Maquiavelo, una infinita inteligencia
Nicolás Maquiavelo

Maquiavelo, una infinita inteligencia

Maquiavelo encontró consuelo en los libros. En realidad, en solo uno: la bella edición de Tito Livio

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El tratto di corda o strapada es un trámite inquisitivo sabiamente reglado. En los calabozos del Bargello florentino del siglo XVI se practicaba por tandas de entre cuatro y seis sesiones. Al interrogado, le eran atados pies y manos a la espalda. Sujeto así por tobillos y muñecas, se alzaba el cuerpo a la altura adecuada mediante una polea. Para luego soltarlo en caída libre. La longitud de la soga era la justa para que no se estrellara contra el pavimento. Y la adecuada para que todas las articulaciones quedasen descoyuntadas por el tirón. No era de lo más habitual que un reo aguantase eso sin confesar lo que el verdugo juzgase conveniente.

En su retrato, realizado por Santi di Tito, no aparenta Niccolò Machiavelli, secretario de la Señoría, ser un hombre corpulento. Pero la esquiva sonrisa de desdén que baila en sus ojos desasosiega. Febrero de 1513: conjura de Capponi y Boscoli contra el Medici recién repuesto al mando de Florencia. A Maquiavelo lo pierden sus antecedentes republicanos y sus sinuosas amistades. Es arrestado, bajo orden terminante de los Ocho de Guardia y de Balía. Se procede al tratamiento de rutina. Nadie da un centavo por su destino. Nadie lo da por nadie a quien se trate de extraer una confesión en el Bargello. Alos ojos de los suyos, Niccolò es hombre muerto.

13 de marzo de 1513. Niccolò Machiavelli a Francesco Vettori, embajador florentino en Roma y compadre de libertinajes: «He salido de la cárcel… Y no os aburriré con el relato de mis desdichas». No se puede ser más sobrio ni más distante al narrar el triunfo sobre las seis sesiones de tortura: he aprendido, «seré más cauto». 18 de marzo, al mismo Vettori: «Vuestra cariñosa carta me ha hecho olvidar todos los males pasados… Y me gustaría que tuvierais esta satisfacción de mis cuitas: que las he afrontado con tanta entereza que yo mismo me tengo en gran estima, y me parece que valgo más de lo que pensaba». Para celebrarlo, el hombre media docena de veces descoyuntado en el Bargello alegra su libertad, junto a la cuadrilla de amigos, en el eleganteburdel de Sandra di Piero, «reponiendo fuerzas con alguna muchacha». Era un tiempo de política para hombres fuertes. «Y así vamos contemporizando con esta felicidad universal, disfrutando de este resto de vida que me parece estar soñando», concluye.

El destierro

Lo único que empaña el gozo del secretario milagrosamente vivo es el destierro. Para otro sería una minucia, después de lo pasado. O casi un paraíso. Porque el destierro lo es sólo a unos pocos kilómetros de Florencia y en el paisaje idílico de la pequeña finca –el albergaccio, dice él– que posee en Sant’Andrea. Pero a Maquiavelo, la bucólica naturaleza lo aburre soberanamente. Mueve todas sus piezas para ser, de nuevo, empleado al servicio de la familia que estuvo a punto de ejecutarlo. En vano. Se duele de ello. Él es un profesional de la política. El mejor. ¿Por qué despilfarrarían los Medici una capacidad como la suya?

Solo al llegar la noche, tras la bucólica –y odiosa– jornada campestre, halla consuelo. En los libros. En realidad –aunque eso él no lo dice–, en solo uno: la bella edición de Tito Livio ante la cual comparece «revestido con sus ropas nobles y curiales». La vida empieza entonces, cuando «dignamente ataviado, entro en las cortes de los hombres antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito con ese alimento que es sólo para mí, y para el cual yo nací. Y no me avergüenzo de hablar con ellos, y de preguntarles por las razones de sus actos. Y ellos, por su humanidad, me responden». La felicidad es eso: una escueta biblioteca, una infinita inteligencia…, la suspensión del tiempo. «Y, durante cuatro horas, no siento ningún hastío, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente a donde viven los clásicos».

Y de esos clásicos, retorna con un pequeño manuscrito bajo el brazo. Sueña que los amos de Florencia entenderán lo rentable de ese diálogo con los antiguos: «He anotado lo que saqué con su conversación, y he compuesto un opúsculo, De principatibus». Fecha la carta en Sant’Andrea, «a día 10 de diciembre de 1513». Hoy. Hace medio milenio.