Busto de Felix Maria de Samaniego en Laguardia (Álava)
Busto de Felix Maria de Samaniego en Laguardia (Álava) - IGNACIO GIL
El origen de los insultos más populares

El fanfarrón que puso de acuerdo a Cervantes y Samaniego

El vocablo alude al bocazas que desea reafirmar su importancia y prevalencia sobre los demás

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Cuando de aparentar se trata, siempre hay alguien que se corona rey. Un tipo singular, irreverente, que no tiene reparo en añadir un componente de superación ante cualquier anécdota que se le presente. Los demás deben saber la increíble vida que dice llevar, aunque lo más seguro es que nada de lo que cuente se corresponda con la realidad.

En efecto, estamos hablando de un fanfarrón, un tipo, que en palabras de Pancracio Celdrán, autor de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, es un «bocazas que con gritos y amenazas quiere atemorizar a los demás y reafirmar su importancia y prevalencia. Petulante amigo de bravatas y baladronadas; matón y fantasma que se las da de valiente».

Escribe el célebre Miguel de Cervantes:

Aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá, un desaforado bárbaro fanfarrón.

Por su parte, el famoso escritor Félix María de Samaniego emplea así el vocablo en sus Fábulas (1781):

Así son los cobardes fanfarrones,

que se hacen en los puestos ventajosos

más valentones cuanto más medrosos....

Bretón de los Herreros aborda así al aludido mediado el siglo XIX:

Desprecio a los fanfarrones

que escupen por el colmillo

y le doy de bofetadas

sin necesitar padrino.

Celarán resalta la moderna descripción «que de esta criatura hace Sebastián de Covarrubias» en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611):

El que está echando bravatas y se precia de valiente, hablando con arrogancia y jactancia, siendo un lebrón y gallina.

Es término castellano de creación expresiva, surgido a principios del siglo XVI, y del que derivan «voces como el italiano fánfano: enredador y parlanchín; el francés fanfare: música rimbombante, fanfarria». Eso sí, advierte Celdrán que su uso va perdiendo terreno «ante la aparición de voces nuevas que invaden su campo semántico: macarra, mojarra, etc».