James Nachtwey, fotografiado durante la entrevista en Madrid
James Nachtwey, fotografiado durante la entrevista en Madrid - ÓSCAR DEL POZO

James Nachtwey: «Considero a Goya el padre de los fotógrafos de guerra»

El gran fotoperiodista, heredero de Robert Capa, pasó por España para recibir el Premio Luka Brajnovic de la Universidad de Navarra

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No es fácil ser James Nachtwey. Él parece intentarlo todo el tiempo. Con su impecable camisa blanca, fibroso, ágil mental y físicamente, a sus 67 mantiene un control de todo lo que dice y lo que hace. No concibe venir a Madrid y no visitar el Prado, no en vano fue el Goya de los «Desastres de la guerra» quien le ayudó a encontrar su camino: «Considero a Goya el padre de los fotógrafos de guerra». En eso coincide con el escritor John Berger, que tanto nos ha enseñado a ver, cuando dijo que «si Goya viviera en nuestra época sería un fotógrafo de guerra».

—¿Desde dónde hay que fotografiar?

—Depende de cada ocasión. No hay fórmulas. Cada situación es única, y debes dejar espacio a la espontaneidad y a la intuición. Tienes que irlo descubriendo sobre la marcha.

—¿Se pueden tomar fotografías de la desgracia sin arrastarar una parte?

—No puedes. Sé que con cada cobertura me llevo una parte del dolor, pero nunca es comparable al que sufren las víctimas. La mía es solo una parte mínima que siempre te acompaña. Tienes que aprender a llevar ese peso con gracia.

Es lo que hizo Nachtwey la jornada que pasó en Madrid. La víspera había recibido el premio Brajnovic en un acto celebrado en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. En la capital participó en la serie ConversacionesCon que organiza la universidad del Opus Dei en Madrid, en un aula abarrotada, y no solo de fotógrafos. Le presentó un colega, Gervasio Sánchez, con quien ha compartido coberturas: Latinoamérica, Balcanes, África, Afganistán...

En muchos lugares en los que se han escrito páginas dolorosas de las últimas cuatro décadas, porque son cuarenta años los que Nachtwey lleva volcado en el dolor de los demás: «Te admiro profundamente desde hace décadas. Tu forma de trabajar ha sido un faro a la hora de tomar mis propias fotografías», dijo Sánchez, antes de enumerar algunas de las historias que configuran la biografía profesional y moral de Nachtwey, que encierra «Inferno», libro que es un puñetazo y una lápida: «¿Cómo duelen aquellos orfanatos rumanos, cómo duelen las matanzas de tutsis en Ruanda, cómo duelen las masacres de Bosnia?».

A continuación se hizo la noche. Iluminado el rostro apenas por una lámpara, Nachtwey empezó a comentar, con voz pausada, la elegancia y la exactitud que le caracterizan, las imágenes (la mayoría en blanco y negro), que iban desfilando. Trallazos de historia, de horror, pero también de compasión: Belfast, El Salvador, Nicaragua, los Balcanes, Ruanda, Somalia, Etiopía, Afganistán... Nachtwey pasaba las páginas mojándose levemente las puntas de los dedos con la lengua, mientras recordaba las estampas de una vida dedicada a mirar atentamente, dejando que hablaran por sí mismas, pero con precisos pies de foto que acababan de dar sentido a su denodada búsqueda de la verdad.

Él sigue pensando, a pesar de todo, que las fotos pueden salvar vidas. De hecho, algunas de sus imágenes, y las imágenes de otros, lograron que más de un millón de vidas fueran salvadas de la hambruna en Etiopía. «Una sola foto no puede explicar la historia». Fotos atroces, belleza en medio del espanto. «Que la gente viva en la pobreza no quiere decir que no tenga esperanza». A la última pregunta que le hizo Gervasio Sánchez, de si el haber cubierto tantas guerras, tanto dolor, le había hecho mejor persona, dijo que sí. Y habló de la justicia, y habló de la compasión.

—¡Prestad atención! ¿Es lo que usted y periodistas como usted están tratando de hacer, pidiendo a los lectores que presten atención?

—Exactamente. Presta atención, no le des la espalda a la realidad

—¿Cuánto hay que acercarse para acercarse a la verdad?

—Creo que el aserto de Capa sigue siendo válido. Tienes que acercarte física y emocionalmente a los hechos para poder contar bien lo que está pasando. Tienes que abrirte. Si no lo sientes no puedes cubrirlo de forma honesta. Pero la decisión de cuánto acercarte es algo instintivo. Debes decidir en cada momento y con rapidez.

—Nunca le han gustado los teleobjetivos.

—Porque comprimen la realidad, deforman la distancia entre las personas y los objetos. No captan la atmósfera.

Reconoce que los grandes medios han dejado de dedicar sumas y espacios a temas internacionales, especialmente guerras. Incluso para periodistas como él no resulta fácil conseguir buenas «asignaciones».

—Incluso para mí.

—¿Por qué?

—Porque se ha producido un desequilibrio entre el negocio y la responsabilidad social. El periodismo es un negocio. Y los medios tienen que ganar dinero para poder ser independientes, pero en este momento parece que está ganando la batalla la parte del negocio frente a la de la responsabilidad social de cubrir los aspectos menos gratos de la realidad. No me parece bien que sean los departamentos de mercadotecnica los que tomen las decisiones, no es bueno para la sociedad que se deje de lado la responsabilidad social de informar.

Muestra su frustración por la imposibilidad de cubrir la guerra en Siria, los secuestros de periodistas y los asesinatos: «Si eres estadounidense, estás condenado a muerte, porque nuestro gobierno no negocia. Si eres europeo, te conviertes en moneda de cambio. El resultado es que nos encontramos ante un conflicto que no se puede cubrir. Es terrible».

Atento pero distante durante los escasísimos quince minutos de entrevista, sin acabar nunca de bajar la guardia, de relajarse, sin dejar de estar alerta como un cazador avezado, la última pregunta le desconcierta.

—¿Quién es James Nachtwey?

Levanta las manos como si le estuvieran apuntado con un arma mientras recula con la silla y niega con la cabeza. Baja todavía una octava más la voz (Nachtwey habla quedo) y dice «imposible responder a eso». Se levanta, da por terminada una conversación para la que ya había sonado la campana. Se despide dando la mano con franqueza pero sin apretar: «La respuesta es imposible porque la pregunta es imposible. Harían falta cinco horas para responderla».

La primera vez que le entrevisté, en Nueva York, en abril de 2003, me dijo: «Quien dice que crear conciencia no sirve de nada es un cínico». No es fácil ser James Nachtwey. Pero él sigue siendo fiel a sí mismo. Como escribió el poeta (y periodista) Antonio Lucas, el pase fotográfico fue una «lección de anatomía del periodismo con mayúsculas». Imágenes que retratan una parte de nosotros, una acusación contra lo peor del ser humano, pero también una muestra de compasión.