Unos Reyes Magos que no reinaban

La Biblia los describe como los «magos de Oriente», un término atribuido entonces a los astrónomos

L. DANIELE
MADRID Actualizado:

«Cuando Jesús nació en Belén de Judá, unos magos de Oriente, guiados por una estrella entran en una casa, ven al niño con María, su madre, y postrándose le adoran, abren luegos sus cofres y le ofrecen oro, incienso y mirra». Así reza el Evangelio de San Mateo, cuyo relato ha dado origen a todo tipo de leyendas sobre quiénes eran de verdad estos personajes que fueron a adorar a Jesús. El texto del evangelista habla de «Magos de Oriente» sin hacer mención al término «reyes» y sin concretar su nacionalidad o número. Según explica José Barros Guede en la revista «Ecclessia», la palabra mago proviene del término persa «magu», dado a los sacerdotes persas consultores de los reyes y dedicados a la astrología y la astronomía. Sin embargo, «es probable que estos magos —precisa— fueran sacerdotes y astrólogos de Arabia, dada la calidad de los regalos, incienso y mirra, propios de esta nación».

El ascenso de los «magos» a categoría de reyes no aparece hasta el siglo II de manos de Tertuliano, quien afirma que los sacerdotes astrónomos pueden ser también identificados como reyes de sus países. Es con este autor latino, explica el profesor de la Universidad de Florencia, Franco Cardini, con quien aparece la figura del rey viejo, Melchor. En su relato, San Mateo tampoco especifica cuántos fueron los «magos» que adoraron a Jesús. Algunos evangelios apócrifos se refieren a cuatro, cuarenta o incluso más. La primera referencia de que eran solo tres la ha encontrado Cardini en las catacumbas de Priscilla, en Roma. En esta necrópolis paleocristiana, excabada a partir del siglo II a. C., aparecen representaciones de tres figuras que desfilan ante la Virgen y el Niño.

Al principio, muy parecidos El aspecto físico que han ido adquiriendo también ha variado a lo largo de los siglos. Al principio los tres eran muy parecidos, pero a partir del siglo XV ya se los aprecia en la iconografía de forma bien diferenciada: un anciano con barba blanca, un hombre de pelo claro y un negro. Lejos de toda leyenda, el Papa recuerda que «eran sabios que conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en sentido amplio, que observaban el cosmos, considerándolo como un gran libro llenos de signos y de mensajes divinos para los hombres» y, cuyos regalos al Niño Jesús, no significaban otra cosa que el «reconocimiento a una persona como Dios y Rey».