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INGLÉS PARA LISTOS

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Si el inglés termina siendo el idioma universal, conviene enterarse de que se compone de excepciones

DELFÍN Carbonell tiene la gentileza de enviarme sus libros, dedicados en su mayoría a lo que es su profesión y vocación: la lengua inglesa. He aprendido mucho de ellos, pero el último, «Gramática inglesa para torpes», me ha dado un susto de muerte. Porque el inglés, sí, tiene teóricamente gramática, pero en la práctica se olvida de ella, da barra libre a la pronunciación de cada letra —especialmente las vocales—, alarga o acorta las palabras a discreción y jubila la sintaxis, para adaptarla a las circunstancias de cada momento, que son infinitas. De ahí que no creo haya lengua capaz de describir cosas, personas o acciones con más exactitud que el inglés. Ni que desprecie tan olímpicamente la gramática. En realidad, no la tiene. Tiene excepciones. Muchas más que reglas. Y por el camino que va, todo él terminará siendo excepción. Es por lo que, siendo de entrada el idioma más fácil, se hace cada vez más difícil a medida que uno se adentra en él, hasta el punto de que nadie termina por dominarlo del todo, entre otras cosas, porque hay muy distintos idiomas ingleses. No me refiero sólo a los de Inglaterra y Estados Unidos, sino al de cada región e incluso ciudad. El inglés de Manhattan es distinto al de Brooklyn o al del Bronx, como el de Robert De Niro es distinto al de Woody Allen, pese a vivir no lejos. ¿Terminará como el latín, transformado en lenguas nacionales? Es posible. El semanario alemán «Der Spiegel» está empedrado de anglicismos y en los barrios hispanos norteamericanos ya se habla spanglish.

¿Cómo se las arregla Delfín Carbonell para salir de este berenjenal? Pues cogiendo el toro por los cuernos: ya que el inglés se compone de excepciones, sobre una falsilla de la gramática española, se va directo a su uso, con ejemplos que advierten de la versatilidad de este idioma y vocablos que pueden utilizarse indistintamente como sustantivos, adjetivos, verbos e incluso frases enteras. Es como nos enteramos de que el inglés es como el chicle o la plastilina, una serie de modismos sin otro hilván que el del discurso en marcha, eso sí, con una enorme fuerza descriptiva. No se trata, por tanto, de otro manual de inglés, que adapta el idioma a la gramática, sino de ajustar la gramática al idioma de la calle. Dándonos cuenta de que con to do, to get, to make, to keep y to take se defiende uno en inglés. Lo malo es que dependerá de la partícula que se le añada —in, out; up, down; on, off— el expresar una cosa u otra, a menudo contrarias. Por lo que hay que andarse con mucho cuidado en no meter la pata, el brazo y la cartera.

Yo se lo recomendaría a cualquiera que planee visitar un país extranjero, donde ya es la lengua franca. No entenderá ni le entenderán nada, pero al menos irá advertido de que uno se adentra en el inglés como en la selva amazónica: a machetazos.