Svetlana Alexiévich logró en «Voces de Chernóbil» (en la imagen un parque de atracciones abandonado en Pripyat) que pusiéramos rostro y biografía al dolor de los demás
Svetlana Alexiévich logró en «Voces de Chernóbil» (en la imagen un parque de atracciones abandonado en Pripyat) que pusiéramos rostro y biografía al dolor de los demás - efe
Después del Nobel de Literatura

La realidad supera a la ficción

La no ficción acaso empieza a doblarle el pulso a la novela en el canon literario como demuestra el galardón a Svetlana Alexiévich

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Hay muchas formas de estar en el mundo. La de los cronistas que están dispuestos a impregnarse con el dolor de los demás y la de los que consideran que cuanto menos dosis de conciencia más fácil resulta entretener la espera de la muerte son dos de ellas. El periodismo narrativo, también llamado periodismo literario, o crónica de largo aliento, recibió esta semana un espaldarazo insospechado de la Academia sueca con la que sueñan todos los que practican el vicio de escribir. Pero en este caso el laureado no fue uno de esos escritores que llenan cada año todas las quinielas, en su abrumadora mayoría novelistas. La bielorrusa Svetlana Alexiévich, nacida en 1948, una reportera dedicada a prestar atención, a ayudar al lector a ponerse en el lugar del otro, a contar los aspectos más sombríos de la escombrera espiritual y material del universo soviético, se hizo, para perplejidad de críticos y panegiristas, con el Premio Nobel de Literatura.

La realidad le ganaba la partida a la ficción, y generaciones de grandes cronistas, un género que para algunos experimenta ahora mismo un nuevo boom en América Latina (véanse las antologías publicadas por Darío Jaramillo Agudelo en Alfaguara, Jordi Carrión en Anagrama y Leila Guerriero en Diego Portales), veían reconocido su denodado esfuerzo por contar el mundo en Svetlana Alexiévich. De sus cinco libros dedicados a relatar el infierno de la utopía, la pesadilla en que se convirtió el sueño de la razón comunista, sólo se ha editado en España «Voces de Chernóbil. Crónica del futuro», publicada en enero de este año por DeBolsillo en traducción de Ricardo San Vicente.

«He escrito cinco libros pero, en realidad, llevo casi cuarenta años escribiendo una única obra, consistente en hacer la crónica de lo que fueron los Gulag –campos de concentración estalinistas-, las guerras, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración del Imperio Rojo. Atrás queda un mar de sangre y una gigantesca fosa común», declaró recientemente la autora de libros como «Los chicos del zinc» (en ataúdes de zinc y a escondidas eran repatriados los jóvenes soldados rusos que morían en la guerra de Afganistán, que precipitó la desintegración de la Unión Soviética), «Cautivados por la muerte» (que habla de los que se suicidaron por no poder soportar el hundimiento del sueño comunista) o «Voces de Chernóbil» (donde también a través de las voces de los supervivientes le ponemos rostro y biografía al dolor de los demás, tan caro a Susan Sontag):

«Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras me dejaban pasar. Al principio también me querían convencer:

«—Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos. —Y yo corría tras ellas como un perrito. Me quedaba horas enteras ante la puerta. Les rogaba, les imploraba. Y entonces ellas decían: ‘Que te parta un rayo! Estás loca perdida!’».

Gracias a cronistas y sobre todo editores (en el sentido lato del término: editores que obligan al reportero a ganarse la confianza del otro, volver al lugar de los hechos, reescribir, comprobar, pensar, escuchar, depurar el texto hasta que resuene y sea exacto y memorable) como Julio Villanueva Chang, editor de la revista peruana «Etiqueta Negra», la literatura de precisión ha llegado a cumbres tan altas como la ficción, como atestiguan libros como «Los suicidas del fin del mundo», de Leila Guerriero, o «Hambre», de Martín Caparrós. Dice Villanueva Chang: «En tiempos de Twitter, YouTube y Facebook, en la era de Wikileaks, en que el acceso a tanta información aturde y corre el riesgo de convertirse en una moderna forma de ignorancia, vale recordar lo que en la primera mitad del siglo pasado nos anticipaba Walter Benjamin: ‘Cada mañana se nos informa sobre las novedades de toda la Tierra. Y sin embargo somos notablemente pobres en historias memorables (…). Ya casi nada de lo que acaece conviene a la narración sino que todo es propio de una información. Saturados de información, los hombres han ido perdiendo la capacidad de comprender’».

