El artista chino junto a dos de sus obras en la Fundación Cartier de París
El artista chino junto a dos de sus obras en la Fundación Cartier de París - AFP

Yue Minjun: «La risa es un arma revolucionaria para combatir la indiferencia»

En 2007 una de sus obras se convirtió en la más cara de un artista chino. Yue Minjun reflexiona para ABC sobre al arte y la cultura de su país

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Yue Minjun (1962) es uno de los artistas chinos vivos más prominentes. Nació en la provincia de Heilongjiang, noroeste de China. Pertenece a una generación de artistas, crecido en plena Revolución Cultural Proletaria (1966-1976), marcada por la represión y el miedo, donde la enseñanza se basaba en valores ideológicos. Con la muerte de Mao en 1976 empieza una política de apertura y reformas que lleva a una posterior explosión de un arte nuevo, emergido en medio de cambios políticos, sociales y culturales después de un arte encorsetado en la grandiosidad de la propaganda política.

–¿En su caso los cambios históricos en el exterior han ido acompañados por cambios interiores tan radicales?

–Sí, es así. Mis experiencias, sentimientos, así como algunas cosas de la cultura del pasado, han sido esenciales para mi creación artística actual. Además, estas vivencias han reafirmado más mis conceptos artísticos. En general, los chinos damos la impresión de que somos apacibles y tranquilos, nada eclécticos o rotundos.

–¿Cómo irrumpe el arte libre de su generación, años 80 y 90, en el arte del oficialismo maoísta?

–A pesar de que en China existe un sistema cultural y artístico propio, al introducirse el arte extranjero el cambio ha sido impactante.

–¿Qué recuerdos tiene de su infancia, qué le marcó?

–Tienen mucha influencia en mí, en especial desde un punto visual, porque lo que percibí en aquella época de mi vida, o lo que aún recuerdo de ella, ha sido transmitido en mi pintura como uno de los factores más importantes de expresión. En realidad, en muchas de mis obras podemos encontrar influencias del origen de la pintura propagandística, reiterando la influencia de la Revolución Cultural en mis recuerdos. Por ejemplo, en algunos cuadros aparecen hileras de cabezas, unas tras otras, que, sin duda, ofrecen una trascendencia en mi pasado.

Ha sido encasillado en el movimiento que el crítico Li Xianting denominó realismo cínico desarrollado en los años 90 y que surgió como reacción a las trágicas consecuencias acaecidas por las protestas de estudiantes e intelectuales de Tiananmén en 1989. Ésto motivó que Minjun se trasladara a una colonia de artistas en Hongmiao, en Chaoyang District, a las afueras de Pekín. En 1989 una exposición en esta ciudad del artista chino Geng Jiany, en la que su obra representaba su propia cara riendo, influyó en la obra de Minjun e hizo que en 1993 diera un giro empezando a utilizar su propia imagen congelada en carcajada. Lo que ha provocado que la risa se haya convertido en su inconfundible seña de identidad. Burla, ironía, esperpento, humor, placer... La risa sirve para desdramatizar el dolor, como recurso contra la impotencia, también como arma eficaz contra la realidad impuesta, contra lo sagrado, desmitificador de lo solemne o para invertir la voluntad de poder. La risa como anestesia de nuestras angustias y preocupaciones, como símbolo de protesta...

–¿Cuál es el suyo?

–En mi obra la risa es una representación de un estado de impotencia, de la falta de fuerza y de participación, ausentándose los propios derechos que se imponen hoy en día en nuestra sociedad. En definitiva, en la vida. Muchas veces sólo te queda la risa como un arma revolucionaria para combatir la indiferencia cultural y humana.

–¿Habiendo crecido siendo parte de una comunidad, está usando ahora su trabajo para ensalzar al individo?

