Los motines militares marcaron los últimos años de la guerra

Los soldados se sublevaron en Rusia, Francia, Austria-Hungría y Alemania

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En el año 1917, cuando en los estertores de la Rusia zarista, durante la llamada Revolución de Febrero, se ordenó a las tropas que dispararan contra las multitudes que se manifestaban frente al gobierno, los soldados se negaron a hacer fuego y muchos de ellos desertaron sumándose a los manifestantes.

Sin embargo, a pesar de las reivindicaciones pacifistas de los revoltosos, la actitud de las tropas no estaba directamente relacionada con la guerra. De hecho, el régimen provisional de Kerensky, que sucedió a la monarquía zarista, no sólo continuaría la contienda, sino que lanzaría una ofensiva general en el frente austríaco.

Motines en Francia

Los próximos amotinamientos tendrían lugar en el Frente Occidental: Las inhumanas condiciones de la guerra de trincheras, los masivos asaltos que, con éxito o sin él, suponían horrorosas masacres para ganar unos pocos metros de terreno, la carencia de suministros adecuados y la permanente propaganda derrotista de medios revolucionarios, llevaron en mayo de 1917 al amotinamiento de las unidades francesas que se encontraban en algunas localidades próximas al frente.

No solamente los soldados, sino incluso muchos oficiales, se negaron a seguir luchando. La reacción de los mandos, que temieron un levantamiento revolucionario como en Rusia, fue entonces enérgica e inmediata. Se trajeron numerosas tropas de refresco, desconocedoras de las condiciones del frente, con las que lograron aplastar los motines.

Los principales dirigentes de estos fueron juzgados, sentenciados y ejecutados sumariamente en horas. De la importancia de estas sublevaciones habla con claridad el hecho de que afectaran, en mayor o menor medida, a no menos de 54 divisiones y que el número de soldados franceses que abandonaron por su cuenta las armas en ese año de 1917 rebasaría la escandalosa cifra de 30.000, triplicando las deserciones habidas en el conjunto de los tres años anteriores.

Un mes más tarde, de nuevo sería en Rusia donde los soldados, fracasada la ofensiva contra Austria, no sólo se nieguen a seguir combatiendo, sino que dejarán sus unidades y abandonarán por su cuenta el frente. En octubre, marinos y soldados actuarán como punta de lanza de la Revolución Bolchevique, que culminará con la instauración del régimen soviético, cuyos dirigentes firmarán de inmediato, en Brest-Litovsk, la paz con los Imperios Centrales.

En Alemania

Serán éstos, Alemania, y en menos medida Austria-Hungría, los protagonistas de los nuevos motines cuando en 1918, fracasada la «Kaiserslacht», algunos soldados de los frentes se nieguen a seguir combatiendo, mientras más de 100.000 marinos se sublevan en las bases navales y se hacen con el control de todos los barcos de la flota.

Los soldados de guarnición en las principales ciudades se levantan también en una insurrección generalizada que exige el fin de la guerra y la instauración de un régimen bolchevique, lo que precipitaría la inmediata abdicación del Káiser y su huida a Holanda, seguida por la petición de un armisticio.

Es la aceptación de la derrota, que muchos alemanes achacarán a estos acontecimientos, a los que pasan a denominar «la puñalada por la espalda», considerando que el país había sido vencido por los revolucionarios de la retaguardia y no por sus enemigos en el frente.

Esta concepción de la derrota marcará de alguna manera el período de entreguerras y será, junto con las duras condiciones del Tratado de Versalles, uno de los ejes del discurso nacionalista germano en el que se desarrollará el nazismo y se gestará la segunda parte de la contienda, versión corregida y aumentada, en todos los órdenes, de la guerra que acababa de finalizar