En defensa de Muñoz Molina

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Estoy plenamente de acuerdo con que el escritor Antonio Muñoz Molina haya aceptado recoger el premio Jerusalén de Literatura 2013. No hay razón alguna para que no lo hiciera. En su ya dilatada carrera, no solo ha demostrado un notable dominio de la narración novelística y un excelente ejercicio del subgénero del artículo periodístico, sino que ha manifestado con rigor y generosidad su profundo rechazo contra toda forma de totalitarismo y a favor de la defensa de la libertad y de los derechos individuales inalienables. Ha sabido desenmascarar la falacia del paraíso comunista. Ha sido uno de los españoles que en los últimos años, con conocimiento y tenacidad, más ha hecho por que se sepa y se difunda el crimen de lesa humanidad que fue el Holocausto. El Estado de Israel es el único país democrático no cristiano del mundo. Está rodeado de enemigos fanáticos que quieren aniquilarlo. Resulta cuando menos esperpéntico que supuestos «intelectuales» le pidan que rechace el premio en solidaridad con los palestinos. Pero esos «intelectuales», en realidad, todo el mundo lo sabe, no son tales; vamos a dejarlos en intelectualillos. Hoy, los intelectuales están en proceso irreversible de extinción. Pero aún quedan algunos, como Benedicto XVI, Jürgen Habermas, Stephen Hawking, Rafael Sánchez Ferlosio, Umberto Eco, John Huxtable Elliott, Francisco Rodríguez Adrados, Mario Vargas Llosa, Olegario González de Cardenal, Antonio Elorza y muchos más. No creo que ninguno de ellos censure en esos términos sectarios el honroso derecho de Muñoz Molina a haber recibido su más que merecido premio.