–En realidad, el ejército de terracota del emperador Qin Shihuang, o los guerreros de Xi’an, son un símbolo que representa el feudalismo. Cada guerrero tiene una expresión distinta al otro, pero si hacemos una reflexión desde el punto de vista colectivo, la imagen de cada escultura se proyecta relativamente más débil. Inspirado en esta obra histórica, cuando empecé a crear mis esculturas, confié en que, usando la misma persona y la misma expresión, podría mostrar de una forma mejor la desaparición o ausencia del individuo como tal.

–¿Cree que el hombre debe abusar de este recurso como arma contra lo ininteligible?

–La risa se puede conjugar en perfecto matrimonio con los sentimientos. Si tenemos la capacidad de sonreír ante la adversidad, nuestra presencia se hará más fuerte, tolerante y diversa, tanto para la cultura artística como para la inmensa mayoría.

–¿Hasta qué punto ha influido en su obra la pintura europea o norteamericana?

–La influencia ha sido bastante grande en los 80, gracias a una reforma y apertura en China, que nos llegó con el impacto de diversas culturas extranjeras. Por aquel entonces yo estaba estudiando pintura y tuve la ocasión de ponerme en contacto con dichas obras, por lo que mi influencia exterior fue muy relevante para mi creación artística. En mi expresión evolutiva hay una parte importante de obras antiguas evocadoras del realismo, que a su vez examinaban cuestiones tan importantes como la revolución, las reformas sociales, en definitiva, la pasión por la vida. Y, posteriormente fui conociendo a artistas como Picasso, y acercándome a la pintura occidental con un reflejo más hacia una evolución visual. Creo que plasmando así, de una forma más popular y sencilla, mis obras tendrán una mayor comprensión, tanto para el espectador chino como para el occidental.

–¿Es la risa un instrumento de crítica en su obra?

–Sí, así es. Por eso elijo pintar la risa, para transmitir una sensación de placer y felicidad, pero que, en realidad, esconde una doble visión respecto al dramatismo y al sufrimiento.

–¿Cuáles son sus fuentes de estética e inspiración?

–En realidad mi influencia occidental no ha radicado en la estética o en la técnica, sino más bien en la forma iconográfica. Ancestralmente la pintura occidental ya supo utilizar esa forma de ilustración a través de esta pintura, y además puede haber diversas interpretaciones entre Occidente y China. De ahí que yo también haya practicado el uso de la iconografía para exponer la interpretación de lo que, en realidad, quiero expresar. Realmente mi pretensión es que mi obra resulte directa, perceptible, bella, cándida, de colores llamativos, para así atraer el interés inmediato del espectador.

–Ha comentado en alguna ocasión que todos sus trabajos están basados en sus sentimientos y experiencias y eso le ha llevado, dice usted, al radical pesimismo. ¿De dónde procede ese pesimismo y hacia que está dirigido?

–Mi pesimismo proviene de la triste desesperación que siento al observar mi propia cultura, la sociedad que me rodea, su forma de vida y la mía propia.

–¿Cómo querría que se acercase el espectador a su obra?

–La dirección de mi obra es alegórica entre la naturaleza humana y nuestra propia existencia, ya que he percibido que, no sólo en Oriente o en China, las personas se enfrentan continuamente a conflictos emocionales. Quiero demostrar como individuo, a través de la pintura, que debemos mantenernos despiertos en la sociedad, y tener una mayor comprensión de los conceptos básicos de la naturaleza y de la vida en sí misma.

–¿Cuál es el futuro de su pintura? ¿A qué responde la deriva de su reciente obra?

–Ha habido grandes cambios en mi creación. A partir de los años 80 fue una época muy importante por ser un período de grandes cambios sociales. Por supuesto, estos cambios se refieren, en mayor parte, al crecimiento materialista. Después, mi interés creció por encontrar las raíces y el origen de la risa en mi obra. ¿Por qué se ríe? He llegado a comprender que es por mi propia cultura tradicional. Como consecuencia de mi reflexión sobre la risa, he relacionado muchas de mis obras con el laberinto, lo que tiene en común con la cultura tradicional, intentando expresar un sentimiento de confusión, de pérdida, y un proceso de búsqueda interior en comunión con el dolor.