«Tríptico de Miraflores», de Rogier van der Weyden (antes de 1445). Gemäldegalerie de Berlín
«Tríptico de Miraflores», de Rogier van der Weyden (antes de 1445). Gemäldegalerie de Berlín - abc

La Pasión, según Van der Weyden

Reunión histórica en el Prado de sus tres únicas obras atribuidas con seguridad. Es la primera monográfica en España del gran maestro flamenco

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Su nombre no es de los más populares, pero fue el artista más influyente del siglo XV y uno de los creadores más enigmáticos y fascinantes de la Historia. Si uno entra en una sala donde cuelga una pintura de Rogier van der Weyden(h. 1399-1464), la mirada se irá irremediablemente hacia ella. Como si tuviera un imán. Las crónicas cuentan que «sus obras engalanaron las cortes de todos los Reyes» y que llegó a ser «el más grande y noble de los pintores». Pese a ello, no son muchas las que se han conservado del maestro de Tournai -apenas una decena se le atribuyen, ninguna firmada-, de ahí que la cita que nos propone el Prado sea muy especial. Con motivo de la culminación de la restauración de una de sus más grandes creaciones, «El Calvario» -su hijo era cartujo y donó este cuadro, cuatro años antes de su muerte, a la cartuja de Scheut (Bruselas), desde 1574 se halla en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial-, se dedica una exposición a este prodigioso artista.

En un montaje muy dramático, que acentúa la intensidad de estas obras, apenas se exhibe una veintena de piezas, pero entre ellas está lo mejor del pintor flamenco. Como el maravilloso «Descendimiento de la Cruz». Realizado para la iglesia de Nuestra Señora de Extramuros de Lovaina, fue regalado por María de Hungría a su sobrino Felipe II y enviado a España en 1558. El barco en el que viajaba naufragó, pero el cuadro pudo salvarse. Primero estuvo colgado en la capilla del Palacio del Pardo y en 1556 se trasladó al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En virtud de un decreto de 1943, el Prado, que lo restauró en 1993, lo custodia en depósito, junto a otras tres obras maestras de Patrimonio Nacional que también llegaron tras la Guerra Civil. Ahora esta institución las reclama para su futuro Museo de Colecciones Reales. Son, además del «Calvario», «El jardín de las delicias» y la Mesa de los Pecados Capitales, ambas de El Bosco, y «El Lavatorio», de Tintoretto. Este asunto mantiene enfrentadas a ambas instituciones.

La emoción hecha pintura

Otra joya de Van der Weyden presente en la exposición es el «Tríptico de Miraflores», que el Rey Juan II de Castilla donó a la cartuja de Miraflores (Burgos) y que en 1809-10 se llevó a Francia el general Jean Darmagnac. Tras su paso por Inglaterra y Holanda, llegó a Berlín. Hoy es propiedad de la Gemäldegalerie. Estas tres obras maestras se exhiben juntas por primera vez en la Historia.

Son, según Lorne Campbell, el mayor especialista del mundo en Van der Weyden y comisario de la muestra, «las tres únicas obras que pueden atribuírsele, en función de evidencias documentales fiables y tempranas, con absoluta seguridad». Ni siquiera el propio artista las vio nunca juntas. A ellas se suman otras dos obras aceptadas por los especialistas como pinturas del maestro: el «Retablo de los Siete Sacramentos», del Koninklijk Museum de Amberes, y la «Madonna Durán», del Museo del Prado. La exposición, que estará abierta hasta el 28 de junio, ha sido realizada en colaboración con la Fundación Amigos del Museo del Prado.

Las tres veces que lloró Cristo

Paseando por sus salas resulta difícil no sobrecogerse: es la emoción hecha pintura. Pocos artistas saben provocar las emociones de una forma tan sublime como Rogier Van der Weyden (su verdadero nombre era Roger de la Pasture, hijo de un fabricante de cuchillos). Hay que visitar la muestra sin prisas para apreciar en todo su esplendor los sutiles y exquisitos detalles que encierran sus obras: como esas tres casi imperceptibles lágrimas -nadie en la Historia del Arte las ha pintado igual- que caen del rostro del Cristo crucificado en el «Calvario» -alusivas a las tres veces que lloró Cristo, una resbala del ojo derecho, dos del izquierdo-; o las gotas de sangre, casi transparentes, que corren por su frente, sus manos y sus pies, o los casi invisibles hilos con que están tejidas las bellísimas telas que pinta. En el «Tríptico de Miraflores» la Virgen lleva bordados en sus tres mantos versículos del «Magnificat».

Campbell destaca su dominio del dibujo, su asombrosa facilidad y rapidez para pintar, la «perfección estéticamente inmutable» de sus imágenes, sus armonías geométricas, sus espacios inverosímiles, sus juegos con el espacio… En el «Descendimiento de la Cruz» las figuras están encerradas en una especie de caja, en la que apenas caben, lo que provoca una sensación claustrofóbica. «Cuanto más despacio examinamos sus obras -advierte Campbell-, más enigmáticas y ambiguas nos parecen. Y cada vez que volvemos a ellas encontramos cosas nuevas que despiertan nuestro interés».

Exquisito alabastro

Van der Weyden posee la asombrosa capacidad de trascender las fronteras entre pintura y escultura: las figuras de muchas de sus pinturas semejan estatuas, son esculturas pintadas. Entre las piezas presentes en la muestra se halla la «Crucifixión», grupo escultórico del «Retablo de Belén», procedente de la iglesia de Santa María de la Asunción de Laredo. La exposición también nos cuenta quiénes fueron sus principales mecenas y coleccionistas. Es el caso de Isabel de Portugal -se exhibe un retrato, obra del taller de Van der Weyden, cedido por el Getty Museum de Los Ángeles-, Felipe el Bueno y su hijo Carlos el Temerario. Asimismo, se aborda el asunto de las copias y versiones que se hicieron de los trabajos de Van der Weyden. Isabel la Católica encargó a Juan de Flandes una copia del «Tríptico de Miraflores» para la Capilla Real de Granada. Una de sus tablas, «Aparición de Cristo a la Virgen», ha sido cedida por el Metropolitan para la exposición. Ejerció una gran influencia en artistas como Egas Cuiman, de quien se muestra un exquisito alabastro.