PERFIL

Así se fraguó «Don Carlos»

Carlos Fabra ha tramitado esta semana su baja como afiliado del PP tras resultar condenado a cuatro años de cárcel

VÍCTOR MUT - Actualizado: Guardado en: Actualidad

El 26 de septiembre de 1993, en el recinto de la Pérgola de Castellón, Eduardo Zaplana fue aclamado por la militancia como presidente del PP en la Comunitat Valenciana. Pero, en realidad, el ex alcalde de Benidorm fue bendecido por el líder nacional de los conservadores, José María Aznar, el cual tuvo que persuadir a Carlos Fabra, ya dirigente de los populares en Castellón, para proponer a Zaplana en lugar de Pedro Agramunt. Varios razones tenía Fabra para no apoyarlo, una que no era valenciano, y otra que el nombre del cartagenero estaba asociado al caso Naseiro. Finalmente, el castellonense accedió por deseo expreso de Aznar y así se lo dijo a quien iba ser, posteriormente, presidente de la Generalitat. Se fundieron en un fuerte abrazo agradeciéndole Zaplana a Fabra la «sinceridad» de un apoyo prestado por las influencias jerárquicas que se cobró, posteriormente, con acuerdos importantes entre la Generalitat y la Diputación de Castellón que se plasmaron en inversiones en la provincia.

Los inicios del «fabrismo» no fueron sencillos. Carlos Fabra dio el salto a la política en 1978 para aterrizar en una UCD que en Castellón ciudad cometió la torpeza de designar a un mal candidato, Vicente Petit, la cual desencadenó la victoria del socialista Antonio Tirado. Fabra, que decidió entrar en política sin padrinazgos sino por la trayectoria ya archiconocida de sus antecesores, sufrió el trance de la muerte de su padre, en marzo de 1979, y optó por no participar en la lista municipal de UCD, partido en el cual tuvo alguna responsabilidad orgánica en la junta local –llegó a ser vicepresidente- pero no fue más allá porque siempre figuró en candidaturas derrotadas en un partido plagado de ambiciones personales.

La afiliación a AP

Dos personas son claves para explicar la incorporación de Fabra en Alianza Popular. Carlos Murria y Roberto Vallejo. Se afilia al partido de Manuel Fraga en 1982 que, curiosamente, en Castellón ciudad, después en las elecciones municipales, logra aún menos votos que UCD en 1979 evidenciando la falta de liderazgo del centro-derecha en la capital de la Plana. Este hueco era el que venía a cubrir durante tantos años en una formación que contaba entre otros con un joven llamado Víctor Campos, con quien Fabra vivió los años de máximo esplendor en el PP.

A mitad de los ochenta, Fabra pierde dos congresos provinciales ante José María Escuín, candidato apoyado por el «aparato» y primer diputado de AP en su historia por Castellón. En la primera cita congresual a la que concurría Fabra, curiosamente entonces, como exponente de la renovación en AP, de hecho contaba con el apoyo de las Nuevas Generaciones lideradas por el jovencísimo Víctor Campos, apenas logra el 20% de los votos de los delegados. En el segundo congreso, comenten un fallo garrafal que le enseñó a Fabra a partir de entonces a trabajarse el apoyo persona a persona, voto a voto, para primero ganar y luego ya arrasar. El error fue que en el primer día del congreso, los fabristas ganaron la votación a la mesa dando por ganada ya la ejecutiva provincial. Muchos se quedaron en el bar o, simplemente, no acudieron a las votaciones finales y Fabra se quedó con un insuficiente 47% de las papeletas.

Doce años después de su primera incorporación a la política, logra ganar su primer congreso provincial. Consigue el 70% de los votos frente a la lista de Daniel Ansuátegui. Fabra había consolidado el apoyo de Nuevas Generaciones y, además, contaba con el apoyo de Castellón ciudad y, especialmente, de sectores y personas contentas que no habían podido resistir los efectos del abrazo de Fabra como Francisco Martínez, aún vicepresidente de la Diputación, o Juan José Ortiz, senador por muchos años.

En 1991, el PP logra un triunfo electoral en Castellón ciudad. Es la única capital donde el centro-derecha revalida victorias por mayoría absoluta. En 1995, consigue la presidencia de la Diputación. Desde entonces, se suceden una tras otra victorias orgánicas –con porcentajes espectaculares que alcanzan el 98% de los votos en varias ocasiones- y en las urnas dejando en el camino a distintos candidatos en la oposición. Comenzaban días de gloria.

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