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SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

«Rattenkrieg»

Una lucha de ratas para la que los alemanes no estaban preparados

JAVIER GARCÍA ANDRÉS
Actualizado:

No hay adjetivos que puedan hacer justicia a la magnitud de los combates de Stalingrado. Salvo en Varsovia en 1939, hasta la invasión de la URSS, los combates urbanos habían tenido una escala reducida en todas las campañas de la Wehrmacht. Sin embargo, en la «Universidad del Combate Callejero», como denominaron los soldados alemanes a las ruinas de Stalingrado, las tácticas de combate y asalto combinado, que tan exitosamente habían probado las tropas del Reich durante los victoriosos años de la blitzkrieg, tuvieron que replantearse ante la respuesta de unas fuerzas soviéticas que, sorprendentemente, fueron capaces de actuar con mucha mayor flexibilidad en este tipo de lucha, la Rattenkrieg, la guerra de ratas, desarrollando nuevas tácticas para contrarrestar la superioridad maniobrera alemana.

Otro tipo de combate

¿Nuevas tácticas? Por un lado, el «abrazo», consistente en desplegar las tropas propias «pegadas» a las enemigas para contrarrestar la superioridad aérea de la Luftwaffe y de la artillería alemana. Manteniéndose «unidos» a las fuerzas enemigas, los soviéticos conseguían disminuir la eficacia de los bombarderos aéreos y artilleros germanos, ante la posibilidad de alcanzar por error a las propias fuerzas. Por otro lado, la táctica de «diques» o «rompeolas», edificios convertidos en fortificaciones que encauzaban los movimientos de

las tropas atacantes hacia zonas de denso fuego y emboscada, en las cuales los carros de combate o la superioridad material y maniobrera germana carecían de eficacia. Junto a ello, el uso cada vez más destacado en ambos bandos de francotiradores —activos todo el tiempo en busca de «presas»— o las permanentes incursiones nocturnas. «Ni un momento de descanso para la serpiente fascista» proclamaban los mandos y la propaganda soviética. Así, el combate nocturno se convirtió en norma, con continuos golpes de mano de pequeñas unidades que realizaban permanentes contraataques locales y excepcionalmente ataques masivos a mayor escala.

Las fuerzas soviéticas se mostraron más flexibles también en cuanto al mando. Las formaciones clásicas de compañías o batallones como unidades de combate, no tenían viabilidad en una lucha tan fragmentada como la que estaba teniendo lugar en Stalingrado, donde se combatía edificio a edificio y hasta planta a planta, en medio de la destrucción total causada por los bombardeos de la Luftwaffe y la artillería alemana, a la que, posteriormente, se sumó gustosa la artillería del Ejército Rojo desde la orilla este del Volga. Una pesadilla para cualquier atacante en la que cada mínimo avance se convertía en una lucha fiera, sin cuartel, y la conquista de unos metros de terreno o de un edificio costaba días de enfrentamientos y siempre demasiadas bajas. Para llevar a cabo ese tipo de lucha, los soviéticos resolvieron formar grupos de 40 ó 50 soldados como máximo, directamente a las órdenes de los mandos de división, lo cual permitía que aquí y allá, en cualquier lugar, se formasen bolsas de resistencia que impedían el avance de las tropas alemanas y que, en cuanto podían, contraatacaban y neutralizaban las temporales conquistas germanas… Y vuelta a empezar…

Adaptación

Aún así, las tropas del VI Ejército alemán destacadas en Stalingrado se adaptaron pronto a este tipo de batalla y fueron capaces de imponer su calidad y destreza en combate, ayudadas por un excelente apoyo aéreo (cuando era posible) y por su probada flexibilidad táctica. Eso sí, a costa de una continua sangría de bajas —al igual que su oponente soviético—, convirtiendo Staligrado en un gran sumidero que se tragaba reemplazos, refuerzos y pertrechos imprescindibles en otros frentes… Con las primeras nevadas y a medida que la batalla proseguía, estaba claro para las fuerzas germanas que tendrían que pasar el invierno combatiendo entre las ruinas de la ciudad. La moral se resintió de ello, aunque el nivel como fuerza de combate del VI Ejército no decayó en ningún momento. Incluso tras el cerco soviético y los fracasos alemanes por intentar socorrer el Kessel de Stalingrado —reducido a la ciudad y partido en dos—, la intensidad de las refriegas callejeras no decayó un ápice.

Ambos bandos lucharon sin cuartel durante los cerca de cuatro meses que duraron los combates en Stalingrado —o lo que quedaba de ella: un amasijo de ruinas y destrucción—, mientras la escasa población que quedaba en la ciudad vivió en condiciones atroces, que en nada se diferenciaban de las de los soldados de uno y otro bando, que en medio de lo más crudo del invierno se vieron forzados a una cruel lucha por la supervivencia. Un sacrificio por y para dos regímenes tiránicos y dos líderes para los que la vida de sus soldados importaba bien poco…