Recuperar el fervor de los lectores

¿No sería tal vez esa la manera de recuperar el fervor de los lectores que han huido en masa de los periódicos? ¿Ofrecerles historias memorables, grandes crónicas que expliquen mejor el mundo, lo que se esconde detrás de un niño ahogado en una playa turca o de los inmigrantes que sufren asaltos, extorsiones, violaciones, secuestros, amputaciones y muertes a bordo de La Bestia, el tren que surca México y que busca el norte? «Disculpá, espero que no te ofendas, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?”, le pregunta al reportero Óscar Martínez uno de los tres hermanos salvadoreños que huyen de la muerte en su país y buscan un lugar en el mundo en Estados Unidos. Óscar Martínez forma parte de una de las redacciones que acumula más dosis de talento y coraje de toda América Latina, la del diario digital «elfaro.net». Su libro «Los migrantes que no importan» es una sobrecogedora crónica cargada de historias, rabia y realidad.

Es también lo que hace cada dos meses Patrick de Saint-Exupéry (cansado de lidiar con sus jefes en «Le Figaro»), y Laurent Beccaria en «XXI», la preciosa revista de grandes reportajes que editan en París y que vive de lo que venden, porque no admiten publicidad. O lo que cada semana hace David Remnick, premio Pulitzer por «La tumba de Lenin», que desde que en 1998 se hizo cargo de la dirección de «The New Yorker» ha devuelto a la legendaria revista de crónica de largo aliento, con su admirable departamento de verificación de datos, su condición ejemplar. Porque es justamente en el pacto sagrado con el lector donde de que todo lo que el cronista va a escribir es verdad donde el reportaje se legitima.

La publicación en Polonia de «Kapuscinksi. Non fiction», una iconoclasta biografía de autor de «El emperador», «Imperio» o «Ébano», escrita por su discípulo Artur Domoslawski, levantó ampollas entre los epígonos y admiradores de Ryszard Kapuscinski, quien al parecer se tomó demasiadas libertades a la hora de elaborar sus maravillosos libros. El periodista Arcadi Espada, ariete contra el a su juicio inmerecido prestigio de la novela, encontró una solución para preservar en su biblioteca las obras del gran escritor y discutible reportero: trasladarlas de la balda de no ficción a la de ficción.

Realidad y ficción

No inventar no significa que el cronista no pueda montar sus reportajes como un montador de cine elige planos, diálogos, tomas para que el ritmo del filme atrape de principio a fin la atención del espectador. Es lo que hace magistralmente Leila Guerriero con sus crónicas, que dejan una huella imborrable en la memoria del lector. Siempre que le preguntan cuándo escribirá una novela responde que no siente la menor necesidad ni tiene el menor deseo: la realidad es inagotable. Por eso es tan importante el tiempo. Lo que no tenemos, lo que deberíamos recuperar para darle al periodismo su capacidad para explicar y entender, para que los hombres recuperen la capacidad de comprender.

Lo que hizo el reportero estadounidense John Hersey en «Hiroshima», la mejor crónica de los efectos de la primera bomba atómica, con la reconstrucción minuciosa de lo ocurrido a través del testimonio de seis víctimas. Las 31.000 palabras fueron el único artículo de un número del «New Yorker» que se agotó y que pronto se convirtió en un libro que sirvió de inspiración a muchos reporteros, como Svetlana Alexiévich, o la mexicana Elena Poniatowska, que también recurrió a la polifonía de voces para escribir su relato de la matanza de Tlatelolco. Esa polifonía es uno de los rasgos de la crónica, ese animal complejo que otro gran cronista mexicano, Juan Villoro, bautizó como el ornitorrinco de la prosa.

En Libros del K. O., una de las editoriales que han empezado a publicar crónicas de largo aliento, el joven reportero Wojciech L. Tochman, de la escuela polaca de reportaje, ha escrito un libro breve y amargo sobre el trabajo de la antropóloga forense Ewa Klonowski en las fosas comunes dejadas como un rosario del espanto. En «Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia», escribe: «Al otro lado del monte Crvanj (cerca del lago Boracko) está la sima de Borisavac. Desde hace siglos los lugareños cuentan que la sima no tiene fondo; (...) Abajo hay huesos; los reflectores están encendidos, la gente está trabajando».

Una de las virtudes del Nobel es descubrirnos a figuras como Svetlana Alexiévich. Gracias al Nobel descubrimos hace unos años a la poeta polaca Wislawa Szymborska. Uno de sus más lúcidos y hermosos poemas se titula «Falta de atención», que empieza así: «Ayer me porté mal en el cosmos./ Viví todo el día sin preguntar por nada,/ sin sorprenderme de nada». El mejor consejo para un periodista, para un reportero que aspire a explicar el mundo. Prestar atención. Ponerse en el lugar del otro. Escuchar. Justamente lo que hace Svetlana Alexiévich. Y lo que hicieron Chaves Nogales, Jacinto Miquelarena, Gaziel, James Agee, Talese, Alberto Salcedo Ramos, Sergio González Rodríguez, Ander Izagirre, Plàcid Garcia-Planas. Los que, a pesar de todo, están enamorados de la realidad.