual. No hay más que admirarse de cómo un joven de 18 años (cumple 19 durante el viaje) observa los escenarios con tanta penetración intelectual. Un ejemplo puede ser la llegada a Jerusalén, donde se recoge la decepción que todos experimentaron: «Una ciudad pobre, triste y vieja que llora dos muertes. Lo judío ante la falta de su patria y de su templo, hundido; lo cristiano, vuelto a Dios, perdido en las alturas».

No estamos, sin embargo, ante un diario al uso, pues el suyo apenas contiene referencias personales, y tampoco hay fechas. Y en este sentido es muy diferente al de sus compañeros de aventura (pienso en el de Carlos del Real o el de Vicens Vives); su estilo es menos desenvuelto, más serio. Es un texto escrito con voluntad de estilo y, aunque no está exento de cierta rigidez, se halla más próximo al ejercicio filosófico, a la búsqueda de una verdad mística que a la expresión franca de unas vivencias. En todo caso, da fe de un mundo, de una criatura de la razón. Embarcaron en junio de 1933 un grupo de humanistas, arquitectos, científicos, profesores, en pos de un ideal. ¿Quién podía pensar entonces que tres años después la sinrazón y la violencia apagarían de un plumazo aquel foco de luz?