La lengua inglesa cada vez aporta más términos a nuestro diccionario
La lengua inglesa cada vez aporta más términos a nuestro diccionario - nieto

El Támesis que empapa el diccionario

Desde 1726 la RAE regula la incorporación de los anglicismos que usamos los españoles

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Si ayer se le hizo tarde viendo el fútbol en el bar, quizá no sepa que tanto fútbol como bar son dos de los anglicismos más utilizados en castellano. Puede que estuviera en la taberna más castiza de su ciudad, pero si pidió un ron -por muy dominicano que fuera- volvió a emplear un extranjerismo. El idioma está vivo, y muchas palabras que utilizamos en nuestras conversaciones pasaron antes por el Canal de la Mancha. Son más de las que pensamos, y en muchos casos llevan con nosotros varios siglos de convivencia.

Hace apenas dos semanas, el pleno de la Real Academia se trasladó a la tierra de don Quijote, a Argamasilla de Alba, y debatió sobre el uso de palabras como «selfie». Varios académicos opinaban que a los términos autofoto o autorretrato se quedaban cortos, que les faltaban algunos matices en cuanto a su finalidad. El autorretrato, decían, no se concibió para ser expuesto en las redes sociales, como sí ocurre con el «selfie».

Del siglo XVIII al de internet

En contra de lo que pudiera parecer, la Real Academia lleva resolviendo dudas de este tipo mucho antes de la aparición del móvil e internet. Entre 1726 y 1739, la RAE publicó el conocido como Diccionario de Autoridades, un antepasado del glosario actual donde ya aparecían términos procedentes del inglés. Este primer repertorio se elaboró con ejemplos extraídos de las principales obras -literarias o no- escritas hasta el momento. De ahí lo de «autoridades».

Gracias a este diccionario quedó constancia de las primeras palabras inglesas añadidas al castellano. Uno de estos ejemplos es bolina (del inglés «bowline»), que aunque hoy apenas se utiliza sí conserva media docena de significados reconocidos. Lo mismo ocurría con ferlín («feordling») -moneda que valía la cuarta parte de un dinero- o el limiste (del inglés «lemster») -cierta clase de paño, fino y de mucho precio, que se fabricaba en Segovia-, que aparecía citado en el Quijote.

Casos como estos demuestran que antes de la tormenta chispeó, y que el intercambio lingüístico entre España e Inglaterra fue más intenso de lo que imaginábamos. Ya en la modernidad, los nuevos neologismos llegaron muchas veces a través del deporte. Del balompié importamos sin darnos cuenta el córner y el órsay, que no es más que una sonora -y un poco pedante- adaptación del «off-side» inglés. Por este mismo camino engordaron las páginas del diccionario palabras como béisbol («base ball»), réferi («referee») o jonrón («home run»).

Aunque el caladero del deporte fue agotándose poco a poco, otras ramas del conocimiento incorporaron nuevos términos al castellano. Gracias a la medicina aparecen en el DRAE palabras que muchos creían nativas del español. Dos ejemplos paradigmáticos son baipás («bypass») y clembuterol («clenbuterol»), sustancia con la que nos familiarizamos en 2010 por el positivo de Alberto Contador. También la ciencia nos ha traído una de las palabras más repetidas cada vez que llega el invierno: ciclogénesis, del inglés «cyclogenesis».

Ciclogénesis lingüística

Hay quien opina que el castellano estará siempre un escalón por debajo del inglés en relevancia internacional. Que el de Shakespeare siempre será el idioma del dinero. Pero la pujanza del español supone mayor exposición para ambos, algo que se nota ya, y mucho, en Estados Unidos. Pero la economía ha dado a nuestro idioma muchas palabras procedentes de las islas británicas. Por este canal hemos incluido en el diccionario términos como bonus («bonus»), bróker («broker») y proactivo (del inglés, «proactive»). Las finanzas son una fuente inagotable de anglicismos.

La directora técnica del DRAE, Elena Zamora, explica que el diccionario «está en continuo proceso de revisión». En el departamento del Instituto de Lexicografía de la RAE -al que estamos muy agradecidos por su ayuda en la búsqueda de los datos para este reportaje- están muy atentos a la aparición de neologismos, «sea cual sea el idioma de procedencia», aseguran. Estas palabras nuevas solo ingresan en el diccionario cuando se demuestra que su uso está asentado y que no son moda pasajera. «Los académicos estudian la documentación y deciden la inclusión del anglicismo basándose en criterios de uso y de vigencia», añade.

También hay otros casos en los que la RAE «se adelanta y propone una adaptación del extranjerismo con la intención de que sea un sustituto eficaz», dice Zamora. Esto es lo que ocurrió con la palabra tableta, que se impuso al término «tablet» como una forma de sujetar la avalancha de neologismos llegados a través de las nuevas tecnologías. Y es que en los últimos años se han añadido al diccionario palabras como ADSL, spam, tuit, USB, wifi o blog, del que ha nacido el término puramente español bloguero.

Con wifi -que es una marca registrada- se trató de imponer la alternativa «güifi», pero no prosperó. Casos así son los que la RAE ha bautizado como «anglicismos crudos», términos que entran al diccionario sin adaptarse a los «patrones gráfico-fonológicos de nuestro idioma». Algunas de estas palabras provienen del mundo de la televisión («show»), de la informática («gigabyte») o la aeronáutica («finger»), que no es otra cosa que la pasarela que une a los aviones con la terminal del aeropuerto.

Fuera del paraguas del diccionario, ya están llamando a la puerta expresiones procedentes de la moda y las finanzas. En las tiendas de ropa nos estamos encontrado con el término «blazer», que es una forma sofisticada de referirnos a la chaqueta de toda la vida. Las nuevas formas de negocio y las relaciones laborales también están metiendo en nuestro lenguaje diario palabras como «crowdfunding», «briefing», «target» o «coaching». Aunque hoy nos parezca un imposible, podrían seguir el mismo camino que marketing, que de puntillas y sin hacer ruido ya consiguió su propia entrada en el diccionario.