Stefan Zweig se marchó de Viena en 1934 (en la imagen, en la entrada de su casa), cuatro años antes de la ocupación nazi
Stefan Zweig se marchó de Viena en 1934 (en la imagen, en la entrada de su casa), cuatro años antes de la ocupación nazi - ABC

Stefan Zweig, el exilio que terminó en el suicidio de Europa

Una nueva biografía aporta luz sobre los años finales del autor austriaco y escarba en las razones de su muerte

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«Siempre el mismo defecto en la humanidad, ¡una completa falta de imaginación!», escribió Stefan Zweig (1881-1942) en su diario en el otoño de 1939. Hacía cinco años que el autor austriaco había abandonado su Viena natal y la ocupación nazi era ya una realidad que devoraba Europa. Poco después, Zweig se trasladó a Bath (Inglaterra), iniciando un exilio que le llevó a Estados Unidos, República Dominicana, Argentina, Paraguay y, finalmente, Brasil. Fue en la ciudad de Petrópolis, cercana a Río de Janeiro, donde el escritor puso fin a su vida tras ingerir un veneno que compartió con su segunda esposa, Lotte.

Muchas son las incógnitas que, desde entonces, se ciernen sobre los últimos años de Zweig. «El exilio imposible» (Ariel), biografía escrita por George Prochnik que estos días se publica en España, rastrea los pasos del escritor lejos del viejo continente e indaga en las razones de su triste final. «Más allá de sus logros literarios, Zweig estaba tan devastado por la idea de perder el mundo que tanto amaba que la historia de su exilio puede resultar esclarecedora para todos los expatriados, incluso hoy», explica George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en conversación vía e-mail.

En un intenso viaje, con paradas en Westchester (Nueva York), Viena y Petrópolis (Brasil), Prochnik descubrió que Zweig estaba lleno de contradicciones y ambigüedades. «Amaba a las mujeres y entendía la vida interior femenina de un modo muy raro en aquella época. Sus deseos eróticos son bastante misteriosos y hay indicios de que pudo tener aventuras homosexuales. Sus amistades más apasionadas eran masculinas. Parece que prefirió ser un voyeur de las relaciones amorosas y le inquietaba la fuerza de sus propios deseos».

Pese a ser un autor muy prolífico y al éxito que logró desde su juventud, «sus energías se centraron más en su trabajo a favor del humanismo europeo que en sus propios esfuerzos literarios». Conoció a grandes artistas e intelectuales de su época como Sigmund Freud, Einstein, Thomas Mann, Richard Strauss o Dalí, pero Zweig «prefería confraternizar con personas de orígenes humildes». En ellas buscaba integridad moral, que para él «significaba no juzgar a los demás y ser fiel a uno mismo». Una integridad que, más allá de polémicas y acusaciones de falta de compromiso, Zweig mantuvo hasta el final de sus días.

«Sus deseos son misteriosos, hay indicios de que pudo tener aventuras homosexuales»

«Me conmovió descubrir lo generoso que fue con su propia fortuna, no sólo cuando amigos como Joseph Roth necesitaban ayuda, sino también cuando se le acercaban desconocidos», cuenta Prochnik. Cuando la situación en Europa se volvió catastrófica, Zweig se sintió psicológicamente abrumado. «Llegó a describirse a sí mismo como una especie de antena ultrasensible al dolor de otras personas. Incluso cuando bombardeaban ciudades alemanas, pensaba en todas las vidas inocentes perdidas y sentía náuseas. En una de sus últimas cartas, escribió que cada vez que oía hablar del derrumbe de un edificio se derrumbaba con él».

Europa, desgarrada en pedazos

Ese derrumbe, que años antes había comenzado en el alma de Stefan Zweig, terminó materializándose en su suicidio. «Al leer sus cartas en los últimos años, su suicidio tiene muy poco misterio. Al ver a su amada Europa desgarrada en pedazos una vez más, empezó a sentir que su existencia no tenía sentido. Durante años, se había dedicado a intentar unir a los europeos y claramente había fallado. Creía que los nazis serían derrotados, pero ya era tarde para él. Tenía 60 años, estaba cansado de correr por el mundo y la idea de tener que empezar de nuevo le superaba».

Y se convirtió, sin pretenderlo, en una especie de símbolo del suicidio de Europa. «Durante años, habló de Europa justo en esos términos. Lo que debemos preguntarnos es qué pensaría él de la Europa actual. Se alegraría al ver el sueño europeo realizado, pero me pregunto qué pensaría de las nuevas políticas reaccionarias surgidas de los fracasos europeos. Debemos continuar luchando por la libertad, el pacifismo y la alta cultura, considerados por Stefan Zweig como el mejor antídoto contra las tendencias suicidas de Europa», remata Prochnik.