Reconstruida una réplica del San Juan Bautista
Reconstruida una réplica del San Juan Bautista - abc

San Juan Bautista: el galeón que unió Japón y España

Reconstruida, tras el tsunami de 2011, una réplica del barco que llevó la primera misión diplomática nipona a España

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En octubre de 1613, del noreste de Japón zarpó un barco rumbo a México y España que acabaría convirtiéndose en la primera misión oficial nipona en América y Europa. Aunque ya había contactos previos entre España y Japón, que se remontan a la labor evangelizadora de san Francisco Javier en tierras del sol naciente varias décadas antes, dicha expedición plantó hace cuatro siglos la semilla de las futuras relaciones diplomáticas entre ambos países.

Conocida como la Embajada Keicho, estaba comandada por el samurái Tsunenaga Hasekura y formada por 180 hombres. Entre ellos figuraban el misionero español Luis Sotelo y el marino Sebastián Vizcaíno, quien ayudó a los japoneses a construir el galeón con el que emprenderían tan larga travesía: el San Juan Bautista.

Reconstruida después del tsunami que arrasó la costa nororiental de Japón en 2011, su réplica se exhibe en la ciudad de Ishinomaki como uno de los símbolos de la recuperación tras aquella catástrofe, que se cobró casi 19.000 vidas y provocó en la central de Fukushima el peor accidente nuclear desde Chernóbil. Con 55 metros de eslora y dos mástiles que se elevan unos 30 metros, esta embarcación de madera muestra en su interior los pormenores de una aventura llena de peripecias que unió Japón y España.

El señor feudal

La idea partió del señor feudal de Sendai, Masamune Date, quien quería consolidar su poder local estableciendo relaciones comerciales con España y su entonces colonia de México. A cambio, permitiría la propagación del cristianismo por sus dominios, que abarcaban la actual prefectura de Miyagi. Sin embargo, se le había adelantado el sogún Ieyasu Tokugawa, que era la máxima autoridad de Japón en aquella época y había enviado en 1612 un buque rumbo a México. Pero su naufragio al poco de zarpar y el paso por Sendai de Sebastián Vizcaíno, que había llegado en 1611 para explorar la costa nipona, acabaron propiciando el plan de Date.

Cuando una violenta tormenta destruyó la nave de Vizcaíno en noviembre de 1612, el señor de Sendai se ofreció a proporcionarle otra embarcación para que pudiera regresar a España. Con la ayuda de Vizcaíno y sus 40 hombres, se empezó a construir el San Juan Bautista, que partió del puerto de Tsukinoura el 15 de septiembre del décimo octavo año de la Era Keicho (28 de octubre de 1613).

Además de sus intereses comerciales, a Masumune Date le movía la reconstrucción de sus dominios tras el tsunami que devastó la costa de Sanriku en diciembre de 1611, del que el propio Vizcaíno se salvó por hallarse navegando en alta mar pero que levantó olas de ocho metros y se cobró miles de vidas, según los documentos de aquella época. «La misión era, en cierto modo, un proyecto para la reconstrucción», escribe en una publicación del Museo San Juan Bautista su director, Naotsugu Hamada.

Tras pasar en enero de 1614 por Acapulco, donde la tripulación se dividió y cambió de barco, el San Juan Bautista regresó a Japón con la mayoría de sus marineros. Al mando de una treintena de hombres, el samurái Hasekura cruzó el Atlántico en junio con la Armada española y llegó a Sanlúcar de Barrameda en octubre. En su poder llevaba una carta de su señor feudal proponiéndole un tratado comercial al Rey Felipe III, quien finalmente le concedió audiencia en enero de 1615. Pero el monarca rehusó darle una respuesta a pesar de la buena impresión que causó en la corte el caballero japonés, que incluso se convirtió al cristianismo y fue bautizado en su presencia con el nombre de Felipe Francisco. Con sus catanas y quimonos de gala, las crónicas de la época cuentan que los samuráis impresionaron en la Corte de Madrid, sobre todo cuando comían con sus palillos en los banquetes oficiales y mostraban sus buenas formas niponas. Aunque el propio duque de Lerma, valido del soberano, alabó la «brillantez de espíritu y discreción» de Hasekura, las reticencias de Felipe III se debían a que, varios meses antes, le habían llegado a través de los misioneros jesuitas noticias sobre la prohibición y persecución del cristianismo en Japón.

A pesar de este fracaso y de la represión creciente en su país, Hasekura continuó su viaje y se dirigió a Roma, donde el Papa Pablo V le recibió en noviembre de 1615. Ante el Sumo Pontífice, el enviado nipón insistió en que su señor feudal se haría pronto con el control de todo Japón e impondría la religión cristiana. Pero la desconfianza y el hecho de que no representara al sogunato Tokugawa, que había ordenado la expulsión de los misioneros católicos, frustraron su misión.

Represión cristiana

De regreso a España, Hasekura volvió a reunirse con el Rey, quien declinó firmar un acuerdo con él por la creciente represión sobre los cristianos en Japón. En junio de 1617, y después de tres años en Europa, el samurái y varios de sus caballeros regresaron a su país, pero otros se quedaron en la localidad sevillana de Coria del Río. Allí abunda un apellido que todavía distingue a sus descendientes: Japón.

Tras pasar varios meses en México, de donde se llevó una buena remesa de plata, en abril de 1618 partió de Acapulco rumbo a Japón a bordo del galeón San Juan Bautista. Al mando del capitán Yokozawa Shogen, la nao había efectuado un año antes su segundo viaje a la colonia española para recoger a Hasekura. Al caballero nipón le acompañaba el misionero Luis Sotelo, quien decidió quedarse en la escala en Filipinas junto a la embarcación, comprada por las autoridades coloniales españolas para reforzar la defensa ante los ataques de las armadas británica y holandesa.

A bordo de otro barco, el samurái llegó al puerto de Nagasaki, al sur de Japón, en el verano de 1620 después de un viaje que le llevó siete años de su vida. Cuando, finalmente, recaló en Sendai para rendir cuentas a su señor y ofrecerle los exóticos regalos que había traído del extranjero, el cristianismo estaba oficialmente prohibido y Japón se había cerrado al exterior, en parte temiendo una posible invasión española desde Filipinas. Poco después de su regreso, Hasekura falleció en agosto de 1622 a la edad de 50 años. A pesar de los honores otorgados a su familia por su heroicidad, sus descendientes y siervos fueron perseguidos, y muchos de ellos ejecutados, por ser cristianos. Un destino ingrato para la memoria de quien había sacrificado buena parte de su vida por su país.

«La Embajada Keicho era un proyecto del que dependía el señor feudal de Sendai, que apreció el talento excepcional de Hasekura para dirigirla», resume la importancia de la misión el director del museo en una de sus publicaciones. A su juicio, «no podemos pensar que Masumune Date planeara la misión simplemente para reemplazar al sogún Tokugawa, sino para reconstruir sus dominios tras la destrucción causada por el tsunami de 1611».

Aunque el samurái Tsunenaga Hasekura no logró su objetivo de sellar un tratado comercial entre Japón y España, sí sentó las primeras bases diplomáticas entre ambos países. Tras sobrevivir al tsunami de marzo de 2011, que inundó su museo y destruyó la embarcación, una réplica del galeón San Juan Bautista es la prueba de esta amistad que, a pesar de los avatares de la historia, dura ya más de cuatro siglos.