Los académicos, gigantes de la sabiduría, frente a l0s molinos de viento
Los académicos, gigantes de la sabiduría, frente a l0s molinos de viento - isabel permuy

La Real Academia viajó a un lugar de la Mancha por los cuatro siglos del Quijote

Por segunda vez en su historia, la RAE celebra su pleno de los jueves fuera de casa. En esta ocasión viajó a Argamasilla de Alba, tierra cervantina

Actualizado:

Precisamente, en un lugar de La Mancha del que quizá ustedes no se acuerden ahora mismo, pero sí don Miguel de Cervantes, la hermosa plaza de Argamasilla de Alba, la Real Academia celebró ayer su pleno en homenaje a su principal comendador por muy imaginario que fuera, «Don Quijote», de cuya segunda edición se cumplen ahora cuatrocientos años. En pos de seguir los pasos de sus señorías, los ilustres académicos, se nos fue la tarde de ayer a la carrera. Estas son, idas y venidas, las cuitas e industrias perseguidoras, detalle allá, detalle acá, de este trovero o, mejor aún, cronista, tras la estela del caballero Darío Villanueva, a la sazón Director de la RAE, y de sus sapientísimas huestes, en esta segunda ocasión (la primera fue en Cádiz, en 2012, en el doscientos aniversario de La Pepa) en que el pleno se celebraba lejos de Madrid.

A los gacetilleros y contadores se nos había convocado al ras de las tres horas pasado el mediodía, en la calle de Felipe IV, aposento de la Docta Casa. A fuer de ser sinceros, y para desprestigiar a quienes alardean de que cronistas y demás jaez de reporteros son tardones, diez minutos después de la cita estábamos ya en marcha y nos esperaban los páramos de La Mancha. En ruta, pues, puestos y dispuestos para desfacer los entuertos y añagazas de una crónica que se antojaba larga (como así ha sido) y darle candela y fuelle a los molinos de la imaginación. Provistos alma y ánimo, nuestras tripas las calentaron y alegraron, con gran regocijo y casi algarabía de los escribientes, desde la misma Academia, que nos proveyó de buenas vituallas, jamón serrano, emparedado de jamón y queso, banana, agua y un poco de cacao, mejor remedo y tan buen remedio para el adormimiento de la sobremesa como el café. Y aquí salgamos al paso de quienes ayer aventuraban al pie de los molinos del cerro de San Antón, donde sus señorías posaron, que no es de verdad decir que el referido almuerzo fuera pagado de sus propios estipendios por don Darío Villanueva. No, pagó la Real que aunque menguados sus reales por los recortes aún queda algún maravedí para pagar estos episodios alimenticios del pueblo llano y poco pudiente. Volaban en sus carruajes los académicos, avezados ya casi por las prisas, camino de Argamasilla, y nosotros mascando el polvo de sus caballerías. Lejos quedaba ya el almuerzo de los próceres en Toledo en compañía de su más principal dama, la presidenta manchega, Dolores de Cospedal. Y raudos en nuestros rocines, sin apenas poder haber charlado ni cumplimentado a nuestros sabios, debido a una tarde metida en un ventestate gélido y estepario, que más parecía de las tierras de Shakespeare que de las berenjenas de Almagro. Quedaba apenas media hora para que llegara el encuentro de los académicos con Argamasilla de Alba y su gente. A la espera de las suculentas palabas, trabas y retrancas, dimes y diretes, con que los académicos habían de sazonar su pleno, avanzamos como cuatralbos que se lleva Belcebú y en estas que en menos que canta un gallo ya estábamos en el repleto Auditorio de la ilustre ciudadela de Argamasilla de Alba. Dejábamos atrás la cueva de Medrano, donde Cervantes fuera preso, por un quítame allá esos impuestos y esas recaudaciones para la menos invencible de las armadas que vieran los tiempos, que ya saben que se la llevó el viento y no los de la pérfida Albión, allá en las tripas de la costa irlandesa. Así se ganaba los duelos y quebrantos de cada sábado Don Miguel, y así que en el hoyo de Medrano que se las vio.

A nosotros nos fue mejor y con cariño y presteza fuimos aposentados en el expectante Auditorio, donde no cabía ni una pena, por más de perfil que la pusiéramos. Con la fórmula mágica en latín (que los siglos venideros la sigan predicando) pronunciada por don Darío Villanueva comenzó el acto, que a lo largo de hora y media fue seguido con tanto silencio como respeto por los argamasilleros que vieron y comprobaron que los académicos no por sabios dejan de ser humanos. Pronto habrá dos nuevos entre ellos, pues deben cubrirse dos vacantes, y uno de ellos será Manuel Gutiérrez Aragón, quijotesco cineasta, que ocupará el sillón F. El otro puesto aún no tiene candidatos. Referidas estas conjeturas algo mundanas, el académico Sánchez Ron glosó la figura de su compañero José Luis Sampedro, que dejó este mundanal ruido ya hace dos años, y se procedió a la lectura de varios textos recordando a Cervantes y su inmortal obra. Carmen Iglesias, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte (que demandó una Mancha verdaderamente quijotesca y cervantina), y Pedro Álvarez de Miranda fueron los académicos que nos regalaron el oídos y las entendederas con sus breves pero intensísimas palabras. Fiel a sus imperturbables creadores, aquellos españoles cuajados que en 1713 fundaron la Real Academia, ésta sigue fiel a sus principios: Sigue limpiando, fijando y dando esplendor a nuestra lengua. Quijotesca industria, sin duda.