Alfonso Cabello: «Las barreras están en la cabeza»
A la izquierda, Alfonso Cabello en el gimnasio donde se entrena en Madrid - DE SAN BERNARDO
Medalla de Oro de los Juegos Paralímpicos de Londres

Alfonso Cabello: «Las barreras están en la cabeza»

Esta es la historia de la tenacidad. De una voluntad inquebrantable de superación. La de un chico que nació sin mano izquierda y ha sido capaz de escribir una página de oro del deporte

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UNA mañana se plantó ante su madre para advertirle que con una mano menos no podía atarse los zapatos. Que así se lo habían subrayado sus amigos del cole con esa crueldad que solo los niños pueden desplegar con absoluta naturalidad. Y su madre, lejos de dejarse llevar por el instinto de sobreprotección, le reconvino que él estaba suficientemente capacitado para atárselos sin ayuda de nadie. «Si tus hermanos han podido, tú también lo conseguirás», le espetó sin concesiones. En los detalles se esconde la verdad de las cosas y esta anécdota aparentemente simple retrata con exactitud la historia de superación de un chaval que aprendió a atarse los zapatos con una sola mano y que hoy es nada menos que Medalla de Oro de ciclismo en pista de los Juegos Paralímpicos de Londres 2012.

-¿Qué medalla se merece Alfonso Cabello?

-Me merezco lo que tengo. Mi reto es superarme a mí mismo día a día. Que mañana lo haga un poquito mejor que hoy.

Al otro lado del teléfono, Alfonso Cabello (La Rambla, 1993) transmite una serenidad prodigiosa. Una madurez sobrecogedora para un chaval de 19 años que ha tenido que sortear tantos obstáculos en su biografía. Pero no hay asomo de autocompasión. Ni siquiera de autocomplacencia por su inagotable capacidad de mejora personal. «Yo tuve una infancia como un niño normal», proclama sin afectación alguna. «Mis padres no me trataron de forma distinta a los demás y no he tenido problemas para hacer amigos y jugar a todo. Muchas veces los niños son crueles y si me decían que me faltaba una mano no me molestaba. Sí, ¿y qué? Yo puedo hacer lo mismo que tú».

Y, en efecto, hacía lo mismo que ellos. Jugaba al baloncesto, a las cartas, a las bolas y montaba en bicicleta enganchando el muñón en la maneta del freno delantero. Un muchacho corriente y moliente como cualquier otro de La Rambla. Los médicos le recomendaron que practicara natación como método para desarrollar de forma equilibrada su lado izquierdo, menos activo por razones obvias. Le sedujo el deporte acuático hasta tal punto que se convirtió en una necesidad vital. Y luego sobrevino el descubrimiento de la bicicleta. Su primera carrera tuvo lugar en una feria de su pueblo y acto seguido empezó a competir a nivel provincial. «No me costó aprender a montar en bici más que a cualquier otro niño. Mis padres me decían que lo que me iba a dar de comer eran los libros y que no me ilusionara con la bicicleta porque el deporte es muy sacrificado. Así que nunca me lo he acabado de creer». Y de esta manera, casi sin querer, fue campeón de Andalucía. Más tarde, campeón de España. Finalmente, campeón olímpico. Solo entonces fue cuando se dijo para sus adentros que esto parecía ya que iba en serio.

-¿Querer es poder?

-Por supuesto. Si yo lo he conseguido, cualquiera que ponga el esfuerzo que esto requiere puede hacerlo también.

-No hay obstáculos insalvables.

-No. Lo único que no tiene remedio es la muerte. A día de hoy, todo lo que me he propuesto lo he conseguido.

-¿Qué le ha enseñado el brazo que le falta?

-Que por tener una diferencia física no se es menos ni se es más que nadie. El ser humano no se mide por la cantidad de brazos que tenga o por lo grande o bajito que sea sino por su inteligencia o su disposición a afrontar la vida. ¿Quién iba a decir que yo soy capaz de desmontar y montar el motor de un coche con una mano? Pues sí que puedo. Incluso mejor que cualquiera.

-Usted ha dicho: «Las limitaciones están en la cabeza».

