Claustro del Monasterio de San Juan de las Abadesas.
Claustro del Monasterio de San Juan de las Abadesas. - alt-ter
Leyendas

El diabólico conde Arnau que se colaba en el convento de San Juan de las Abadesas

Aún hay quien dice que su fantasma sale cada noche del infierno para cazar con su caballo en llamas por el Ripollés

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De la poza conocida como el Gorg dels Banyuts cuentan que cada noche, entre las diez y las doce, sale del infierno el fantasma del conde Arnau. A lomos de su caballo negro, rodeado de fuego y acompañado de una jauría infernal, se lanza a una cacería nocturna por las tierras de Gombrén, Ripoll, Montgrony y Mataplana, en la comarca del Ripollés (Gerona). El canto de un gallo negro en la roca escarpada llamada Crest del Gall avisa al diabólico conde de que su peculiar recreo acaba y debe regresar al averno. «Solo le perdonaron dos horas al día», apunta Pau Ortiz, guía de la asociación de educación ambiental Alt-Ter, que muestra a los visitantes los parajes vinculados a la leyenda del conde Arnau.

Este mítico señor feudal, cuya ambición y lujuria no tenía límite, dominó aquellas tierras con puño de hierro. «Saqueaba pueblos y castillos, esquilmaba a sus vasallos y a quienes se resistían los ahorcaba y dejaba colgados de las almenas de su castillo», además de perseguir a las campesinas más jóvenes y bellas, a las que llevaba a castillo de Blancafort «para que le sirvieran como esclavas y satisfacieran todos sus antojos», según el relato que recoge Luis Díaz Viana en « Leyendas Populares de España».

«Existió un Arnau de Mataplana, conde de Pallars, en el siglo XIV que coincide con el personaje legendario», explica Pau Ortiz. El conde Arnau real «parece ser que era muy mujeriego y abusaba del derecho de pernada» por el que podía acostarse con cualquier doncella de su feudo antes de que contrajera matrimonio con alguno de sus siervos. Como muchos de aquellos señores feudales del siglo XIV, practicó los Malos Usos que permitían el maltrato a sus vasallos, y debió de emplearse a fondo ya que aún se le recordaba doscientos años después, cuando su leyenda apareció como canción popular. Manuel Mila i Fontanals la recogió en sus Observaciones sobre la poesía popular en 1853.

«Todos aplicaron los malos usos, pero la gente tiende a abreviar, de forma que en el conde Arnau se identificó a todos los malos señores», considera Ortiz.

Al señor de Mataplana se le creía condenado a vagar eternamente por no pagar a sus vasallos por los 144 escalones tallados en la roca que llevan hasta la iglesia de San Pedro (Sant Pere) de Montgrony. «Probablemente fueron talladas en el siglo VIII o IX como acceso al castillo que construyeron allí los carolingios y del que solo queda hoy la iglesia», explica el guía de la zona. Con el tiempo, una vez desaparecido el castillo, la gente del lugar comenzó a relacionarlos con el conde Arnau ya que, comenta irónico Ortiz, «si tienes un diablo a mano, o un personaje así, la culpa seguro que es suya».

Sacrilegio

Su figura, evocada con rasgos diabólicos, se asoció con otro hecho que caló profundamente en la región. En el año 1017 fueron expulsadas las monjas del convento de San Juan de las Abadesas por orden del Papa debido a la supuesta vida díscola de la comunidad, aunque el motivo real fuera la ambición del conde de Besalú, Bernardo Tallaferro, por anexionarse las tierras controladas por la abadía. La carga que aparecía en la bula de Benedicto VI «las acusaba de ser "meretrices de Venus", es decir, prostitutas», apunta Ortiz.

Las historias del conde Arnau y la bula papal acabaron uniéndose en la más famosa de las leyendas del conde Arnau, pese al salto en el tiempo de tres siglos existente entre una y otra. Así fue cómo comenzó a decirse que desde la profunda sima de Forat de Sant Ou, otra puerta al infierno del conde Arnau, existía un túnel de 20 kilómetros que conectaba en línea recta con el convento de San Juan de las Abadesas, con salida en el pozo del claustro.

«La leyenda no hablaba en principio de ninguna abadesa, pero los poetas de la Renaixença añadieron más carne al asador señalando a la abadesa Adelaisa como la elegida por el conde Arnau», explica el guía de la ruta del conde Arnau.

Algunas versiones de la leyenda dicen que Adelaisa murió por los sufrimientos que le causaba la persecución del conde, otras que se convirtió en cierva hasta que Arnau le dio muerte, las hay que señalan que la monja cedió a las pretensiones del conde y ambos murieron en una cacería nocturna y otras, que Arnau la persiguió a caballo durante toda una noche hasta que los perros se revolvieron contra él, dándole muerte. Así explican por qué supuestamente se aparece a la caza.

Otros relatos apuntan a que cayó al infierno arrastrado por un diablo en el Gorg dels Banyuts y que fue condenado a su cacería nocturna por haber abandonado una misa en la iglesia de San Lorenzo (Sant Llorenç) de Campdevànol al oír los ladridos de sus perros de caza. Incluso se dice que no llegó a morir porque se había hecho con una espada que lo hacía invencible, así como con una bolsa de monedas que no se terminaba o un objeto mágico por el que las mujeres caían rendidas a sus pies...

Joan Maragall, que veraneaba en San Juan de las Abadesas, investigó durante una década esta leyenda y dibujó en su obra a un conde Arnau que finalmente se salva gracias a una inocente muchacha. Su poema en tres partes popularizó las historias de este mítico señor feudal del que también se ocuparon Jacint Verdaguer, Josep Romeu i Figueras o Josep Maria de Sagarra y que aparece en la tradición más erudita casi como un héroe nacional.

De diablo a héroe

Hay versiones que señalan al conde Arnau como uno de los Nueve Barones de la Fama que reconquistaron los territorios a los sarracenos, según esta leyenda propagada por las más importantes familias nobles para prestigiar sus alcurnias.

«Mientras los miembros de la tradición oral enfatizan los rasgos diabólicos de la personalidad en Arnau de Mataplana, la tradición escrita intenta justificar, en función de un contexto histórico concreto -el feudal- los rasgos despóticos del protagonista, viéndole no sólo como un déspota, sino también como un héroe nacionalista y libertador de su pueblo», explicó Joan Prat en 1994 y recoge Luis Díaz en su obra sobre las leyendas españolas.

El antropólogo del CSIC recuerda que «aunque en las sagas vikingas -por ejemplo- el cazador nocturno suele identificarse con el diablo, en algunas variaciones de la leyenda artúrica será el rey-héroe quien se convierta en cazador eterno». Y es que, concluye, «las leyendas de personajes como Arnau y Arturo hablan de un tiempo que, por remoto, admite la reconstrucción más mítica y fantástica de ciertas identidades».