Albert Boadella, Dramaturgo

«La libertad del artista es enfrentarse muchas veces a su propia clientela»

El fundador de Els Joglars abre a las 20.00 horas de hoy en el Rectorado de la Universidad una nueva edición del ciclo Córdoba Anfitriona

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Arte y libertad pueden parecer un programa de vida para Albert Boadella, dramaturgo y creador de Els Joglars y una voz siempre independiente. Sobre ello charlará esta tarde en la apertura de los encuentros organizados por ABC.

—Arte y libertad es un título tan sugestivo como amplio. ¿Dos cosas que tienen que ir juntas?

—Bueno, en principio sí, por lo menos esto es lo que generalmente esperan los ciudadanos de los artistas. Otra cosa es que los artistas cumplan o no cumplan.

—Porque ellos son los que a veces puedan renunciar a su libertad, por voluntad propia.

—Yo creo que la libertad de un artista es una cosa mucho más compleja de lo que parece. No se trata de hacer barrabasadas o de enseñar el trasero en público, esto no es exactamente la libertad. La libertad del artista, en el fondo, es enfrentarse muchas veces a su propia clientela. El artista tiene tendencia muchas veces a complacer a lo que considera su clientela, porque necesita comer y vivir. Esta pirueta de contradecir a la mayoría es algo que se espera de los artistas y pertenece totalmente a su sentido de la libertad.

—Porque a veces el artista puede acabar diciendo lo que el público quiere oír.

—Claro, aquí está el problema y es muy importante que el artista constantemente se plantee a sí mismo lo que está haciendo. El artista tiene una responsabilidad pública, de esto no hay duda, sobre todo si es un artista que tiene una irradiación en los medios y sobre el público. Por lo tanto, tiene una determinada responsabilidad como la tiene el político o las instituciones públicas. Lo que él hace, porque lo que él dice es una cosa que también es importante, pero sobre todo lo que él hace, tiene consecuencias. Tiene que tener conciencia de esta responsabilidad, y por tanto tiene que hacer las cosas con una absoluta libertad y una absoluta responsabilidad individual.

—¿Y el peor enemigo de su libertad, está dentro o fuera de sí mismo?

—En general, fuera están los enemigos naturales de la libertad. Lo que podríamos llamar los poderes fácticos, que cambian según las épocas, tratan de comprar al artista o enmudecerlo. He conocido determinados episodios en mi vida, unos directos, porque he sufrido cárcel, exilio y procesos, y otros indirectos, porque he sufrido un boicot y una agresividad directa en mi propia comunidad, donde yo nací. Pero esto casi diría que es natural, puesto que son los enemigos tradicionales. Pero hay un enemigo interno, que es el de la complacencia, de no buscarse complicaciones, de tirar a lo que podríamos llamar al éxito fácil, o incluso el repetir la misma fórmula comercial. Pongo ejemplos: si Miró hubiera dejado de hacer aquellas manchitas rojas, y aquellas lunas y aquellas estrellas no sería Miró, hubiera tirado por el aire toda la comercialidad.

—Otra solución es buscar una especie de parroquia: tengo a los míos que aplauden y aunque los contrarios me vituperarán, ¿con una cosa compenso la otra?

—Seguramente, porque lo complicado es un ejercicio que he tratado de hacer en muchas ocasiones, que es el público que está en la sala no se ría de los que están fuera de la sala, sino que tengan que reírse de ellos mismos. Es decir, lo más fácil es que se rían de los que están fuera. Cuando uno es incisivo con los que tiene delante pone a prueba el sentido de la autocrítica en el propio espectador con los que tiene delante pone a prueba el sentido de la autocrítica en el propio espectador y hasta el sentido del humor.

—Es decir, reírse de uno mismo.

—Sí, esta es una de las cosas más complicadas que existen. España es un territorio donde en general, no en todas partes, hay un cierto sentido del humor sobre uno mismo. No en todos los sitios, y sobre todo también depende de los momentos. Cuando hay envites importantes del nacionalismo se acaba el sentido del humor rápidamente. Sólo hay parodia y sátira sobre el enemigo externo, pero sobre el interior se acaban las bromas.

—Dicen que de la única autonomía española que se pueden hacer chistes es Madrid.

—Sí, jeje. Madrid es una ciudad que, ahora por razones profesionales empiezo a conocer bien. Yo le llamo la ciudad de los desarraigados, y esto es una cosa muy agradable, porque nadie se siente propietario directo de ninguna etnia, de ninguna raíces especiales. Se convierte en una gran urbe abierta, enormemente abierta, quizá de las más abiertas de Europa.

—En Córdoba su recuerdo está asociado a su visita cuando Enrique Ponce fue nombrado académico.

—Sí, es una de las veces que he estado en Córdoba, porque creo que era un hecho muy relevante poner en la Academia un torero. El toreo es un arte enormemente culto y es un reconocimiento que me pareció muy sensato. Pero he venido a menudo, por muchos motivos. El primero es porque a mí la belleza me atrae, como es lógico, y estamos hablando de un lugar privilegiado.

—Usted se ha distinguido en la defensa de los toros, como fiesta culta. ¿La mayor defensa de la fiesta tienen que hacerla desde dentro los propios protagonistas?

—Sí, yo creo que los protagonistas de la fiesta se defienden mal, por la falta de costumbre. En principio, habían pasado muchos años en los que la fiesta era una cosa indiscutible a todos los niveles. En el momento en que se ha encontrado con una sociedad que en el momento animalístico se ha vuelto muy blandengue, muy educada bajo los auspicios de Walt Disney, pues en este momento yo creo que se defienden mal, porque las razones que dan no me parecen las más sólidas.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo se puede utilizar que es la actividad más ecológica que existe en España, y que un ecologista auténticamente culto debería ser defensor de la tauromaquia. Se puede apelar a la tradición, pero no es suficiente. El garrote vil también fue una tradición de ejecutar, y no por eso lo vamos a defender. He dado argumentos a los taurinos para que resuelvan bien los envites no sólo de los antitaurinos, que tienen un lado violento y desagradable, sino también de una sociedad que tiene tomada la superprotección de los animales en un sentido a veces patológico. quiere colocar los derechos de los animales en el mismo nivel que los de las personas, y yo creo que sólo las personas pueden tener derechos. Los animales pueden tener protección y muchas otras cosas, pero no derechos.