La prima de Elsie, Francis, como si allí no pasara nada
La prima de Elsie, Francis, como si allí no pasara nada - ABC
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El misterio de las hadas de Cottingley

Aparecieron de repente y por casualidad. Desde toda Inglaterra peregrinaban para verlas. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

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Las hadas aparecen siempre cuando más se las necesita. Tradicionalmente, se les considera las compañeras de niños problemáticos que encuentran en ellas la posibilidad de hacer realidad los deseos que los adultos les niegan. Pero, históricamente, esos minúsculos seres alados, de origen boscoso incierto y edad aún más difusa han sido, en realidad, el refugio imaginario de multitud de adultos ansiosos de trascender la dura realidad.

Fue lo que sucedió en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial. La larga contienda (que se pensaba iba a durar unas pocas semanas y acabó alargándose cincuenta y cuatro meses), con las noticias que llegaban del frente y anunciaban los fracasos en las campañas emprendidas, junto con las larguísimas listas de desaparecidos, sirvió de invocación para estos angelicales muñidores de deseos personales y colectivos.

Todo comenzó en Cottingley, pequeño pueblo de la campiña inglesa en Yorkshire, una calurosa tarde de junio de 1917.  La pequeña Elsie Wright, que por entonces contaba dieciséis años, cogió la cámara de su padre para sacarle una foto a su prima Francis junto a un idílico arroyo. Cuando el padre reveló la placa de cristal descubrió unas manchas luminosas junto a la niña y le preguntó a su hija si sabía lo que eran. La inocente Elsie contestó, sin dudarlo, que se trataba de sus amigas las hadas. Varias semanas después, se repitió el suceso con una nueva fotografía en la que se podía ver con claridad un pequeño gnomo alado jugando con la cándida Elsie.

Hasta aquí, todo normal

Lo bueno vino cuando tres años después aparecieron publicadas dichas fotografías por una revista, Strand Magazine, en un artículo firmado por… Arthur Conan Doyle. Sí, sí, el mismo. El famoso escritor que uniera para siempre la Medicina con la Criminología (para deleite de los guionistas de series de televisión) era un firme creyente en las realidades paranormales, y las fotos de estas dos niñas jugando con las hadas le parecieron la prueba científica de su existencia. De nada sirvió que los laboratorios Kodak o el mismísimo Houdini, gran amigo personal, le advirtieran de que, quizás, no era para tanto. Tampoco le debió parecer extraño que la propia Elsie, a pesar de su corta edad, hubiera trabajado un tiempo en un laboratorio fotográfico que hacía montajes de fotografías de soldados con sus familares.

Cientos de personas comenzaron a peregrinar al pequeño pueblo de Cottingley con la esperanza de ver a las hadas. Fue tal la fama que adquirió, que el conductor de autobús, cuando se acercaba, lo anunciaba gritando: «Fairyland!», o, lo que es lo mismo, «¡la tierra de las hadas!». El tiempo fue pasando y como por más esfuerzo y más fe que le echaran, allí nadie veía nada, los decepcionados creyentes cogieron a las dos niñas y les hicieron repetir la escena junto al río, para ver si así, por fin, sucedía algo. La primera vez que lo hicieron, consiguieron captar tres nuevas fotografías de hadas. La segunda, y última, no fotografiaron ninguna.

Desde entonces se suceden los libros, artículos e, incluso, películas que defienden o atacan la veracidad de las fotografías. Ben Kingsley y Peter O’Toole fueron algunos de los actores que dieron vida en los noventa a aquellas personas de principios de siglo en películas como «Fotografiando hadas» y «Cuento de hadas».

En una entrevista para la BBC a principios de los ochenta, Elsie Whright, ya crecidita, reconocía que: «hombre… es que Conan Doyle estaba tan ilusionado…puede que las cuatro primeras fotos… ¡pero la última no estaba trucada!».

Y aquí terminó el misterio

Lo sucedido en esta historia no debe hacernos pensar que las personas de aquella época fueran más ingenuas o iletradas que nosotros. No podemos olvidar el contexto en el que todo esto sucedió: una guerra de dimensiones colosales, en la que todas las potencias de la tierra, incluidas sus colonias, estuvieron implicadas. Un infierno interminable que truncó millones de vidas y mutiló muchos millones más de familias.

No es de extrañar que J. J. Tolkien, soldado herido en uno de los peores frentes de trincheras, a su vuelta a casa gestara una auténtica cosmogonía con nuevos mundos y nuevos seres vivos, todos ellos recogidos en El Señor de los Anillos. Tampoco resulta chocante que los padres en aquella época llevaran a sus hijos al teatro a ver Campanilla y Peter Pan. El mismo Conan Doyle tuvo que sobrellevar la muerte de su hijo en la Primera Guerra Mundial, lo que, probablemente, le hizo agarrarse a cualquier atisbo de certeza de otro plano existencial donde poder creer que todavía seguía vivo…

La única pregunta que queda es: ¿era, entonces, verdadera el hada de la quinta fotografía? ¿qué habrá sido de ella? Hay razones para pensar que tomó definitivamente forma humana y adoptó el nombre de Ada Colau. Suponemos que como la «h» es muda y a ella lo que le va es ir con el altavoz en ristre, hizo lo que tenía que hacer. Elemental.