Representación de una sonda Voyager. Tiene capacidad de estudiar el viento solar y la naturaleza del espacio interestelar
Representación de una sonda Voyager. Tiene capacidad de estudiar el viento solar y la naturaleza del espacio interestelar - NASA/JPL

La Voyager 2, segunda nave en la historia en llegar al espacio interestelar

La sonda, lanzada hace 41 años, ha atravesado la heliopausa y se dirige hacia las profundidades del espacio. Es el segundo artefacto en hacerlo, por detrás de la Voyager 1

MADRIDActualizado:

La sonda Voyager 2 se ha convertido en la segunda nave en la historia en llegar al espacio interestelar. Según ha informado la NASA en un comunicado, la nave, lanzada el 20 de agosto de 1977, ha dejado atrás la heliosfera, la región del espacio dominada por la influencia de viento solar. El aparato ha cruzado el límite exterior de esa región, que se llama heliopausa, y está internándose en el espacio interestelar, la zona dominada por la radiación proveniente de la Vía Láctea.

Esto convierte a la Voyager 2 en el segundo aparato en abandonar la heliosfera en toda la historia, por detrás de su gemela, la Voyager 1, que atravesó esta barrera en el año 2012.

Las dos sondas Voyager están ya más allá de la heliopausa (en azul claro), la región dominada por el viento solar, y ya viajan por el espacio interestelar
Las dos sondas Voyager están ya más allá de la heliopausa (en azul claro), la región dominada por el viento solar, y ya viajan por el espacio interestelar - NASA/JPL-Caltech

En estos momentos, la Voyager 2 está a 18.000 millones de kilómetros del Sol (una distancia que la luz tarda en recorrer 16 horas, 37 minutos y 59 segundos), mientras que la Voyager 1 está a 21.600 millones de kilómetros (que la luz completa en 20 horas, cinco minutos y 39 segundos). Para hacerse una idea de lo que esto significa, la Tierra está a una distancia del Sol que la luz tarda en recorrer una media de ocho minutos y 20 segundos y que equivale a una media de 150 millones de kilómetros.

Otra exploradora más allá de la heliopausa

Lo más interesante de este hito es que, a diferencia de su compañera, la Voyager 2 tiene funcionando un instrumento, el «Plasma Science Experiment» (PLS), que dejó de funcionar en la Voyager 1 en 1980. Por tanto, esta sonda no solo obtendrá más datos de las afueras del Sistema Solar, sino que obtendrá un tipo de información que nunca hasta ahora se había analizado en esta región. El PLS está diseñado para medir la velocidad, densidad, temperatura, presión y flujo del viento solar y ahora podrá medir las condiciones del medio interestelar.

«Todavía hay mucho que aprender sobre la región de espacio interestelar situada más allá de la heliopausa», ha dicho en un comunicado Ed Stone, director cientifico de proyecto de la Voyager e investigador en el Caltech (EE.UU.).

Suzanne Dodd, directora del proyecto, ha añadido: «Esto es lo que todos estábamos esperando. Ahora, aguardamos con ilusión lo que podremos aprender por tener ambas sondas fuera de la heliopausa».

De hecho, hasta este momento, los científicos ya han captado datos llamativos. Los científicos de la NASA detectaron una extraña fluctuación en algunos datos de la Voyager 2 cuyo origen no es conocido. Y también se han captado evidencias que indican que la burbuja de la heliosfera ha estado creciendo últimamente a causa de la actividad solar, tanto que sería posible que la heliopausa volviera a alcanzar a la sonda.

Llegada a la frontera

Hasta hace unas semanas, la Voyager 2 estaba viajando a una velocidad de 57.890 kilómetros por hora por un medio lleno de plasma caliente y difuso, el llamado viento solar. Este crea una esfera que envuelve todos los planetas y cuyo tamaño va fluctuando en función de la actividad de nuestra estrella. Este viento se encuentra con el espacio interestelar y «choca» contra él, en la llamada heliopausa. Más allá, el medio galáctico es el dominante.

