Louis-Victor Baillot, en su última fotografía
Louis-Victor Baillot, en su última fotografía - New Statesman
200 ANIVERSARIO

De ser declarado muerto en Waterloo a fallecer a los 104 años

Louis-Victor Baillot -fusilero a las órdenes de Napoleón- dejó este mundo en 1898, el mismo año que se inició la Guerra de Cuba

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Han pasado ya 200 años desde que la alianza liderada por el Duque de Wellington se dejó las gónadas en la campiña de Waterloo para derrotar al renacido ejército de Napoleón Bonaparte. No obstante, la batalla que acabó de forma definitiva con la hegemonía gabacha todavía guarda algunos secretos tan desconocidos como llamativos. Precisamente uno de ellos es la historia de Louis-Victor Baillot, un fusilero del ejército francés que, a pesar de haber sido declarado muerto en aquella contienda, logró sobrevivir a la guerra y murió a los 104 años.

Su caso, ya de por si llamativo, queda coronado por una fotografía con mucha solera que el anciano se hizo en el porche de su casa un año antes de dejar este mundo y formar junto al «Petit Empereur» allí donde este estuviese. Entonces no parecía más que un viejo cascarrabias con varias medallas en su pechera y un bastón entre sus manos. Pero su pasado, relacionado con la pólvora y el último intento del «Sire» por establecer su poder en Europa, le delataba. Y es que, a sus espaldas había una vida de más de diez décadas.

Pour la France

Louis-Victor Baillot, el último héroe de Waterloo, vino al mundo el 7 de abril de 1793 –tal y como afirma en su versión digital el diario « NewStatesman»-. La tierra que le vio nacer fue Borgoña, la misma región desde la que partió en su juventud para unirse a la « Grande Armée» gabacha en 1812. Su destino: el 3er Batallón de 105ª Semi-Brigada de Infantería de Línea. Un nombre muy rimbombante que significaba, simple y llanamente, que formaría parte –mosquete mediante- del ejército francés en uno de sus más bajos escalafones. Y es que, la Infantería de Línea se correspondía con el grueso de las tropas.

Tras su reclutamiento, este francés viajó hasta el Vístula (en Polonia) donde su unidad se reunió con los restos de la fuerza principal, sumamente dañada después de la desastrosa campaña que sus compatriotas habían acometido en Rusia. Posteriormente, pasó a combatir en el sitio de Hamburgo a las órdenes del mariscal Davout, implacable y ferviente seguidor de Napoleón. Lo cierto es que nuestro protagonista no vivió una carrera meteórica en el ejército napoleónico, pero la vida y el destino le reservaban un papel de suma importancia en el futuro.

Durante el primer exilio en la isla de Elba de Bonaparte, y al igual que tantos otros, se desmovilizó. Sin embargo, después de que el «Sire» se escapase de su prisión paradisíaca, regresase a París triunfante e iniciase el futuro «Gobierno de los 100 días», se volvió a reenganchar. Ese mismo año (1815) fue enviado junto a su vieja brigada a Bélgica, donde Napoleón pretendía dar el golpe de mano definitivo para vencer a la denominada Séptima Coalición. El 14 de junio, Baillot vio por última vez a su comandante en jefe cuando este pasó revista a sus tropas. Todo ello, cuatro jornadas antes de la contienda de Waterloo.

El 18 de junio, durante la batalla, Baillot vivió uno de los peores momentos de su vida cuando fue derribado por un jinete escocés de una estocada en la cabeza. Aquel día se le dio por muerto, pero todavía le quedaba mucha «guerra» que dar. Así pues, y a pesar del fuerte golpe, sobrevivió gracias a que su casco se llevó la peor parte de la carga de caballería. Sin embargo, la suerte quiso que aquellos que descubrieron que había sobrevivido fueron los británicos, por lo que fue enviado a un barco-prisión en Plymouth como prisionero de guerra. A finales de 1816 fue repatriado finalmente a Francia.

Poco se conoce de lo que vivió este francés en las siguientes décadas. Tan solo se sabe que regresó a su casa en Auxerre y, posteriormente, se casó con una mujer llamada Appoline. Con ella tuvo una hija. Un año antes de fallecer se hizo esta fotografía, en la que aparece luciendo las medallas de la Legión de Honor y la de Santa Helena. Tampoco es desdeñable la cicatriz que le dejó su acto valeroso en combate. Murió el 3 de febrero de 1898, poco antes de que comenzara la Guerra de Cuba y, según el diario anglosajón, a su funeral fueron cientos de personas.