Ramón González de Amezúa
Ramón González de Amezúa - Daniel G. López
arte

Muere Ramón González de Amezúa, símbolo de la Academia de Bellas Artes

Construyó órganos que están en Lourdes, el Pilar y el Valle de los Caídos

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Ramón González de Amezúa nació con vocación de constructor. Cuando en 2008 abandonó la dirección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando dijo que se iba con el orgullo de haber realizado un importante proceso de renovación y modernización arquitectónica de su sede, en la madrileña calle de Alcalá, cerca de la Puerta del Sol. La Academia había pasado de ser un edificio que sobrevivía en 2.500 metros cuadrados, a tener cinco plantas, sin contar los sótanos y semisótanos, con 20.500 metros cuadrados. Las ampliación fue posible gracias a la recuperación de espacios que en su día se cedieron al vecinoMinisterio de Hacienda. Entre los cambios internos más notables estuvo la modernización del Museo, lo que permitió exhibir con criterios expositivos actuales fondos dignos de una de las mejores pinacotecas de España, en un recorrido por cinco siglos y diferentes escuelas, a partir de una visión de la historia del arte que va desde el Renacimiento hasta las tendencias más actuales del siglo XXI. Amezúa decía sentirse orgulloso de haber construido aquello y, al tiempo, revivir el espíritu ilustrado del siglo XVIII abriendo la Academia a todas las artes, sin olvidar las contemporáneas, como el cine, el arte gráfico, la fotografía o el diseño.

Amezúa permaneció como director de la Academia dieciocho años, tras veinte previos como tesorero. Había ingresado en 1970, leyendo un discurso sobre las «Perspectivas para la historia del órgano español», contestado por Federico Sopeña, luego antecesor en la dirección de la Academia. Había llegado tras estudiar música en Madrid, París y, al tiempo, obtener el doctorado en Ingeniería industrial. En 1940 fundó Organería Española, una empresa para la fabricación de órganos con responsabilidad en algunos fundamentales como el de la francesa basílica de Lourdes, la basílica del Pilar en Zaragoza, el Valle de los Caídos y el del Teatro Real de Madrid, actualmente en la Iglesia de Guecho, en Vizcaya. También aquí Amezúa construyó. En este caso más de 400 instrumentos, muchos de ellos exportados a Europa, Norteamérica y Japón. Igualmente, fue responsable de la restauración de órganos históricos, particularmente varios significativos de las catedrales españolas como la de Toledo: la impronta de Organería Española permanece en muchos de estos instrumentos adaptados según criterios de recuperación propios de una época distinta a la actual, más exigente en lo que se refiere a la conservación de los sistemas mecánicos internos o a la restauración de la tubería original.

Él mismo ejerció como organista teniendo la oportunidad de difundir la obra de Cabezón, Cabanilles o Aguilera de Heredia, estrenando varias obras de autores contemporáneos, varias de ellas a él dedicadas. Fue miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes, caballero de la Orden de Isabel la Católica, condecorado con placa de la de Alfonso X el Sabio, con la medalla de oro de las Bellas Artes y la orden de la Stella della Solidarietá Italiana.