-Las barreras son psicológicas. A mí me apasiona la mecánica y he demostrado que se puede montar y desmontar un motor con una mano.

-¿Qué barreras faltan por derribar?

-Que la gente no infravalore a las personas con discapacidad. Cuando yo estaba en clase de Educación Física el profesor decía: «Si puedes esta prueba la haces y si no, no pasa nada». ¿Cómo que yo no puedo? Lo que no vas a pedirle a alguien en silla de ruedas que corra, pero hay una falsa creencia de que si eres discapacitado ya eres un inútil que no vale para nada. Y no es así.

-¿Se ha sentido infravalorado?

-Algunas veces menospreciado. Y me gusta que cuando alguien me menosprecia se dé cuanta de que está equivocado.

-¿A qué aspira?

-A hacer lo que me gusta. A subir en la bicicleta, compartir momentos con mis compañeros de entrenamiento, ver que el trabajo da sus frutos.

-¿Qué prejuicio no soporta?

-Me molesta que la gente te juzgue antes de conocerte. Para algunas cosas soy muy cuadriculado pero entiendo que las personas que tienen boca se equivocan. ¿Qué persona va a pensar que soy capaz de hacer cosas que generalmente no sería normal para alguien sin una mano?

Algo así le sucedió cuando se sacó el carné de conducir. El monitor le recomendó que debía llevar un coche automático, con dirección asistida y mandos en el lado derecho. Y Alfonso Cabello tuvo que hacerle algunas puntualizaciones. «¿Cómo que no puedo conducir un coche convencional? ¿Usted se ha parado a comprobarlo?», le inquirió con firmeza. Fue entonces cuando le demostró que estaba capacitado para conducir un vehículo normal con un simple acople para sujetar el volante con el muñón. Ese detalle le permite llevar cualquier coche y no depender siempre de vehículos adaptados.

-¿Qué le dijo el monitor cuando comprobó que usted podía?

-Nada. Se calló.

Constancia y sacrificio

Anécdotas como esta jalonan su recorrido vital de empeño y superación. No haberse dejado mecer por el estigma de la discapacidad y hacer prevalecer su voluntad de salvar todos los obstáculos que se le presentaran por exigentes que fueran. Ahí están, desde luego, los resultados. Desde marzo pasado vive en Madrid en un centro de alto rendimiento donde combina sus estudios con los entrenamientos. No es fácil simultanear el ejercicio de un deporte de alta competición con los libros. De hecho, algún año no ha podido centrarse en el estudio en la medida de lo deseable. Hay épocas en que tiene que entrenar hasta seis o siete horas diarias para estar a punto en las citas cruciales de su vida deportiva.

-Díganos tres palabras que muevan su vida.

-Constancia, esfuerzo, sacrificio.

-¿Le han costado mucho?

-Tengo palabras más importantes, pero esas son tres pilares de mi vida. Hay que saber torear las adversidades. Ahí es donde se ven los buenos deportistas y la pasta de la que están hechas las personas.

-Usted ha proclamado también que nunca se ha sentido discapacitado.

-Gracias a la educación de mis padres. Ahora me doy cuenta: yo me iba con mis amigos al campo con la bici y mis padres nunca me han dicho que no porque solo tuviera una mano. Si me caía me hacía daño como cualquier niño de mi edad. Me levanto y del suelo no paso. Si me hubieran sobreprotegido quizás no tendría la mentalidad que tengo ahora.

-¿Todo contratiempo es una oportunidad?

-Por supuesto. Te hace ver las cosas de otra manera. Te das cuenta de que los problemas no son problemas. Tú mismo abres los ojos. Te da la oportunidad de demostrar que los discapacitados valemos mucho y podemos hacer cualquier cosa.

-¿Azar o destino?

-El destino es el que se marca cada uno y luego hay condicionantes que no están en tu mano. Yo no sabía que iba a ir a Londres. Era una decisión de despacho. Si se hubiera decidido que no fuera nos hubiéramos perdido un récord del mundo. Sin embargo, fui y gané.

-Díganos un sueño.

-Conseguir lo que me proponga.