Las raíces de un mito

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ANTONIO CAMPOS. Director del Instituto de Salud Carlos III

El 16 de septiembre de 1886 el liberal Montero Ríos decreta un nuevo plan de estudios para la carrera de medicina. La histología normal y patológica, que hasta entonces y sólo en Madrid había sido impartida en el doctorado, queda integrada como enseñanza obligatoria en el período de licenciatura. El nuevo plan obliga a la provisión de vacantes en todas las facultades de medicina, y con ello, a la sombra de un decreto, se expande oficialmente en España una disciplina científica -la histología- que hasta entonces había sido el fruto casi mágico de hombres inquietos, ilustrados o extravagantes.

El 17 de octubre de 1934 cuando muere en Madrid Santiago Ramón y Cajal aún no han pasado cincuenta años desde aquella fecha. La Histología española, sin embargo, con Cajal a la cabeza pero también con Tello, Achúcarro, Río-Hortega, Castro y un largo etcétera, no sólo ha logrado un premio Nobel y varias candidaturas al mismo sino algo que es, sin duda, mucho más importante; ha logrado ser una disciplina científica que, desde la neurona a la glía, desde la retina al corpúsculo carotídeo, está impregnada de ideas y de nombres españoles. La histología española era, por tanto, en 1934 una disciplina científica de vanguardia y los laboratorios de Madrid la meca de numerosos investigadores extranjeros.

Con estos antecedentes no puede extrañar, desde luego, que la figura de Cajal se convirtiese, incluso antes de su muerte, en un auténtico mito y que, como todo mito que se precie, haya sido traído y llevado, en la alabanza y en la crítica, para servir a intereses muy diversos. Sin embargo la mitificación de Cajal no es sólo española. Recuerdo cómo el profesor Fujita de la Universidad de Niigata me comentó hace muchos años la profunda impresión que le causó, siendo aún muy joven, observar las preparaciones originales de Cajal en su primera visita a Madrid. Más recientemente, la profesora Valanciute de la Universidad de Kaunas, tras realizar una estancia en mi Departamento de la Universidad de Granada, expresó su deseo de no volver a Lituania sin antes visitar el museo dedicado al Nobel en el Instituto Cajal.

¿Por qué fascina Cajal? ¿por qué esa fascinación se extiende a científicos de países tan diversos? A mi juicio por dos razones fundamentales: en primer lugar por la vigencia absoluta de su legado científico; en segundo lugar, por constituir un verdadero paradigma de la ética civil con la que debe actuar un investigador. Respecto de su legado, las técnicas histológicas que elaboró, el método ontogénico que diseñó, los hechos que a partir de ellos describió y la teoría de la neurona que postuló constituyen todavía hoy el eje de su permanente presencia en el mundo científico contemporáneo. Como paradigma de la ética civil que debe poseer un investigador científico, tres son los valores que Cajal sigue ofreciendo a los científicos contemporáneos. En primer lugar, la seriedad en el trabajo y la búsqueda rigurosa de la verdad. Segundo, la solidaridad que debe existir entre los hombres de ciencia tanto en la esfera de la comunicación científica como en el ámbito estrictamente individual y biográfico. Tercero, la necesidad de aprovechar al máximo los recursos disponibles o lo que es lo mismo la necesidad de trabajar con lo que se tiene sacando de ello el máximo partido; esta virtud es absolutamente necesaria cuando los medios proceden de los contribuyentes que son, como afirma Cajal, los que sufragan nuestros lujos académicos y científicos. La vida y la obra de Cajal están preñadas de hechos que prueban la exaltación y la defensa de estos altos valores civiles.

Los españoles tenemos además un motivo especial para contribuir al mito cajaliano. Se trata de la invitación al patriotismo al que el ilustre histólogo hace continua referencia en sus discursos y escritos. Un patriotismo que hoy podemos considerar enmarcado, con independencia de la literalidad de los textos cajalianos, en lo que González de Quirós, en un reciente ensayo, denomina patriotismo de virtud. Un patriotismo de ideal cívico que intenta alcanzar la excelencia a través del esfuerzo en una comunidad determinada, la nuestra, a la que nos unen especiales lazos de amor, solidaridad y responsabilidad que van mucho más allá de algunas entidades abstractas como la nación o de algunas formas jurídicas como el Estado o la Administración. El patriotismo de Cajal es, por tanto, un sentimiento virtuoso y moral que tiene por objeto dar a la vida civil de España un sentido y un empuje de los que con frecuencia, y por muy distintos motivos, hemos carecido. Marañon escribió que la Patria no son los hombres que la pueblan ni los vanos afanes de cada día, sino la unión de pasado y de futuro que se realiza en cada hombre concreto, la tradición y la esperanza que se funde en la breve inquietud de nuestra existencia mortal. ¿Estaré contribuyendo en este artículo a la mitificación de Cajal? No lo sé, pero si mitificar la ciencia bien hecha, el trabajo serio, el buen uso de los fondos públicos y el patriotismo como virtud es mitificar y homenajear a Cajal, no tengo ningún inconveniente en hacerlo. Quisiera, sin embargo, que cualquier homenaje que pudiéramos hacer al maestro fuese siempre semejante a aquél otro que en la mañana primaveral del 20 de mayo de 1932 le ofrecieron los alumnos de la Facultad de Medicina de Madrid, acudiendo en manifestación desde la Facultad hasta las puertas de su casa. Ante los balcones de la misma rinden, con motivo de su octogésimo cumpleaños, el único homenaje que, por espontáneo y sincero, hace llorar al maestro. ¡Pero si todos mis compañeros han muerto! ¡Pero si la juventud ya no me conoce! exclama don Santiago una y otra vez tras los cristales! Al igual que aquellos estudiantes de los años treinta nosotros tampoco lo conocemos, tampoco hemos sido alumnos suyos; pero, sin embargo, como ellos también intuimos que detrás de aquellos balcones, tras los cristales, está ejemplarmente representado nuestro mejor estímulo de futuro.