Una lengua para competir

El catedrático y exrector de la UIMP revisa el valor económico del idioma español ante la situación actual

josé luis garcía delgado
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De Río de Janeiro han llegado esta vez las buenas nuevas para la lengua española. Son las dos ambiciosas iniciativas comprometidas en el marco del Encuentro de Rectores que ahí acaba de celebrarse: la creación de una gran plataforma de educación online y el Erasmus Iberoamericano, que supone un paso enorme para la creación de un espacio común del conocimiento. Ambos proyectos potenciarán, sin duda, el valor del español, y también su valor económico.

Sí, su valor económico. Pues en tanto que activo inmaterial susceptible de ser considerado un bien público -dotado de importantes externalidades, no apropiable en exclusiva por quienes acceden a su uso, que no se agota al ser consumido y que carece de costes de producción-, el valor del idioma aumentará no solo conforme crezca el número de sus hablantes, sino también conforme aumente la calidad de lo que estos produzcan, algo directamente relacionado, claro está, con la educación y los niveles formativos.

La exhaustiva investigación «Valor económico del español», auspiciada por Fundación Telefónica -con trece libros ya publicados-, ha aportado al tema argumentos y datos consistentes. La lengua, en unas ocasiones, es la materia prima o insumo esencial de bienes que se producen o servicios que se prestan; en otras, aunque no sea su soporte esencial, constituye un recurso básico para la actividad de que se trate y se erige en una fuente de ventaja competitiva, facilitando la comercialización e intercambio de sus productos; asimismo, la lengua también conforma actividades cuya razón de ser descansa en la provisión de la infraestructura necesaria para la comunicación humana.

Más aún: en todas las actividades económicas, sin excepción, el recurrir a un idioma compartido por parte de los agentes implicados reduce los costes de transacción; esto es, los costes asociados a la fijación de las condiciones de los contratos y a las

La posesión de una lengua común y de las pautas culturales que esta incorpora, de cuanto transmite en términos de comprensión, confianza y reducción de la distancia psicológica entre los agentes, ayuda a reducir los costes de los flujos comerciales y financieros en el ámbito internacional, así como los asociados a la emigración.

La lengua constituye, en consecuencia, un activo económico que añade valor y ayuda a competir; y tanto más cuanto mayor sea su condición de lengua internacional. Los resultados obtenidos en la citada investigación subrayan precisamente los efectos multiplicadores del español como lengua global. Dos botones de muestra: el español multiplica por cuatro los intercambios comerciales entre los países hispanohablantes, y compartir el español multiplica por siete los flujos bilaterales de inversión directa exterior (IDE), actuando así la lengua común de potente instrumento de internacionalización empresarial, al tiempo que se realza su entidad como lengua de negocios, elevando su atractivo en los círculos de directivos y emprendedores de terceros países receptores de inversiones y proyectos productivos.

Valiosísimo activo

Apreciemos, pues, lo que tenemos. Segunda lengua de comunicación internacional -tras el inglés- por número de hablantes, pero también como lengua extranjera -por delante del francés y el alemán-, el español, para quienes lo hablamos, nos facilita, de partida, un cierto estatus de internacionalidad, con todas las ventajas que ello supone en un mundo intercomunicado, en una economía globalizada.

Y demandemos que este valiosísimo activo inmaterial sea tratado como bien preferente, y que su promoción internacional se conciba como política de Estado con las prioridades que ello debe comportar: para su enseñanza como lengua extranjera; para su defensa como lengua de trabajo en foros internacionales y organismos multilaterales; para apoyar a las industrias culturales que la tienen como materia prima. Y para hacer del español -a esto apuntan los acuerdos de Río- lengua vehicular en esa «cultura superior» (Ortega) que es la ciencia.