El pasado 5 de noviembre los investigadores detectaron un cambio abrupto en las lecturas del instrumento PLS, a bordo de la Voyager 2. Se captó una drástica caída del flujo de viento solar y, desde entonces, no se volvió a localizar ninguna huella de este fenómeno. Además, los otros tres instrumentos montados en la sonda, que miden el flujo de rayos cósmicos, la presencia de partículas cargadas de baja energía y el campo magnético, dieron lecturas compatibles con la situación en la que estaría la Voyager 2 si, en efecto, hubiera abandonado de la heliosfera.

¿Fuera del Sistema Solar?

El hecho de que las dos Voyager hayan abandonado la zona de influencia del viento solar no implica, ni mucho menos, que hayan abandonado el Sistema Solar. Sus límites se extienden hasta la región del espacio dominada por la gravedad del Sol, en la que existe una región conocida como nube de Oort. Esta zona, cuya extensión no está clara, se caracteriza por la presencia de una gran cantidad de pequeños objetos que nacieron cuando se estaba formando nuestro sistema planetario.

El disco dorado, cargado de información sobre la humanidad y con instrucciones para encontrarnos
El disco dorado, cargado de información sobre la humanidad y con instrucciones para encontrarnos - NASA/JPL

Las naves dejaron atrás hace muchos años el cinturón de Kuiper, una zona que la sonda New Horizons explorará en enero al pasar por las proximidades de Ultima Thule, que se extiende hasta los 415,8 minutos luz del Sol. Pero los límites del Sistema Solar y la nube de Oort están mucho más allá. Según algunos cálculos, llegan hasta los 1,87 años luz. Recordemos que las sondas están a cerca de 20 y 17 horas luz y que el sistema estelar más próximo al Sol, Alfa Centauri, está a cerca de 4,37 años luz.

De hecho, la Voyager 2 necesitaría del orden de 300 años de vuelo para llegar a la región interna de la nube de Oort y un total de 30.000 años para atravesarla y salir del Sistema Solar. ¿Existirá la civilización humana cuando eso ocurra?

La muerte no es el final

Ninguna de las Voyager funcionará por entonces. Su vida útil llegará a su fin a mediados de la próxima década, cuando su generador de radioisótopos, el RTG o «Radioisotope Thermal Generator», se agotará. Desde entonces, no podrán alimentar sus instrumentos ni mandar datos a la Tierra.

Hay que tener en cuenta que ambas estaban diseñadas para durar como mucho unos cinco años y estudiar Júpiter y Saturno. Fueron reprogramadas e hicieron sendas pasadas por las cercanías de Urano y Neptuno. Su solidez y la sencillez de sus ordenadores les han permitido seguir funcionando durante 41 años.

A partir de ahora, poco cambiará para las Voyager, perdidas en un océano de nada de límites inimaginables. Seguirán mandando una pequeña cantidad de datos a la Tierra, que se recogen a través de la red del espacio profundo (DSN), una de cuyas antenas está en Madrid (las otras dos están en California y Australia). De hecho, cada segundo, la Voyager 1 recorre 17 kilómetros en dirección a la nada y envía 160 preciados bits de información.

La ciencia de la heliosfera y del viento solar, tan relevante para estudiar el funcionamiento del Sol y su influencia sobre el clima o naves y satélites, sigue avanzando. Además de los datos de las dos Voyager, los científicos cuentan con una misión de exploración remota, la Interstellar Boundary Explorer (IBEX) para analizar el límite de la heliosfera. Además, la Parker Solar Probe, lanzada este año, viaja hacia el Sol para estudiar el viento solar cerca de su origen. Más adelante, ya en 2024, la NASA lanzará la Interstellar Mapping and Acceleration Probe (IMAP) para viajar hasta la heliopausa.

A bordo de las Voyager viaja un disco dorado repleto de saludos, música y datos para encontrar la Tierra en nuestra zona de la Vía Láctea. Las sondas orbitarán la Vía Láctea durante millones de años y es muy probable en que se conviertan en algunos de los últimos vestigios de la civilización humana, hoy por hoy confinada a la superficie de la Tierra.